Donald Trump lo anunció el viernes en su red social con etiqueta de última hora, como si él mismo fuera un telediario. Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia han cerrado un acuerdo Groenlandia sobre la seguridad de la isla que, según el presidente estadounidense, otorga a Washington control permanente sobre la defensa y sobre todas sus demás necesidades en el Ártico. Lo llamativo es que Copenhague también lo presenta como una victoria. En el análisis emitido por DW Español, el politólogo Guillermo Pulido sostiene que las dos lecturas pueden convivir sin contradicción.
Tres razones por las que Groenlandia importa
Pulido desgrana en el programa tres motivos que explican el interés estadounidense. El primero es la defensa antimisil: la isla ofrece una posición privilegiada para interceptar proyectiles que crucen el Polo Norte en dirección al continente, algo que encaja con el sistema que Washington ha bautizado como Golden Dome. El segundo tiene que ver con el deshielo y las rutas árticas, un corredor que algún día unirá el extremo oriente con Europa y que reordenará el comercio marítimo. El tercero son los recursos que quedarán al descubierto a medida que el hielo retroceda.
Ese tercer punto no es menor. El experto lo sitúa en la pugna por las tierras raras, un terreno donde China lleva años con ventaja y donde Washington busca alternativas. Una zona estratégica, alejada de los centros de poder pero prácticamente frente al flanco norte del continente americano.
De Davos a Nueva York: ocho meses de discreción
El anuncio pareció caer del cielo, pero el proceso venía de lejos. Según el relato que hace el programa, Trump insistió a principios de año en su interés por la isla y a finales de enero, durante el Foro Económico Mundial de Davos, se reunió con el secretario general de la OTAN. De aquel encuentro salió un acuerdo marco sobre el Ártico y la idea de crear un grupo de trabajo con Dinamarca, Noruega y Estados Unidos. Después llegaron meses de conversaciones discretas, casi sin filtraciones, hasta desembocar en la firma en la sede de Naciones Unidas.
Trump publicó el anuncio en su red social con la etiqueta de última hora, un gesto que el programa interpreta como una forma de escenificar el triunfo. Horas después, Copenhague hacía lo contrario: celebrar con prudencia. La primera ministra danesa y su ministro de Exteriores insistieron en que el texto respeta las líneas rojas que habían fijado, es decir, la soberanía del Reino de Dinamarca, la integridad territorial de la isla y el derecho de los groenlandeses a decidir su futuro.
Hay un detalle que ambos gobiernos subrayan: la misión de seguridad deja de ser exclusivamente danesa y pasa a involucrar a toda la OTAN. Para el corresponsal de un diario danés citado en el programa, el mensaje es claro: mejor no decirle a Trump quién ha ganado, porque todavía no se sabe.
Las dos versiones son compatibles: sobre el papel se respeta la soberanía danesa, pero la injerencia de facto de Estados Unidos queda cubierta por el permiso legal que otorga Dinamarca.
— Guillermo Pulido, politólogo
Soberanía intacta en el papel, injerencia en la práctica
Pulido no cree que Dinamarca venda humo, pero tampoco que Trump exagere. Su tesis es que el derecho internacional se mantiene formalmente y que lo que cambia es el peso real de las cosas. Estados Unidos ganaría un margen de actuación muy superior al que tiene hoy y lo haría con cobertura jurídica, gracias a la autorización que Copenhague firma. El analista compara la situación con los acuerdos que España firmó en su día con Washington para permitir bases estadounidenses en la península, un modelo que daba a la potencia mucha más libertad de acción que las instalaciones de Rota o Morón.
Bases nuevas, derecho de veto y letra pequeña
Antes, recuerda el experto, abrir instalaciones requería acuerdo entre las partes y no una simple notificación, lo que en la práctica daba a Dinamarca y a Groenlandia capacidad de bloqueo. El nuevo marco, según la lectura que se hace en el programa, ampliaría la libertad de Washington y le daría voz sobre la posibilidad de que terceros países, incluidos rivales estratégicos, levanten sus propias bases. Ese derecho de veto funcionaría como un seguro frente a escenarios futuros: una Groenlandia independiente, un cambio de gobierno hostil o una OTAN resquebrajada.
Queda por ver qué dice el texto exactamente. Trump habla de control permanente y añade que el acuerdo cubre todas las otras necesidades del país, una fórmula que el programa interpreta como una referencia a los recursos naturales y a las inversiones sensibles, incluidas las que se sitúen cerca de instalaciones militares. El tratado anterior estaba atado a la supervivencia de la OTAN; este, si se confirma, tendría una vocación mucho más larga.
Una amenaza que funcionaba como negociación
¿Hubo riesgo real de anexión? Para Pulido, no: fue una estrategia negociadora clásica de bazar, subir la apuesta al máximo para después ceder poco a poco y lograr que la otra parte se mueva más de su posición inicial. Lo describe sin paños calientes como un pulso de matón de patio de colegio. Y añade una crítica: si lo que Trump cuenta en su red social es cierto, algo muy parecido podría haberse conseguido por vías diplomáticas, sin el nivel de tensión de los últimos meses.
El malestar de los 56.000 groenlandeses
En la isla viven unas 56.000 personas repartidas en dos millones de kilómetros cuadrados, y hasta hace poco la atención internacional les resultaba ajena. El periodista del programa que ha estado sobre el terreno describe cansancio, desconfianza y un desgaste psicológico real: vecinos con insomnio, adolescentes angustiados ante la posibilidad de una invasión. Tambien hay preguntas incómodas sobre el legado militar estadounidense, como el accidente de un B-52 en 1968 en el norte de la isla, cuyos restos radiactivos nunca se retiraron del todo, o el futuro de las instalaciones que el nuevo acuerdo podría traer.
Europa, la OTAN y el reparto de cargas
Mientras Washington presiona a los europeos para que asuman más gasto y más equipamiento, que Estados Unidos se ocupe de la seguridad en el Ártico puede leerse como un alivio. El analista advierte de que la respuesta depende del escenario: hoy los intereses de la OTAN y de Washington convergen, pero en un horizonte de quince o veinte años la correlación política puede ser otra. Si la Alianza se debilita o si parte de Europa gira hacia posiciones prorrusas, ese control estadounidense dejaría de ser una ventaja para el continente.
Lo que este acuerdo deja al descubierto
Para el lector, el episodio ofrece tres lecciones. La primera es que el Ártico ha dejado de ser periferia: el deshielo, las rutas y los minerales lo convierten en un espacio de competencia directa entre potencias. La segunda es que la soberanía formal y el poder efectivo pueden separarse sin que nadie incumpla un tratado; basta con que el titular del territorio autorice lo que antes podía vetar. La tercera es que la incertidumbre sobre el contenido real del texto no es un detalle menor, porque lo que no se ha publicado todavía no se puede auditar.
Dinamarca ha elegido la contención. En el programa se describe un ambiente político danés de perfil bajo, con la sensación de que cualquier declaración desafortunada puede tensar la relación con un presidente imprevisible. Esa prudencia tiene un coste: cuanto menos se discuta en público, más difícil será medir qué se ha cedido. Y el relato de la victoria compartida, cómodo para ambas capitales, deja fuera a quienes viven en la isla.
Queda una pregunta abierta. Si el acuerdo es tan bueno para Dinamarca como dice Copenhague y tan decisivo para Washington como dice Trump, ¿por qué nadie ha publicado aún el texto completo? La respuesta llegará con los documentos sobre la mesa, y entonces sabremos si Groenlandia ganó tiempo, si perdió margen o si, sencillamente, ambas cosas ocurrieron a la vez.




