Varta quiebra tras 139 años y deja en el aire el empleo de un millar de vecinos de Ellwangen. La mítica marca alemana de pilas y baterías se declaró insolvente este verano y su futuro depende ahora de un administrador judicial, de un inversor austríaco y de un fabricante de coches que no quiere ejercer de salvador.
Del Polo Norte a la Luna: la caída del símbolo industrial alemán
Pocas marcas resumen mejor el auge y la caída de la industria alemana. Varta nació en 1904 como filial de Afa, la compañía fundada en 1887 por Adolf Müller, y su historial incluye hitos que ninguna firma del sector puede igualar. Los acumuladores de Afa equiparon la expedición al Polo Norte del noruego Fridtjof Nansen y funcionaban a 50 grados bajo cero. Las pilas de Varta viajaron a la Luna con los primeros astronautas que pisaron su superficie, en 1969. También, aunque la empresa nunca lo destaque, los submarinos alemanes de las dos guerras mundiales navegaron con sus baterías.
El final ha sido mucho menos épico. La compañía se declaró insolvente en julio y un administrador designado por el juez, Tobias Wall, gestiona hoy su futuro. Wall aseguró en agosto al diario Süddeutsche Zeitung que existe un gran número de ofertas para comprar la empresa. El grupo tiene 2.300 empleados en Alemania y más de 3.000 en todo el mundo. En Ellwangen, municipio de 24.500 habitantes del estado de Baden-Württemberg, viven alrededor de un millar de trabajadores de la firma.
El cliente que se fue: Apple hunde Nördlingen

El origen inmediato del colapso tiene un responsable claro: Apple. Varta dedicó una fábrica entera en Nördlingen, a 30 kilómetros de Ellwangen, a producir baterías de litio para los auriculares de la multinacional estadounidense. Apple anunció este año que dejaba de comprarle para contratar a productores chinos, más baratos. Esa planta cerrará en octubre y dejará a 350 personas sin empleo.
La factura financiera ha sido letal. El gigante tecnológico fue sustituyendo a Varta de forma progresiva y la compañía ya estuvo al borde del cierre en 2024. Sus últimas cuentas públicas, las de aquel ejercicio, mostraban unos ingresos de 790 millones de euros, un 4,7% menos que en 2023, y unas pérdidas de 64,5 millones. En 2020 había recibido 300 millones de euros públicos para poder competir por el contrato de Apple. El plan de reestructuración que entonces respaldaron los gobiernos federal y regional salvó la situación, pero solo durante un tiempo: en 2025 el grupo tuvo que vender V4Smart, su filial de baterías para automóviles, a Porsche para seguir respirando.
Varta no ha caído por falta de tecnología ni de historia. Ha caído porque un cliente instalado en California encontró más barato producir en China.
Alemania se acostumbra a perder su industria
La quiebra de Varta no es un caso aislado, es un síntoma. Alemania pierde fabricantes a un ritmo que ya no genera escándalo entre sus ciudadanos. Uppert Durz, propietario de una empresa de pintura en Ellwangen, lo resumía con una frase que duele: ‘Se pierden tantos empleos cada día en Alemania que ya no nos escandalizamos’. El dato que sostiene ese cansancio es que las inversiones desde el exterior crecieron en 2025 un 50%, hasta los 86.000 millones de euros, según un informe del Instituto de la Economía Alemana de Colonia (IW) difundido el 31 de agosto.
El mayor accionista de Varta es, desde 2007, el inversor austríaco Michael Tojner. El segundo es Porsche, el mismo fabricante que compró su filial de baterías. Los principales acreedores son Deutsche Bank y la financiera británica Blantyre, y serán ellos quienes decidan qué ocurre ahora con la compañía. En el pueblo hay una condición que se repite con insistencia: cualquier comprador menos uno. ‘Todo menos los chinos, harán como en KUKA’, dice Durz, en referencia a la firma de robots industriales que compró la china Midea en 2016. ‘Un buen amigo trabaja allí y lo que sucedió es que se llevaron toda la tecnología a China’.
La advertencia de IG Metall apunta en la misma dirección. El sindicato sostiene que de empresas como Varta no dependen solo municipios como Ellwangen o Nördlingen, sino el futuro de la economía alemana: ‘La disolución de la empresa no solo pondría en peligro muchos empleos, también podría suponer la pérdida de valiosos conocimientos tecnológicos’. La tecnología de baterías y pilas es, para el sindicato, un pilar de Alemania como centro industrial.
Discrepo en parte de ese diagnóstico. La tecnología importa, pero el problema de Varta no ha sido la capacidad de innovar, sino un modelo atado a un único cliente que podía marcharse en cualquier momento. Recibir 300 millones de euros públicos para depender más de Apple no fue una estrategia, fue una apuesta. Y las apuestas, en la industria, se pierden con más frecuencia de la que admite cualquier plan de negocio.
En Ellwangen nadie se atreve a celebrar el festival de las flores, que ya ha recibido 600.000 visitantes desde mayo, sin mirar de reojo a la fábrica. En el pueblo, la mayoría de los vecinos espera un comprador que mantenga los empleos y el calendario que viene es implacable: la planta de Nördlingen echará el cierre en octubre y, para esas fechas, Wall deberá haber concretado si Varta tiene dueño o entra en una liquidación definitiva. Ese es el hito que este pueblo seguirá como se sigue un partido perdido: conociendo el resultado y sin poder dejar de mirar.





