Inflación: por qué tu dinero pierde valor si no logras un 4% de rentabilidad

El análisis sitúa en el 4% la rentabilidad mínima para no perder poder adquisitivo. La brecha entre lo que rinde el ahorro conservador y lo que suben los precios ya es la principal preocupación financiera de las familias españolas.

La inflación devora el ahorro español y obliga a una rentabilidad mínima del 4% para no perder dinero. Por debajo de ese umbral, cualquier saldo depositado en una cuenta corriente se deprecia en términos reales aunque la cifra de la libreta no se mueva un solo euro.

El listón del 4% que han puesto negro sobre blanco los análisis económicos no responde a un capricho. Es el resultado de cruzar dos fuerzas que llevan meses actuando en la misma dirección: una subida de precios que se resiste a moderarse con la rapidez prometida y una fiscalidad que recorta cada euro de rendimiento antes de que llegue al bolsillo del ahorrador.

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Qué significa realmente ganar a la inflación

La rentabilidad real de cualquier ahorro es la resta entre lo que rinde el dinero y lo que sube la inflación. Si un depósito paga un 2% nominal y la cesta de la compra se encarece por encima de ese porcentaje, el ahorrador termina el año con menos capacidad de compra que al empezarlo. Es una aritmética sencilla que, sin embargo, pocas familias trasladan a sus decisiones cotidianas.

Cuando entra Hacienda en la ecuación, la cosa se complica. Los rendimientos del capital mobiliario tributan en el IRPF, de modo que una parte del interés desaparece antes de de llegar al bolsillo. Para que el resultado neto compense la inflación, la rentabilidad bruta tiene que ser bastante más alta que los precios. De ahí que el umbral de referencia se sitúe en ese 4%.

El umbral exacto puede discutirse, y de hecho se discute. Depende de la tasa de inflación que se tome como referencia, del tramo fiscal de cada ahorrador y del horizonte temporal que se maneje. Lo que no admite discusión es la dirección del viento: cuanto más tiempo pase el dinero sin generar rendimiento, mayor es el terreno que cede frente a los precios.

La trampa es que el dinero parece seguro cuando está quieto. El saldo no baja, la aplicación del banco no marca ninguna pérdida y la sensación de control se mantiene intacta. Pero la seguridad nominal y la protección real son dos cosas distintas, y confundirlas sale caro.

El ahorro conservador dejó de ser gratis: cada mes que el dinero duerme en la cuenta, la inflación le recorta un poco más el poder de compra.

Dónde se queda corto el ahorro conservador

Las cuentas corrientes apenas remuneran el saldo, y las cuentas remuneradas que llegaron con la subida de tipos rara vez sostienen el atractivo durante mucho tiempo. Los depósitos a plazo han recuperado parte del terreno perdido, pero pocas veces alcanzan el umbral necesario para batir a los precios. El ahorrador español, educado en la lógica del saldo garantizado, se topa con un dilema incómodo: asumir algo de riesgo o resignarse a una pérdida lenta pero constante.

rentabilidad real ahorro

Los fondos de inversión, las letras del Tesoro y los productos de renta fija se han convertido en las alternativas más habituales para intentar acercarse al 4%. Cada una arrastra su letra pequeña: los fondos aplican comisiones que se comen parte del rendimiento, las letras dependen del calendario de subastas, y la renta fija ha protagonizado episodios de volatilidad que muchos pequeños inversores no estaban preparados para digerir.

Para una familia con un colchón de, por ejemplo, 30.000 euros, la diferencia entre dejarlo parado y colocarlo con criterio no es teórica. Cada punto de rentabilidad que se gana o se pierde se traduce en cientos de euros al año, y la brecha se agranda a medida que pasan los ejercicios.

Una cultura del ahorro que juega en contra

Sostengo que el problema español no es de producto financiero, sino de hábito. Una parte muy relevante del ahorro sigue anclada en la cuenta corriente, herencia de una época en la que los precios apenas se movían. Durante los años de tipos cercanos a cero, guardar el dinero bajo el paraguas del banco parecía gratis. No lo era: la pérdida llegaba tan despacio que casi nadie la notaba.

Ahora la factura se ve, y el riesgo tiene dos caras. Por un lado, millones de familias comprueban cada mes que su colchón pierde valor mientras creen que lo están protegiendo. Por otro, el afán por recuperar el terreno perdido empuja a ahorradores conservadores hacia productos que no comprenden del todo, seducidos por una rentabilidad que solo se materializa asumiendo una volatilidad que no encaja con su perfil.

Los bancos y los supervisores insisten en el concepto de rentabilidad real, pero la educación financiera continúa siendo la asignatura pendiente. Quien no distingue entre interés nominal e interés real difícilmente podrá decidir con criterio si le conviene un depósito, una letra del Tesoro o un fondo indexado.

No se trata de que todo el mundo deba lanzarse a invertir. Un fondo de emergencia tiene que seguir siendo líquido y seguro, y ahí la prioridad no es la rentabilidad sino la disponibilidad inmediata. El error no es ahorrar de forma conservadora; el error es aplicar esa lógica al cien por cien del patrimonio cuando el entorno ha cambiado de raíz.

Las próximas lecturas del índice de precios que publica el INE y las reuniones del Banco Central Europeo marcarán si ese 4% sigue siendo la referencia o si el listón se rebaja. Mientras tanto, la única certeza es incómoda: el dinero quieto tiene un coste. Y en el escenario actual, ese coste ya no es simbólico.


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