El James Webb halla enanas marrones de apenas el doble de masa que Júpiter a 1.000 años luz de la Tierra. El resultado, publicado en The Astrophysical Journal Letters, empuja las observaciones hasta una franja en la que los modelos ya no saben explicar cómo un objeto así puede formarse por el mismo proceso que fabrica estrellas.
Es un problema de fronteras. Durante décadas la línea divisoria parecía razonablemente nítida: arriba, las estrellas; abajo, los planetas. Las enanas marrones quedaron atrapadas justo en medio, demasiado masivas para ser planetas y demasiado ligeras para encender la fusión del hidrógeno en su núcleo. Ahora, en el vivero estelar IC 348, esa frontera se ha vuelto resbaladiza.
IC 348 es una región de formación estelar en la constelación de Perseo, a unos 1.000 años luz del Sistema Solar. Allí conviven cientos de estrellas jóvenes entre los jirones de la nube molecular que las parió. Es un entorno ideal para asomarse al principio de todo.
Lo que las nuevas enanas marrones revelan sobre el límite de la formación estelar
El equipo ya había apuntado bajo en 2022. Con observaciones del Webb identificó tres enanas marrones excepcionalmente ligeras; la más pequeña rondaba entre tres y cuatro masas de Júpiter. Aquel resultado, publicado entonces en The Astronomical Journal, ya forzó a los astrónomos a reconsiderar dónde termina la formación estelar.
La nueva campaña fue más profunda. Los investigadores emplearon en 2024 la cámara de infrarrojo cercano del telescopio James Webb, NIRCam, para barrer una superficie mucho mayor del cúmulo. Un año después, su espectrógrafo NIRSpec tomó los espectros necesarios para confirmar qué candidatos eran realmente enanas marrones jóvenes y no objetos de fondo.
El resultado: objetos con masas estimadas de apenas el doble de la de Júpiter. Eso equivale al 0,19% de la masa del Sol. Para ponerlo a escala humana, la estrella más pequeña capaz de sostener la fusión del hidrógeno ronda el 8% de la masa solar: hablamos de cuerpos unas cuarenta veces más ligeros que esa frontera teórica.
Si el colapso de una nube molecular puede fabricar un objeto dos veces más masivo que Júpiter, la pregunta ya no es si la formación estelar llega a ese territorio, sino hasta dónde se adentra.
El récord anterior estaba en las tres o cuatro masas jovianas. El nuevo límite baja a dos, y con él llega una pregunta incómoda: si el colapso gravitatorio puede producir algo así, ¿dónde está el suelo? ¿Existe una masa mínima por debajo de la cual una nube molecular simplemente no se fragmenta?
Un disco alrededor de una enana marrón, un hidrocarburo sin nombre y la nueva clase H
Uno de los objetos descubiertos añade una vuelta de tuerca. La enana marrón de unas dos masas jovianas muestra un exceso de emisión infrarroja compatible con un disco circunestelar. Es decir, tiene a su alrededor gas y polvo: la materia prima con la que se forman planetas.

La paradoja es exquisita. Un objeto de masa comparable a un planeta gigante podría albergar, a su vez, planetas aún más pequeños. Los que orbitaran esa enana marrón habrían nacido por un proceso distinto del que la formó a ella, aunque ambos ocupen rangos de masa solapados. La masa, por sí sola, nunca basta para clasificar. Hay que mirar también el origen y el entorno.
Conviene no correr. Detectar un disco significa que hay material disponible, no que esté naciendo un planeta ni que vaya a nacer. Los astrónomos lo repiten con prudencia: por ahora es una posibilidad abierta, no una confirmación.
Los espectros guardaban, otra sorpresa. Los investigadores detectaron una banda de absorción cerca de 3,4 micrómetros atribuible a un hidrocarburo alifático que no han podido identificar. La firma ya había aparecido antes en los miembros más ligeros de IC 348, pero ahora se repetía en las enanas marrones más frías y recién nacidas.
No encaja con lo esperado. Al enfriarse, una enana marrón debería mostrar metano cada vez más dominante en su atmósfera. Estos objetos, en cambio, ofrecen otro patrón. El equipo ha propuesto una nueva clase espectral, la clase H, con la letra aludiendo al hidrocarburo. Se sumaría a las clases L, T e Y con las que la astronomía clasifica los objetos más fríos del universo.
Por qué el hallazgo reabre el debate sobre qué separa un planeta de una estrella fallida
Aquí está el meollo. La distinción entre planeta y enana marrón nunca fue solo cuestión de báscula. Un planeta se forma dentro de un disco que rodea a una estrella u otro objeto; una enana marrón nace directamente del colapso de una nube. Si ambos caminos pueden producir masas parecidas, la etiqueta depende del origen, no del número.
IC 348 se ha convertido en un laboratorio extraordinario para medirlo. Los nuevos objetos permiten afinar la función de masa inicial, la fórmula que describe con qué frecuencia se forman estrellas y enanas marrones de cada masa. Ajustar su extremo inferior tiene consecuencias: afecta a los censos galácticos y a cómo contamos la población de objetos libres que vagan sin estrella anfitriona.
Es prudente señalar las limitaciones. Las masas son estimaciones, no medidas directas; dependen de la edad asumida del cúmulo y de los modelos de evolución. La nueva clase H es, por ahora, una propuesta: hará falta más ejemplos para fijar subclases y determinar qué molécula está detrás de la banda. Y sin espectroscopia, algunos candidatos aún más ligeros, cercanos a una sola masa joviana, no pueden confirmarse ni descartarse como miembros de IC 348.
Aun así, el marco ha cambiado. Hace una década, la pregunta era si la formación estelar podía alcanzar masas planetarias. Ahora la pregunta es hasta dónde puede llegar. La próxima campaña espectroscópica del Webb sobre el cúmulo promete apretar ese suelo un poco más. Cuando llegue, quizá tengamos que volver a discutir qué es una estrella fallida y qué, simplemente, un mundo muy grande.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: Enanas marrones de apenas el doble de masa que Júpiter en el vivero estelar IC 348, con evidencia de un disco circunestelar y una firma química sin identificar.
- Dónde: IC 348, región de formación estelar en la constelación de Perseo, a unos 1.000 años luz de la Tierra.
- Institución responsable: Equipo internacional con observaciones del telescopio James Webb (NASA, ESA y CSA), publicado en The Astrophysical Journal Letters.
- Cuándo: Observaciones con NIRCam en 2024 y espectros con NIRSpec en 2025; resultados publicados recientemente.
- Impacto a futuro: Reabre el debate sobre el límite inferior de la formación estelar y la frontera entre planetas y enanas marrones.





