Por qué el precio del gas natural en Europa sube un 150% y ya desbanca a Asia como comprador

Las importaciones asiáticas de GNL caen a 20,09 millones de toneladas en septiembre, frente a 22,27 millones un año antes. La prima que Europa paga por asegurar el suministro invernal se trasladará a la tarifa de último recurso del 1 de octubre.

El precio del gas natural en Europa se ha disparado un 150% en el mercado al contado y ha roto una jerarquía que parecía intocable: el comprador europeo paga hoy más que el asiático por el mismo cargamento de gas natural licuado.

Las estimaciones de Kpler sitúan las importaciones asiáticas de GNL en 20,09 millones de toneladas durante septiembre. Un año antes fueron 22,27 millones y un mes antes, 22,25 millones. La caída es doble, interanual y mensual, y confirma lo que el mercado venía anticipando desde el verano: Asia se aparta de la puja cuando el precio deja de cuadrar con su economía.

Publicidad

La razón última es el coste. Los compradores asiáticos disponen de alternativas —carbón, contratos indexados al petróleo, producción doméstica— y las están activando. El Viejo Continente no tiene esa red de seguridad, o la tiene mucho más cara por tonelada.

El GNL cambia de manos: Asia compra 2,2 millones de toneladas menos que hace un año

Los flujos que Asia deja libres, no se quedan sin comprador. Los metaneros se redirigen hacia los puertos europeos y allí el precio no funciona como un obstáculo, sino como un peaje de entrada. Los operadores del continente pujan por encima del comprador asiático, un patrón que en las últimas temporadas solo había aparecido en episodios puntuales y que ahora llega con la temporada de calefacción a la vuelta de la esquina.

El matiz que subrayan los analistas es que la demanda asiática no está ausente por falta de necesidad, sino por precio. Ese detalle altera la lectura del dato. Un comprador que se retira porque no puede pagar vuelve al mercado en cuanto la temperatura baja o el inventario aprieta, y el margen de reacción se mide en semanas.

Sobre esa base, Europa ha decidido no mirar la etiqueta. Sus carteras de suministro se reordenaron desde 2022, cuando el gas ruso por gasoducto dejó de ser una opción de volumen, y cada invierno se juega con un colchón que depende de barcos que zarpan a diez mil kilómetros de distancia.

Europa no está comprando energía más barata: está comprando la certeza de que el gas llegará, y la paga al precio que haga falta.

A eso se suma un deterioro estructural de la producción propia. Los campos maduros del Mar del Norte rinden menos cada año, el yacimiento neerlandés de Groningen quedó cerrado y el almacenamiento subterráneo europeo funciona como amortiguador, no como fuente. Cada tonelada que falta se cubre con gas natural licuado embarcado desde Estados Unidos, Catar o Argelia, con el coste logístico que eso implica.

El cargamento de GNL no viaja hacia donde está la necesidad, sino hacia donde está el pago: este otoño, ese lugar es Europa.

Los precios de referencia del noroeste europeo recogen esa tensión antes que cualquier otro indicador. El TTF holandés no es una curiosidad de trading: es la base sobre la que se firman los contratos del continente y la señal que siguen las comercializadoras para decidir cuánto compran y con qué antelación. Cuando el contado se mueve con esta intensidad, el traslado al resto de la cadena tarda semanas, pero llega.

Ninguna de las cifras del mes sostiene la tesis de que Europa compre por exceso de optimismo. Compra por obligación: sus importaciones de gas dependen hoy de barcos, no de gasoductos, y la capacidad contratada a largo plazo cubre solo una parte de la demanda invernal. El resto se resuelve en el mercado al contado, donde el precio lo fija el último comprador que necesita el cargamento. Este otoño, ese comprador lleva bandera europea.

El análisis difundido por OilPrice.com, que recoge los cálculos de Kpler, insiste en el mismo punto: la retirada asiática no responde a un invierno cálido ni a una recesión industrial, sino a una decisión de coste. Japón, Corea del Sur y China marcan el ritmo de ese mercado y, cuando vuelvan a necesitar volumen, lo harán con urgencia.

De la puja al recibo: la prima que acabará pagando el consumidor

GNL precio contado

El precio mayorista es la primera estación de un recorrido que termina en la factura doméstica. El mercado ibérico del gas traslada sus referencias a los contratos minoristas y a la tarifa de último recurso, revisada cada trimestre y aplicable a los hogares que siguen acogidos a ella. La próxima cita está fijada para el 1 de octubre, con la temporada de calefacción ya en marcha en buena parte del país.

En la industria, el traslado es más rápido. Las fábricas intensivas en energía —cerámica, vidrio, química, papel— compran con precios indexados y notan el movimiento en semanas. Ese es el canal por el que una puja entre metaneros en el golfo de México acaba convertida en un ajuste de producción en un polígono industrial de Castellón o de Álava.

La comparación con Asia deja el dato más incómodo. Mientras el comprador asiático reduce posiciones, el europeo las amplía y asume un sobreprecio que sus competidores industriales no están pagando. Esa asimetría se traduce en costes energéticos por unidad producida muy distintos dentro del mismo mercado global, y en una pérdida de competitividad que no se recupera cuando el precio baja, porque las decisiones industriales tienen plazos más largos.

Nadie regala un metanero. Y menos con el calendario en contra.

La victoria europea en la puja del GNL tiene fecha de caducidad

La paradoja del momento es sencilla de enunciar y difícil de digerir: Europa gana la puja del GNL precisamente porque está dispuesta a pagar lo que Asia no paga, y esa disposición mide vulnerabilidad, no fortaleza.

El precedente de 2022 mostró el mecanismo completo. Cuando el continente salió a comprar en en el mercado al contado de forma masiva, los precios se desbordaron, la demanda asiática se contrajo y la industria europea cerró capacidad que nunca volvió a abrir. El episodio actual tiene otro detonante —una retirada asiática por precio, no un corte de suministro—, pero activa la misma mecánica.

El riesgo evidente está en el calendario. Si el invierno llega frío en el noreste asiático, los compradores de Japón y Corea volverán al mercado con urgencia y con presupuesto. En ese escenario, la prima europea tendrá que subir para seguir ganando cargamentos, justo cuando los inventarios del continente empiecen a bajar. La campaña de relleno de 2027 arrancaría desde una posición más débil y con menos margen de negociación.

Hay además una contradicción de fondo que el debate público apenas toca. La agenda de descarbonización empuja hacia la electrificación de la calefacción y del transporte, pero la seguridad de suministro a corto plazo se resuelve comprando más gas y firmando contratos más largos. Las dos políticas no son incompatibles, aunque tampoco se refuerzan: cada contrato a veinte años firmado hoy hipoteca parte del margen de maniobra de la próxima década.

Publicidad

Los datos semanales de inventarios que publica Gas Infrastructure Europe y la revisión de la tarifa de último recurso del 1 de octubre marcarán la intensidad del traslado al consumidor. La pregunta de fondo no es si Europa puede pagar el GNL, sino cuántos trimestres está dispuesta a hacerlo antes de que el precio de la energía se convierta en un problema político de primer orden.


Publicidad