Una cocina romana de hace 2.000 años ha aparecido bajo el suelo de Sasamón, en Burgos. El hallazgo, documentado este verano por el Instituto de Arqueología de Mérida y la Universidad de Salamanca, devuelve un escenario que casi nunca sobrevive al paso del tiempo: el lugar donde una familia de Hispania cocinaba, comía y almacenaba sus alimentos.
No es una villa monumental ni un mosaico espectacular. Es una habitación humilde, con el suelo de arcilla apisonada y las paredes de adobe, levantada en la primera fase de ocupación de la antigua ciudad de Segisamo, la actual Sasamón. Los trabajos en el yacimiento de La Era, junto a la iglesia de Santa María la Real, forman parte de un proyecto que dirigen desde hace una década José Manuel Costa García, de la Universidad de Salamanca, y Jesús García Sánchez, del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC-Junta de Extremadura).
Restos de un hogar de finales del siglo I a.C.
La excavación de agosto sacó a la luz varias estructuras de la primera fase de la ciudad romana. Entre ellas, esta cocina, datada entre finales del siglo I a.C. y comienzos del I d.C., en pleno reinado de Augusto y Tiberio. Los muros se construyeron con adobe sobre zócalos de piedra y probablemente recibieron un revoque de barro, la misma técnica que sigue viva en la arquitectura tradicional castellana. El suelo era aún más sencillo: una capa de arcilla compactada sobre un lecho de cantos rodados, resistente y fácil de limpiar.
El espacio ha sufrido saqueos posteriores, pero conserva la huella de su función. Los arqueólogos han identificado un pequeño escalón que delimitaba una zona elevada, probablemente la base de un horno hoy casi destruido. Ahí se encendía el fuego, y de ahí procede un estrato grueso de ceniza y carbón del que se han recuperado numerosos objetos. Dos mil años después, la cocina sigue oliendo a lo que fue.
La vajilla refuerza la interpretación. Según García Sánchez, aparecieron grandes contenedores de almacenamiento (dolia), jarras, cuencos, y morteros para preparar alimentos, además de ollas modestas, sartenes (patera) con recubrimiento antiadherente, cerámica de barniz rojo pompeyano y fragmentos de un clibanus, un horno portátil de barro que permitía cocer pan sobre una superficie refractaria. Parte del material llegó desde la península itálica; el resto se fabricó aquí.
Bajo Santa María la Real no hay mármol ni mosaicos: hay la cocina de barro donde alguien encendió el fuego hace dos mil años.
Costa advierte de que tendemos a imaginar las ciudades romanas como espacios monumentales, cuando en las áreas domésticas y productivas rara vez aparecen mosaicos y paredes pintadas. Los materiales, sin embargo, cuentan una historia más mestiza: junto a piezas plenamente romanas convive cerámica de tradición turmoga, la del pueblo indígena de la zona. Los investigadores lo resumen con una imagen doméstica: es como asomarse a la cocina de una abuela turmoga, con un poco de lo nuevo y un poco de lo viejo.
Capa a capa: cómo se reconstruye una ciudad romana
En La Era se excava en orden inverso al que se depositaron los estratos: se retira cada nivel de tierra y se documenta cada estructura conservada. Bajo la cocina romana, otro corte reveló construcciones anteriores cuyo estilo recuerda a los poblados de la Edad del Hierro, como el excavado en el vecino Cerro Castarreño. La población indígena no fue un convidado de piedra en la nueva ciudad: participó en su construcción y en su identidad.
Por encima, el yacimiento guarda una secuencia que llega hasta hoy. Hay restos medievales, ocupación moderna entre los siglos XVI y XVIII —un camino, viviendas modestas de las que quedan algunos muros y hogares— y, más arriba, tumbas del siglo XIX. La arqueóloga de la USAL Laura Blanco ha documentado una decena de enterramientos cristianos, alejados del cementerio histórico y construidos con prisa. El único objeto fiable para datarlos es un botón de chaqueta del reinado de Isabel II (1833-1868). La hipótesis del equipo apunta a un camposanto ligado a alguna de las epidemias que asolaron Burgos en esa centuria.
El equipo no solo cava. Con drones, radar de subsuelo y magnetómetros, el proyecto localiza yacimientos sin tocar el terreno. Estas técnicas ya permitieron reconstruir el trazado urbano de Segisamo y detectar la villa romana de Santa Olalla, en Olmillos de Sasamón, donde se identificó una posible iglesia visigoda. En la campaña de 2026, el IAM y el Laboratorio de Arqueología Mínimamente Invasiva (MinarqLab) han explorado Los Anillos, un pequeño asentamiento rural quizá vinculado a la captación de agua de la paramera, y La Serna-El Molino, donde la magnetometría apunta a un poblado prehistórico, posiblemente calcolítico, que alarga la secuencia de la comarca varios milenios.
Por qué esta cocina importa más de lo que parece
La arqueología doméstica rara vez genera titulares y, sin embargo, es la que sostiene las grandes narrativas. Un mosaico habla del gusto de una élite; una cocina habla de cómo comía, almacenaba y limpiaba la gente corriente. En Hispania, la romanización se ha contado muchas veces desde el foro, el teatro y el acueducto. La cocina de Sasamón permite mirarla desde la despensa: qué se guardaba en las dolia, con qué se freía, de dónde venía la vajilla. Ese detalle de lo cotidiano es el que después permite medir hasta qué punto una comunidad adoptó costumbres nuevas o las mezcló con las propias. La convivencia entre material itálico y cerámica turmoga apunta a lo segundo, y encaja con lo que se sabe de otras ciudades del interior peninsular en época augústea: una romanización rápida en lo administrativo, más lenta y negociada en la cocina.
Conviene, eso sí, poner límites al entusiasmo. Lo que hay sobre la mesa es información de campaña, no un estudio revisado por pares: las conclusiones sobre la funcionalidad del espacio se apoyan en la cultura material y en la estratigrafía, no en una publicación con dataciones radiocarbónicas. La habitación, además, está muy arrasada por saqueos y obras posteriores, así que del horno apenas quedan indicios. Y la hipótesis del cementerio decimonónico se sostiene sobre un único botón y un puñado de tumbas. Todo eso puede matizarse cuando se estudien en detalle los miles de materiales recuperados, desde alfileres y pendientes de bronce hasta brazaletes de vidrio y azabache, pasando por cuchillos, clavos, lucernas y restos de fauna que informarán sobre la dieta de aquellos vecinos.
Hay algo que me parece especialmente valioso en este yacimiento: las huellas de dedos impresas en el barro húmedo de algunos ladrillos y las palabras grabadas en ciertas vasijas. Son marcas de gente concreta, sin nombre y sin biografía, que hace dos mil años hizo con las manos lo mismo que seguimos haciendo hoy. La próxima campaña buscará la planta completa de los edificios para entender cómo creció Segisamo. El suelo de Sasamón todavía tiene capas que contar.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: una cocina romana de finales del siglo I a.C. y comienzos del I d.C., con restos de un posible horno, dolias de almacenamiento y vajilla de cocina y mesa.
- Dónde: yacimiento de La Era, junto a la iglesia de Santa María la Real, en Sasamón (Burgos), sobre la antigua ciudad romana de Segisamo.
- Institución responsable: Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC-Junta de Extremadura) y Universidad de Salamanca, bajo la dirección de José Manuel Costa García y Jesús García Sánchez.
- Cuándo: excavación realizada en agosto de 2026; la ocupación doméstica documentada se data entre finales del siglo I a.C. y comienzos del I d.C.
- Impacto a futuro: aporta evidencia directa sobre la vida cotidiana y la mezcla cultural de la Hispania augústea, y amplía la secuencia de ocupación de la comarca desde la prehistoria hasta el siglo XIX.




