Málaga arrancará en 2027 su centro de semiconductores de 500 millones con el IMEC

El instituto belga IMEC iniciará las obras de su centro en Málaga en el primer trimestre de 2027, tras meses de negociación con el Gobierno y la Junta de Andalucía. España busca así un hueco en la carrera global de los semiconductores, un mercado que dominan Asia y Estados Unidos

El centro de semiconductores de Málaga ya tiene calendario. Las obras del proyecto que el instituto belga IMEC levantará en la ciudad, con una inversión de 500 millones de euros, arrancarán en el primer trimestre de 2027.

La confirmación llega después de meses de conversaciones entre el Gobierno central, la Junta de Andalucía y el propio instituto. España quiere un hueco propio en la carrera global de los chips y ha elegido la costa andaluza como puerta de entrada. Quedan flecos por cerrar, como la ubicación exacta y el reparto de la financiación, pero la fecha ya está sobre la mesa.

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IMEC aterriza en Málaga con 500 millones y un calendario firme

IMEC no es un actor cualquiera. Es uno de los centros de investigación en nanoelectrónica más relevantes del planeta, con sede central en Lovaina (Bélgica), y su desembarco en Málaga supone la primera gran infraestructura de semiconductores que se levanta en España con esta ambición. El proyecto se ha diseñado como un centro de I+D y de prototipado, no como una fábrica de producción en serie.

Esa distinción importa, y mucho. Un centro de investigación atrae talento, patentes y empresas auxiliares, pero no genera por sí solo los miles de puestos de trabajo que prometen las gigafactorías. El modelo de IMEC consiste en desarrollar tecnología puntera y transferirla después a la industria. El impacto económico, por tanto, llegará escalonado y tardará en notarse en las cifras de empleo.

El movimiento encaja en una estrategia más amplia. España lleva desde 2022 intentando construir un ecosistema de microelectrónica alrededor del PERTE Chip, un plan dotado con más de 12.000 millones de euros entre inversión pública y movilización privada. Hasta ahora, los resultados han sido discretos: proyectos anunciados, pocos con fecha de obra y menos aún con grúa en el terreno.

España no compite por fabricar más chips, sino por colocarse en la parte del negocio donde se decide el diseño de los que se fabricarán mañana.

La elección de Málaga tampoco responde al azar. La ciudad se ha convertido en un polo tecnológico reconocible y la Junta de Andalucía lleva tiempo vendiendo esa etiqueta para captar inversión extranjera. El centro de IMEC refuerza ese relato y añade un argumento difícil de replicar por otras comunidades.

Las dudas: financiación, plazos y la sombra de anuncios anteriores

Quién pone el dinero es el primer interrogante. Los 500 millones anunciados combinan fondos públicos y aportaciones del propio instituto, pero el desglose sigue sin ser público. En un contexto de ajuste presupuestario, ese detalle no es menor: cada euro comprometido compite con sanidad, educación o infraestructuras.

El segundo riesgo es el cumplimiento del calendario. El primer trimestre de 2027 es una fecha razonable sobre el papel, pero este tipo de proyectos suele acumular retrasos. Basta recordar cuántas inversiones en semiconductores se anunciaron en Europa tras la aprobación de la Ley Europea de Chips y cuántas siguen hoy en fase de borrador.

Hay un tercer factor que conviene no ignorar: el talento. Un centro de estas características necesita ingenieros altamente especializados, y España compite por ellos con Alemania, Países Bajos y Francia, que ofrecen salarios y condiciones superiores. Sin un plan de retención, el capital humano puede acabar emigrando antes de que el centro abra sus puertas.

Una apuesta a largo plazo en un mercado que dominan Asia y Estados Unidos

El centro de semiconductores de Málaga hay que leerlo en clave de posición, no de volumen. Asia concentra la mayor parte de la producción mundial de chips y Estados Unidos ha reaccionado con miles de millones en subvenciones a través de su propia ley de chips. Europa, en conjunto, aspira a fabricar el 20% del total mundial en 2030, frente a un porcentaje que hoy ronda el 10%. España parte de una cuota residual que apenas representa nada en el mapa global.

En ese tablero, Málaga no va a cambiar los equilibrios. Lo que sí puede hacer es romper una inercia: la de un país que durante décadas ha mirado la electrónica como un sector ajeno. Un centro de investigación como el de IMEC funciona como imán para ingenieros, para startups de diseño, y para proveedores especializados. Ahí está el valor real del proyecto, muy por encima de los titulares.

Mi lectura es que la apuesta merece crédito, pero exige vigilancia. Los grandes anuncios tecnológicos en España arrastran un historial irregular: mucho comunicado y pocas máquinas en marcha. La prueba de fuego no será la firma del convenio, sino el primer movimiento de tierra, previsto para el arranque de 2027.

Habrá que seguir de cerca la publicación del presupuesto detallado y la adjudicación de las obras. Si el calendario se cumple, Málaga dará un salto cualitativo en su perfil industrial y se colocará en el mapa europeo de los semiconductores. Si vuelve a retrasarse, el episodio engrosará la lista de promesas pendientes de la política industrial española.


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