Pablo Gil alerta del fin de las materias primas baratas: así golpea la crisis energética a Europa

El analista Pablo Gil sostiene que el bloqueo simultáneo de rutas energéticas ha dejado de ser un problema del barril: el gas europeo se dispara, el diésel marca récords y los fertilizantes amenazan con encarecer los alimentos.

Durante años asocié una crisis energética con pagar más por llenar el depósito. El análisis que Pablo Gil publica en su canal, Pablo Gil Trader, me obliga a ampliar esa definición: cuando se bloquean las rutas por las que viajan el crudo, el gas, el diésel y los fertilizantes, el encarecimiento termina filtrándose a los alimentos, al transporte, a la industria y a la factura eléctrica. Ya no es solo el barril.

El gas europeo escala hasta los 83 euros por MWh

Gil sitúa el gas natural europeo alrededor de 83 euros por MWh, una cifra que supone en torno a un 35% más que hace un mes y más del doble que hace un año. El presentador matiza que no estamos ante los máximos absolutos de 2022, pero sí ante los niveles más elevados de los últimos ejercicios. En el gráfico del TTF aprecia la ruptura de la franja que se movía entre 15,38 y 16,66 dólares por millón de BTU y un avance hacia los 22,56, una cotización que no debe compararse directamente con los euros por megavatio hora porque usa otra unidad, aunque, como recuerda, expresa el mismo encarecimiento del gas europeo.

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El problema se agranda por el momento del calendario. Europa entra en el otoño con los depósitos en torno al 67% de su capacidad, por debajo de la media reciente y cerca del suelo del rango observado entre 2021 y 2025. No es una cifra que implique escasez inmediata, insiste Gil, pero reduce el colchón disponible si el invierno viene frío y los cargamentos de gas natural licuado siguen llegando con cuentagotas.

El diésel marca récords y arrastra al tejido industrial

En combustibles la señal es todavía más incómoda. El diésel estadounidense ha superado los 6 dólares por galón y ha marcado un nuevo récord histórico, mientras que en Europa el precio medio ronda los 2 euros por litro y el gasóleo sube con más fuerza que la gasolina. Esto importa porque de él no dependen solo los turismos: también camiones, barcos, maquinaria, minería y construcción.

Sobre una base común de 100, los índices comparables que muestra Gil sitúan la gasolina cerca de 180 y el gasóleo bajo en azufre por encima de 250, muy por delante del crudo. Su conclusión es que el cuello de botella ya no está únicamente en extraer petróleo, sino en refinarlo y convertirlo en los combustibles que consume la economía real.

Ya no se trata de si el petróleo sube a 110 o 120 dólares, sino de cómo dos estrechos y un oleoducto convierten una crisis energética en una crisis de costes mucho mayor.

— Pablo Gil

Dos estrechos y un oleoducto: la geografía del riesgo

El mercado no reacciona a una amenaza hipotética. Gil repasa el desplome del tráfico de mercancías en el estrecho de Ormuz: antes del conflicto transitaban alrededor de 125 buques diarios y el último fin de semana apenas salieron cuatro cargueros de materias primas y entraron diez. Por ese paso circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural del mundo.

A eso se suma el cierre temporal del oleoducto este-oeste de Arabia Saudí tras un ataque con drones. La infraestructura movía unos 4 millones de barriles diarios desde el Golfo Pérsico hasta Yanbu, en el Mar Rojo, precisamente la ruta alternativa diseñada para esquivar el cuello de botella. En el otro extremo, Bab el-Mandeb no está cerrado, según su análisis, pero la presión sobre esa segunda arteria ha aumentado de forma extraordinaria.

Fertilizantes, urea y el precio de los alimentos

Ormuz también es clave para los fertilizantes: más del 30% de las exportaciones mundiales de nitrogenados queda expuesto a las restricciones del estrecho. Gil recuerda que el gas es materia prima y fuente de energía del amoníaco, y el amoníaco sirve para fabricar urea. Tras el primer cierre, la urea pasó de unos 400 dólares por tonelada a más de 850 antes de corregir.

La cadena es fácil de seguir y difícil de romper. Si el agricultor paga más, traslada el coste a la cosecha o reduce la dosis y obtiene menos rendimiento. En ambos escenarios aparece meses después el riesgo de alimentos más caros. El presentador subraya que no existe una reserva estratégica internacional de fertilizantes comparable a la de crudo, y que esa ausencia limita la capacidad de amortiguar el golpe.

Los índices de materias primas rompen los máximos de 2022

Para comprobar si el fenómeno es generalizado, Gil compara cuatro referencias y advierte de que su lectura depende del peso de la energía: el S&P GSCI ronda el 52% en las ponderaciones de 2026, el DBC se mueve cerca de la mitad de la cartera, el CRB se queda en la zona del 25% al 40% y el Bloomberg Commodity Index pondera la energía en el 29,44%.

Lo relevante, sostiene, es que los cuatro están atacando o superando los máximos de la crisis de 2022. El Bloomberg ha rebasado esa zona y cotiza en niveles que no se veían desde 2013; el CRB ha roto con claridad; el DBC presiona la resistencia y el GSCI ya la ha dejado atrás. Su lectura es que el impulso ha dejado de depender en exclusiva del barril de crudo.

El contexto que conviene no perder de vista

Merece la pena poner estas cifras en su sitio. La normativa europea obliga a los Estados miembros a alcanzar el 90% de almacenamiento antes del 1 de noviembre, y el 67% que maneja Gil quedaría lejos de ese umbral salvo que se aceleren las inyecciones en las próximas semanas. Tampoco estamos en agosto de 2022, cuando el TTF superó los 300 euros por MWh y arrastró la inflación europea a máximos de cuatro décadas. La diferencia es que entonces el shock era esencialmente de oferta rusa; ahora el tablero incluye rutas marítimas, oleoductos alternativos, cargamentos de gas catarí y fertilizantes. Más piezas que pueden fallar a la vez.

Qué significa esto para el bolsillo y para la cartera

La lectura práctica tiene dos caras. Para el consumidor europeo, el encarecimiento del gas y del gasóleo llega en el peor momento del calendario: la factura de calefacción y el coste del transporte se negocian justo cuando las reservas están más justas. Para el inversor, Gil insiste en una distinción que repite varias veces a lo largo del vídeo: analizar un ciclo de materias primas no equivale a lanzar una recomendación de compra. Su marco es interpretativo, no prescriptivo: en ningún momento convierte el analisis en una orden de compra.

Hay además un efecto de segundo orden que merece atención. Si el coste de los fertilizantes se mantiene alto, la presión aparecerá en los alimentos con retardo, y con ella una inflación más pegajosa de lo que anticipan los bancos centrales. Es el tipo de transmisión que la política monetaria no puede corregir con subidas de tipos, porque no hay un exceso de demanda que enfriar, sino una cadena logística tensionada. El cobre, que Gil describe en niveles extraordinariamente elevados, añade otra capa de coste a todo lo que se construye. Y el transporte marítimo que rodea África por el cabo de Buena Esperanza encarece seguros, combustible y plazos para cualquier mercancía que viaje entre Asia y Europa.

La idea que me llevo del vídeo es incómoda: el fin de las materias primas baratas no será un episodio puntual, sino el terreno sobre el que se tomarán decisiones durante los próximos años. La pregunta ya no es cuánto subirá el barril, sino cuántas rutas pueden cerrarse al mismo tiempo antes de que la crisis deje de ser energética y pase a ser una crisis de costes generalizada. Pablo Gil deja esa puerta abierta y anuncia que dedicará próximos análisis a quién gana y quién pierde con el nuevo ciclo.

Puedes ver el vídeo completo aquí:


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