BATTIA obtiene 7,8 millones de euros del IDAE para una planta de reciclaje de baterías de vehículo eléctrico en Gipuzkoa.
La startup vasca, nacida como spin-off de los centros tecnológicos Tekniker y Ceit, utilizará esta ayuda pública para levantar una instalación industrial que, según la compañía, incorporará tecnología pionera en España para la recuperación de materiales críticos presentes en las baterías de los coches eléctricos. Se trata de un salto desde el laboratorio a la producción, una transición que pocas empresas del sector han conseguido financiar en España.
El IDAE, organismo dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica, ha canalizado esta financiación dentro de sus líneas de apoyo a la cadena de valor del vehículo eléctrico. La cuantía exacta asciende a 7,8 millones de euros, un importe que cubrirá parte de la inversión total de la planta. No es una cantidad menor: muchos proyectos de economía circular arrancan con presupuestos significativamente inferiores.
El proyecto se enmarca en la estrategia vasca de especialización inteligente, que lleva años apostando por la movilidad eléctrica y la economía circular como ejes de reindustrialización. La ubicación en Gipuzkoa no es casual: es un territorio con densidad industrial y experiencia en fabricación avanzada, donde ya operan proveedores de primer nivel para la automoción.
Un proyecto industrial que nace de la investigación vasca
La instalación se dedicará al reciclaje de baterías de iones de litio procedentes de vehículos eléctricos. El proceso permitirá recuperar metales estratégicos y reintroducirlos en la cadena de valor, reduciendo la dependencia de importaciones y el impacto ambiental de la minería extractiva. La tecnología que BATTIA pretende desplegar no se limita a la trituración: busca separar y purificar los materiales para que puedan reutilizarse directamente en la fabricación de nuevas baterías.
Según recoge El Economista, la planta estará operativa en 2029. Para entonces, se espera que el parque de vehículos eléctricos en España supere con creces el millón de unidades, lo que multiplicará el volumen de baterías al final de su vida útil. Esa es precisamente la ventana temporal que justifica la inversión: adelantarse a la oleada de residuos que ya se vislumbra.
España no puede permitirse que el reciclaje de baterías siga siendo un cuello de botella cuando aspira a liderar la movilidad eléctrica.
Qué implica para el sector y para el tejido industrial vasco

El proyecto no solo genera empleo cualificado en la comarca de Gipuzkoa. También refuerza el papel de Euskadi como polo de electromovilidad: allí operan ya fabricantes de autobuses eléctricos como Irizar, proveedores de componentes y centros de investigación de referencia. La sinergia entre industria y conocimiento es una de las razones por las que el Gobierno vasco ha priorizado este tipo de proyectos.
La economía circular deja de ser una declaración de intenciones para convertirse en actividad industrial con retornos medibles. Cada tonelada de batería reciclada evita la extracción de materias primas en mercados con altos riesgos ambientales y geopolíticos. Y, a medida que la normativa europea endurezca los requisitos de contenido reciclado, esas toneladas tendrán un valor de mercado creciente.
El apoyo del IDAE llega en un momento en el que la Unión Europea endurece los requisitos de reciclaje y contenido reciclado para las baterías. La normativa europea obliga a que, a partir de 2031, los fabricantes utilicen porcentajes mínimos de cobalto, litio y níquel reciclados en las baterías nuevas. Esa obligación convierte al reciclaje en un negocio con demanda asegurada, no solo en una cuestión de reputación corporativa.
BATTIA competirá con proyectos similares en Europa y con el músculo de los recicladores asiáticos. La ventaja vasca puede residir en la proximidad a la industria del automóvil europea y en la trazabilidad de los residuos, dos factores que los actores globales no siempre pueden ofrecer. Sin embargo, la escala sigue siendo un desafío: una planta regional difícilmente puede competir por costes con las grandes instalaciones chinas si no logra acuerdos de suministro estables.
El reciclaje de baterías, un cuello de botella para la movilidad eléctrica
Detrás de la noticia hay una cuestión estratégica: sin capacidad de reciclaje, la movilidad eléctrica no es sostenible. Las baterías contienen litio, cobalto y níquel, minerales con cadenas de suministro concentradas en pocos países y con extracción contaminante. La Unión Europea ha identificado este eslabón como crítico para la autonomía estratégica del continente.
La apuesta de BATTIA es correcta en dirección, pero el salto de una planta a escala industrial exige algo más que una subvención. Necesita acuerdos estables con los desguaces y los fabricantes de automóviles para asegurar el flujo de baterías usadas, y una red logística eficiente de recogida. Sin ese flujo garantizado, la instalación corre el riesgo de operar por debajo de su capacidad.
He seguido de cerca los proyectos que han intentado escalar en el reciclaje de baterías en España. La mayoría tropieza en lo mismo: la financiación inicial llega, pero el suministro de baterías al final de su vida útil no está garantizado porque la mayoría de los coches eléctricos aún no han agotado su ciclo. Esa brecha temporal es el verdadero test de viabilidad de BATTIA.
La planta de Gipuzkoa marca una dirección necesaria. El reto no será técnico, sino de volumen: cuando lleguen las primeras oleadas de baterías usadas, España debe tener ya una industria de reciclaje a pleno rendimiento, no un proyecto piloto. Los próximos años dirán si BATTIA consigue convertir una ayuda pública en un negocio sostenible.




