La escultura del Smithsonian que Trump quiere sustituir sacude el mercado del arte en EE.UU.

La exigencia de Trump de sustituir la escultura cinética de José de Rivera por una estatua de George Washington introduce un factor de riesgo político en la valoración del arte institucional estadounidense. Los coleccionistas de esculturas de posguerra evalúan ahora la estabilida

La escultura del Smithsonian que Trump quiere sustituir ha reabierto el debate sobre la estabilidad del arte institucional estadounidense.

El presidente publicó el pasado viernes una serie de demandas para la Smithsonian Institution. La primera: instalar una escultura de George Washington de 3,4 metros frente al National Museum of American History, con erección prevista para el próximo 17 de septiembre, Día de la Constitución. A ella se suma la sustitución de Infinity por una estatua de Washington de 9 metros en la entrada sur del mismo edificio, además de una exposición que se mantendría abierta hasta el 22 de febrero de 2032, tercer centenario de su nacimiento.

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La pieza que se retiraría, Infinity, es una escultura cinética de José de Rivera, dedicada por el gobierno federal en 1967. Compuesta por una cinta de acero inoxidable pulido sobre una base de granito negro, rota de forma continua desde su inauguración y completa una revolución cada seis minutos. Fue la primera obra de arte moderno encargada por el gobierno de Estados Unidos bajo el Art and Architecture Program para el National Mall.

El intento no es aislado. El Kennedy Center desmanteló recientemente una obra de Joel Shapiro que había estado en exhibición desde 2019. La junta del Smithsonian incluye al vicepresidente JD Vance, impulsor de la intervención de la administración en la red de museos. Aunque la institución opera de forma independiente, los fondos federales representan una parte significativa de su presupuesto anual, un canal de presión que el ejecutivo ya ha utilizado en otros proyectos culturales.

Para el mercado del arte estadounidense, la relevancia no es jurídica sino de percepción. Una intervención sobre una obra encargada por el propio Estado introduce una variable política en la valoración de las colecciones públicas y del arte moderno de posguerra. Si un presidente puede ordenar por redes sociales la retirada de una pieza fundacional del programa federal de arte público, la calidad institucional de esas obras se vuelve menos predecible.

En términos de asignación, los coleccionistas de esculturas cinéticas y de arte público de los años sesenta deben vigilar la narrativa que se instale. La controversia puede aumentar la visibilidad de artistas como De Rivera, cuya producción es escasa y se concentra en encargos institucionales, pero también introduce un riesgo de que los museos eviten adquirir obras que puedan ser consideradas ideológicamente incómodas por futuros ejecutivos.

El arte institucional de Estados Unidos no es solo un acervo cultural; es un activo cuya valoración depende de la estabilidad de sus patrocinadores.

El valor institucional de Infinity y la primera modernidad encargada por el Estado

La obra de De Rivera no cotiza en subastas con frecuencia. Su producción, centrada en esculturas para espacios públicos y encargos corporativos, ha quedado en manos de museos y fundaciones, lo que restringe la oferta en el mercado secundario. Esa escasez es, en principio, un soporte para el valor de sus piezas comparables. La relevancia de Infinity reside menos en su precio hipotético que en su condición de hito programático: fue la primera apuesta del Estados Unidos federal por integrar arte abstracto contemporáneo en el espacio monumental de Washington.

Desde una óptica de historia del mercado, los artistas que dependen de la compra institucional se exponen a ciclos de valoración más volátiles cuando cambian las prioridades de los patrocinadores. El riesgo no es la caída de un índice, sino la desaparición del comprador de último recurso. En las esculturas cinéticas de la posguerra, ese comprador ha sido tradicionalmente el sector público estadounidense y, en menor medida, los coleccionistas privados que buscaban piezas de escala museística.

El riesgo político como nueva variable de valoración

Lo sucedido en el Smithsonian introduce un factor que los informes de art market no suelen descontar: la vulnerabilidad de las colecciones públicas ante cambios de gobierno. Para un inversor con posiciones en arte moderno estadounidense, la mera amenaza de retirada altera el cálculo de riesgo reputacional. Un museo que vende una obra por presiones externas no pierde solo una pieza; pierde credibilidad como custodio neutral, y esa credibilidad es parte del valor de su colección.

La retirada de la obra de Shapiro en el Kennedy Center, sin explicación pública, y la posible remoción de Infinity no afectan a los precios de subasta de Warhol o Basquiat, pero sí a un segmento más frágil: el arte abstracto geométrico y cinético de posguerra, cuyos compradores son escasos y en su mayoría institucionales. Cuando la institución se convierte en fuente de riesgo, la liquidez de esas obras se resiente.

Lectura financiera: preservar capital o esperar una corrección de narrativa

Mi lectura es que el arte cinético de los años sesenta sigue siendo una categoría de preservación de capital a largo plazo para perfiles muy especializados, no una herramienta de revalorización agresiva. La obra de De Rivera no se venderá en Christie’s el próximo mes, pero la controversia puede despertar interés de coleccionistas que buscan piezas con un papel fundacional en la historia institucional. Ese interés es, por definición, paciente y poco líquido.

El peligro está en la narrativa. Si la intervención se consolida y otros museos reducen su compromiso con el arte moderno por miedo a conflictos, el descuento por riesgo político se volverá estructural. Los inversores deberían seguir dos hitos: la respuesta del Smithsonian después del 17 de septiembre y las decisiones de adquisición de la próxima edición de las ferias de otoño en Nueva York. Ahí se verá si el comprador institucional regresa o se retira.

💎 Veredicto Wealth

La escultura cinética de posguerra mantiene su atractivo como activo de preservación de capital para coleccionistas con horizonte superior a diez años y alta tolerancia a la iliquidez. El riesgo principal es la pérdida de soporte institucional si la politización de las colecciones públicas se convierte en tendencia.


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