Foraminíferos fósiles invierten la espiral de su concha en todo el planeta al unísono: un enigma evolutivo global

El equipo de Bridget Wade reconstruye cinco décadas de registro fósil y detecta inversiones sincronizadas en las conchas de plancton marino. La hipótesis apunta a un barrido evolutivo global, no a un simple efecto del clima.

Las conchas espiraladas de los foraminíferos fósiles cambiaron de dirección a la vez en todos los océanos.

El hallazgo, reconstruido por el equipo de la micropaleontóloga Bridget Wade en la University College London, parte de una rareza que se observa desde los años cincuenta. Los foraminíferos planctónicos, organismos unicelulares que secretan una concha perforada, cubren el lecho marino al morir y forman un archivo natural de unos 560 millones de años.

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La rareza no es nueva. En 1959, el geólogo marino David Ericson observó que Neogloboquadrina pachyderma tendía a enrollarse a la izquierda en climas fríos y a la derecha en periodos cálidos, y propuso que la temperatura mandaba. Décadas después, la genética desmontó aquella idea: los supuestos variantes eran en realidad especies distintas, y la dirección no correlacionaba con el clima.

El enigma de las conchas que giran a la vez

Al revisar cinco décadas de estudios, los investigadores detectaron que varias especies invirtieron la dirección de enrollamiento de sus conchas en distintos momentos. Paragloborotalia siakensis pasó de un enrollamiento mixto a predominio levógiro hace 15 millones de años, mientras que Globorotalia scitula giró dos veces: primero hacia la izquierda hace 15 millones de años y luego hacia la derecha hace 10 millones.

El caso más revelador es Pulleniatina obliquiloculata, una especie que sigue viva en los trópicos y posee un registro fósil excepcional. Durante los últimos 860.000 años su concha se ha enrollado casi siempre a la derecha, pero justo antes pasó por una secuencia de cambios globales cada pocos miles de años. Los fósiles muestran que el salto era demasiado rápido y extenso para una evolución gradual.

La hipótesis del equipo es que el giro no es una adaptación al clima, como se creyó en un principio. Los océanos esconden especies crípticas que se parecen mucho entre sí y que los estudios genéticos modernos han logrado separar. Un linaje con una ventaja adaptativa pudo expandirse por todas las cuencas oceánicas y arrastrar consigo una dirección de enrollamiento dominante.

Bridget Wade lo compara con lo ocurrido con las variantes de la covid: una variante con una ligera ventaja selectiva surgió en un punto y se convirtió en dominante casi a la vez en todo el planeta. La diferencia es que, en el registro de los foraminíferos, lo que parece instantáneo pudo desplegarse a lo largo de mil años o más.

Cada inversión de la espiral fósil conserva el rastro de un barrido evolutivo que cruzó océanos enteros sin dejar otra firma visible.

La conexión entre genética y dirección de enrollamiento, sin embargo, no es sencilla. La paleobióloga evolutiva Yurika Ujiié advierte que una misma dirección no implica siempre una única población genética, y la investigadora Julie Meilland añade que en sus cultivos las proporciones no coinciden con el registro fósil. La única certeza es que el mecanismo es más complejo que un simple interruptor climático.

Un método que une fósiles, genética y sedimentos

El trabajo de Wade integra por primera vez registros profundos con datos de genética moderna. Las cronologías de los sedimentos permiten ver los cambios en varias cuencas a la vez, desde el Atlántico al Pacífico, y descartan que se trate de un fenómeno local. En una especie, la inversión apareció con la misma rapidez en los trópicos y en latitudes altas.

La escala temporal ayuda a entender el enigma. Lo que en el registro fósil parece instantáneo pudo prolongarse durante más de mil años, un plazo en el que las corrientes oceánicas dan la vuelta al planeta. Las aguas profundas y superficiales funcionan como cintas transportadoras que aceleran la dispersión de cualquier variante exitosa, sin necesidad de que cada población invente el cambio por su cuenta.

La idea de que un rasgo o una especie pueda barrer el planeta no es exclusiva de los foraminíferos. Lo difícil es detectarlo en otros organismos marinos sin un marcador tan claro como la concha espiral. Por eso el registro fósil de estos plancton unicelulares se convierte en una ventana rara para observar procesos evolutivos que normalmente quedan fuera de la mirada humana.

fósiles foraminíferos

Lo que este enigma revela sobre la evolución planetaria

El valor de este trabajo no está tanto en resolver el misterio como en mostrar una ventana nueva. Hasta ahora, las reconstrucciones del clima y de los océanos usaban las conchas de los foraminíferos como termómetros; este estudio recuerda que también son marcadores evolutivos. La posibilidad de que un carácter morfológico como la espiral actúe como firma accidental de una especiación global tiene implicaciones para interpretar otros fósiles marinos. Incluso si la hipótesis no se confirma, obliga a considerar la evolución como un fenómeno de masas, no solo de linajes aislados.

Con todo, la hipótesis no está cerrada. El artículo original, difundido por Quanta Magazine esta semana, deja abiertas preguntas incómodas: no se sabe por qué solo algunas especies desarrollan una preferencia tan marcada por una dirección, ni por qué otras mantienen un reparto equitativo. Tampoco hay consenso sobre si la inversión identifica siempre una especie nueva. La próxima oportunidad para comprobarlo está en el registro moderno de Pulleniatina obliquiloculata, donde cualquier nueva inversión podría detectarse con muestras actuales.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: Varias especies de foraminíferos fósiles invirtieron a la vez la dirección de enrollamiento de sus conchas en múltiples océanos.
  • Dónde: Registros sedimentarios del Atlántico, el Índico y el Pacífico, en latitudes tropicales y altas.
  • Institución responsable: University College London, con la micropaleontóloga Bridget Wade como autora principal del estudio.
  • Cuándo: Registro analizado de hasta 56 millones de años; inversiones globales documentadas entre hace 15 millones de años y hace 860.000 años.
  • Impacto a futuro: Convierte las conchas espiraladas en un marcador natural para estudiar barridos evolutivos a escala planetaria.

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