China prevé que sus coches eléctricos controlen el 37% del mercado mundial en 2030

Pekín fija que el 70% de las ventas de coches nuevos en el país sean eléctricos o híbridos en 2030 y aspira a una cuota global del 37%.

China ya no esconde su aspiración: que sus coches eléctricos controlen el 37% del mercado mundial en 2030. La cifra, recogida por Investing.com, redefine la batalla industrial del automóvil.

El plan fija además un objetivo doméstico aún más ambicioso. Pekín quiere que el 70% de las ventas de coches nuevos en el país sean eléctricos o híbridos para 2030, según Expansión. Es decir, el mayor mercado automovilístico del planeta se convertiría casi por completo en un laboratorio eléctrico.

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La hoja de ruta china para 2030

Para dimensionar el salto, conviene mirar el punto de partida. En 2025, la cuota de vehículos electrificados en China superó ya la mitad de las matriculaciones. El nuevo objetivo oficial desplaza el listón hacia una cifra que ningún otro gran mercado ha fijado por ley.

La proyección del 37% mundial no es casual. Se apoya en la capacidad instalada de las plantas chinas, en una cadena de suministro de baterías que controla los minerales clave y en una política de subsidios que ha mantenido los precios a raya. Mientras tanto, los fabricantes europeos ajustan capacidad y plantillas. BYD, el mayor fabricante chino, ya vende en más de sesenta países y ha comunicado planes para nuevas plantas en Europa.

Europa no mira desde la barrera. Bruselas impuso aranceles a los vehículos eléctricos chinos para frenar la avalancha, pero la respuesta de Pekín ha sido redirigir exportaciones hacia el sudeste asiático y América Latina. La cuestión de fondo es si la barrera arancelaria frena la ofensiva o solo cambia su ruta.

China no busca solo vender más coches; quiere fijar el estándar de qué es un coche eléctrico asequible para la clase media global.

La dependencia de las marcas occidentales respecto de la tecnología china es cada vez más visible. Varios grupos alemanes han firmado acuerdos para usar plataformas eléctricas desarrolladas en Shanghái, y eso dice más de la competitividad real que cualquier discurso sobre aranceles. La política comercial europea, con aranceles a los eléctricos chinos, no ha evitado que modelos como el Dolphin o el Seal lleguen a los concesionarios.

El impacto para las fábricas europeas

La presión no es simbólica. Las plantas europeas que fabrican modelos de volumen operan hoy por debajo de su capacidad como consecuencia de la ralentización del eléctrico. En Alemania, Francia y España, los ajustes de empleo en la automoción se han sucedido durante el último año. Si los fabricantes chinos alcanzan ese tercio del mercado global, varias de esas líneas de producción tendrán difícil justificar su viabilidad.

Los datos oficiales chinos proyectan un escenario en el que tres de cada diez coches vendidos en el mundo saldrían de una fábrica del gigante asiático. No obstante, la ejecución del plan no está exenta de riesgos: una ralentización de la demanda eléctrica, tensiones geopolíticas o el endurecimiento de los subsidios pueden alterar el calendario. A esto se suma la competencia interna entre las propias marcas chinas, con una guerra de precios que lastra los márgenes de fabricantes como MG, NIO o Xpeng.

Hay un factor que a menudo se ignora y que puede acelerar o frenar el avance. La red eléctrica china necesita absorber cien millones de vehículos eléctricos como parte de la solución, no como un problema. Pekín ya trabaja en esa integración, tal y como recoge Híbridos y Eléctricos.

El caso chino muestra que la transición eléctrica no es solo una cuestión de tecnología, sino de escala. Ningún otro país ha combinado de forma tan agresiva subsidios a la demanda, ayudas a la producción y control de la cadena de valor. Ese triángulo es el que permite a Pekín plantear objetivos que en Europa se considerarían inalcanzables.

El espejo de una transición incompleta

Lo que plantea este plan es una especie de espejo para Occidente. China fija metas, asigna capital y coordina a sus empresas. Europa, en cambio, multiplica hojas de ruta y reduce la ambición sobre la marcha. Me parece una diferencia estructural más profunda que cualquier tarifa. Es la distancia entre la planificación industrial como política de Estado y la planificación como suma de estrategias corporativas a corto plazo.

La mayoría de los analistas coincide en que el 37% es factible si se dan tres condiciones: demanda estable, cadenas de suministro abiertas y precios de baterías contenidos. Si falla una, el objetivo se quedará en un ejercicio de propaganda industrial. La duda razonable es si las marcas europeas estarán en condiciones de aprovechar cualquier tropiezo. A mi juicio, el mayor riesgo no está en Pekín sino en la capacidad de Europa para alinear a sus proveedores con una demanda que todavía no termina de despegar.

La respuesta llegará con los próximos planes industriales de los grandes consorcios europeos. En 2027, varios de ellos deben renovar sus compromisos de inversión en eléctrico. Ahí se verá quién se repliega y quién compite de verdad. En el mercado europeo, la cuota de marcas chinas sigue siendo baja, pero crece con rapidez entre los compradores que priorizan precio y equipamiento. El arancel europeo ha encarecido algunos modelos, no todos. Las marcas chinas han movido producción a países con acuerdos comerciales o han absorbido parte del sobrecoste.

China ha puesto el número sobre la mesa. Ya no se discute si será el primer productor mundial de eléctricos, sino cuánta cuota será incapaz de arrebatarle Occidente. La cifra del 37% será, en cualquier caso, un termómetro. No de la tecnología china, que ya ha demostrado su madurez, sino de la capacidad de Occidente para sostener un tejido industrial propio cuando las reglas del juego las marca otro.


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