España vuelve a mirarse en el espejo de la vivienda y la imagen que devuelve no es agradable. Un hogar del quintil más pobre destina de media el 36,2% de su renta a pagar la casa, según el último estudio de Fedea con datos oficiales del INE. No hablamos solo de alquiler o hipoteca: el cálculo suma luz, agua, comunidad, seguros e impuestos.
La cifra contrasta con el 13,6% que dedica el quintil de renta más alta a lo mismo. Es decir, quien menos tiene, más porcentaje de su sueldo quema en sostener un techo. Y el fenómeno, lejos de mejorar, se ha intensificado en los últimos cinco años.
El esfuerzo por vivienda en España no deja de crecer
El estudio, elaborado por el investigador Fernando Pinto (Universidad Rey Juan Carlos) y publicado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, analiza la Encuesta de Condiciones de Vida entre 2019 y 2024. El resultado: el gasto residencial medio mensual por hogar pasó de 610 a 690 euros, un incremento del 13% en solo cinco años.
Lo más llamativo no es la subida en sí, sino su origen. Los suministros de energía y agua se dispararon más de un 25% en ese periodo, muy por encima de lo que crecieron los salarios medios. A eso se suman alquileres un 15% más caros y cuotas hipotecarias brutas que subieron un 12,5%, arrastradas por el ciclo de tipos de interés altos entre 2022 y 2024.
El sobreesfuerzo golpea con más fuerza a quien menos tiene
El España que retrata este informe es un país partido en dos velocidades. Mientras el quintil más rico apenas nota el peso de la vivienda en su presupuesto, casi dos de cada diez hogares del quintil inferior sufren lo que los técnicos llaman sobreesfuerzo: destinar más del 40% de la renta disponible solo a mantener la vivienda. Entre los hogares de renta alta, esa proporción cae hasta apenas el 1,2%. La institución que firma el estudio, Fedea, es uno de los think tanks económicos más influyentes de España, fundado en 1985 con el objetivo de acercar la investigación académica a la toma de decisiones públicas.
El desequilibrio entre la creación de hogares y la construcción de vivienda nueva —España ha levantado muchas menos viviendas de las necesarias en la última década— explica buena parte de esta presión. Cuando la oferta no responde, el precio se ajusta por arriba y quien tiene menos margen económico es quien primero lo nota en su cuenta corriente.
Jóvenes y hogares con menor estabilidad laboral, los más expuestos
El informe pone nombre y apellido a los perfiles más vulnerables. Los hogares unipersonales jóvenes cargan con niveles de esfuerzo especialmente elevados, en gran parte porque viven solos y no pueden repartir gastos fijos como la comunidad o los suministros entre varias personas. Vivir en pareja o compartir piso amortigua el golpe; vivir solo con un sueldo joven, no.
Lo mismo ocurre con los hogares de baja intensidad laboral, aquellos donde el empleo es intermitente o a tiempo parcial. Casi el 19% de estos hogares sufre sobreesfuerzo residencial, frente a poco más del 7% de los que tienen empleos estables a jornada completa. La precariedad laboral y la precariedad habitacional van de la mano.
Comprar antes o después de la crisis marca la diferencia
Uno de los datos más reveladores del estudio tiene que ver con el momento en que cada familia entró en el mercado. Quienes compraron su vivienda entre 2019 y 2024 soportan un esfuerzo residencial medio del 34,1%, muy superior al 28,6% de quienes compraron entre 2012 y 2018, y todavía más alejado del 23,8% de los propietarios de antes de 2011.
La explicación combina dos factores: precios de compra más altos y el encarecimiento de las hipotecas tras la escalada de tipos del Banco Central Europeo. Comprar tarde, en este contexto, ha significado pagar más por menos margen.
- Comprar entre 2019 y 2024: esfuerzo medio del 34,1%
- Comprar entre 2012 y 2018: esfuerzo medio del 28,6%
- Comprar antes de 2011: esfuerzo medio del 23,8%
- Suministros de luz y agua: encarecimiento superior al 25% desde 2019
Comunidades autónomas: el mapa de la desigualdad territorial
El informe también detecta diferencias notables entre comunidades autónomas, un reflejo de los desequilibrios persistentes entre el coste de la vivienda y los ingresos disponibles en cada zona del país. No es lo mismo alquilar en una gran capital tensionada que en una provincia con oferta abundante y precios más contenidos.
Dónde aprieta más el bolsillo
Las zonas turísticas y las grandes áreas metropolitanas concentran la mayor presión: es allí donde la demanda de vivienda —tanto para residir como para invertir— choca de frente con una oferta que no crece al mismo ritmo. El resultado es un encarecimiento sostenido que golpea primero a quien alquila y después a quien compra.
Dónde respira mejor la economía familiar
En el extremo opuesto, las provincias con menor presión demográfica y menor atractivo inversor mantienen niveles de esfuerzo residencial mucho más bajos, aunque a menudo a costa de menos oportunidades laborales, lo que matiza cualquier lectura optimista de esos datos.
Qué puede cambiar en los próximos años
La buena noticia, si se puede llamar así, es que el diagnóstico ya está sobre la mesa y con datos sólidos del INE, lo que facilita que las administraciones diseñen políticas más precisas en lugar de medidas generalistas. Ampliar el parque de vivienda asequible, agilizar la construcción donde realmente hace falta y revisar las ayudas al alquiler joven son las palancas que más expertos señalan como prioritarias.
La realidad es que ningún cambio normativo revertirá de golpe cinco años de encarecimiento acumulado. Pero entender quién sufre más y por qué —jóvenes solos, rentas bajas, empleo inestable— es el primer paso para que la próxima generación de políticas de vivienda apunte donde realmente duele, en lugar de disparar a ciegas.






