Marc Vidal alerta: la robótica de Tesla abre el debate sobre el fin de la clase media

Marc Vidal contrapone la promesa del robot Optimus con los retrasos de Tesla, los primeros humanoides a la venta y una pregunta incómoda: si el salario deja de repartir riqueza, ¿qué sostendrá a la clase media?

Un robot humanoide viaja en el asiento trasero de un coche, monta un circuito de trenes en una habitación infantil y pasea junto a una familia por un valle de montaña. No es un tráiler de cine: es el anuncio que circula estos días y que el economista Marc Vidal ha tomado como punto de partida para un análisis incómodo. En su último vídeo, el analista plantea una disyuntiva: o estamos ante una de las mayores operaciones de marketing de nuestra época, o ante la mayor reorganización económica en al menos dos siglos.

La pieza, protagonizada por el robot Optimus de Tesla, muestra una convivencia doméstica cálida y luminosa. Sin embargo, Vidal sostiene que conviene saber cuál de las dos cosas estamos viendo realmente: marketing o futuro inminente. Y su respuesta corta es contundente: no, el producto que muestra el anuncio no está a punto de llegar a los hogares.

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La promesa que aún no llega a la fábrica

Para Marc Vidal el anuncio no es un producto, es una promesa. Las escenas del robot paseando con la familia por un valle son imagen generada, no una máquina que puedas comprar. La distancia entre la promesa y la fábrica, explica, se mide en retrasos.

El analista repasa los hitos incumplidos de Tesla: 1.000 unidades de Optimus haciendo trabajo útil a finales de 2025, algo que no ocurrió; la presentación de la tercera generación aplazada; y el arranque de producción en Fremont previsto para finales de julio de este año. La propia compañía reconocía en su carta de accionistas de julio que las líneas seguían instalándose con la producción anticipada para más adelante. Elon Musk, según Vidal, admite que se trata del producto más difícil de escalar que han hecho nunca: 10.000 piezas únicas sin cadena de suministro previa.

Pero la respuesta larga es más interesante. Mientras Tesla acumula aplazamientos, la noruega 1X ya vende en preventa su humanoide doméstico Neo por 20.000 dólares al contado o 499 al mes, con entregas iniciadas ya en Estados Unidos, aunque de momento necesita teleoperadores humanos. El Unitree G1 chino se puede comprar ya en España por unos 25.000 dólares. Son torpes, limitados y medio teledirigidos, admite Vidal, pero existen, se venden y van bajando de precio.

El salario ha funcionado como el gran mecanismo de distribución de la riqueza; si pasamos a capital, energía, IA y robots ese mecanismo se queda sin motor.

— Marc Vidal

La desigualdad del tiempo, una brecha silenciosa

El vídeo de Marc Vidal propone un ejercicio: dos familias vecinas en 2035. Una puede permitirse un humanoide doméstico de unos 20.000 dólares; la otra no. Si el robot libera tres horas al día, son 1.095 horas al año. La primera familia no solo tiene más dinero, tiene más tiempo que invertir en trabajar, estudiar, montar un negocio o cuidar a sus hijos.

El creador del canal describe una desigualdad del tiempo que ningún instituto de estadística está midiendo de forma adecuada y que, a su juicio, retroalimenta la desigualdad económica clásica. El tiempo liberado se convierte en ingresos, formación y patrimonio.

El interés compuesto de la productividad

Esa misma lógica, sostiene Vidal, no se queda en el salón de una casa. Imaginemos dos empresas idénticas con 100 trabajadores cada una. La primera sigue pagando nóminas; la segunda compra 50 robots a 25.000 dólares la unidad. La que no pudo financiar la inversión inicial queda atrapada compitiendo con salarios contra amortizaciones, en una rueda que define como interés compuesto de la productividad.

El análisis cita la primera oleada de robots industriales. En 2020, Daron Acemoglu y Pascual Restrepo documentaron que en las zonas laborales de Estados Unidos más expuestas a robots cayeron tanto el empleo como los salarios, con el golpe concentrado en ocupaciones manuales y rutinarias. Los estudios de la OCDE apuntan en la misma dirección. Con humanoides, concluye Vidal, la dinámica se amplifica porque ya no se trata solo de automatizar tareas repetitivas de fábrica, sino trabajo físico general.

Geopolítica: las máquinas pesan más que los brazos

El vídeo plantea un segundo ejercicio, esta vez con cifras deliberadamente hipotéticas. En 2040, Estados Unidos operaría 50 millones de humanoides, Europa 15, China 100 millones y Nigeria medio millón. Vidal insiste en que no son previsiones, sino una forma de pensar: medir la población activa dejaría de explicar la capacidad productiva real de un país.

Los trabajadores artificiales, dice, no duermen, no envejecen, no emigran, no cobran salario, aceptan turnos prolongados y mejoran con cada actualización de software. Habría que distinguir entre población humana y población productiva efectiva. Un país de 50 millones de habitantes con 30 millones de robots podría producir más que otro de 150 millones de personas.

Para Marc Vidal, la carrera por los humanoides es en realidad una carrera por chips, energía barata y capacidad industrial. Y el dinero, pese a los calendarios fallidos, va en serio: Tesla ha comprometido 20.000 millones de dólares de inversión este mismo año, más del doble que el anterior.

La escalera rota de los países en desarrollo

El analista traslada el argumento a Bangladesh, Vietnam, India, México e Indonesia. Durante décadas, la gran ventaja competitiva de estos países ha sido la mano de obra barata, un peaje duro pero real de una escalera de desarrollo que ya recorrieron Japón, Corea o la propia China.

Pero si un humanoide doméstico se alquila por 499 dólares al mes, esa escalera podría romperse antes de completarse. Vidal recuerda que el primer humanoide de consumo de la historia se vende, ante todo, por suscripción. La propiedad queda en segundo plano y la pregunta decisiva es quién será dueño de esos robots.

Propiedad, suscripción y la pregunta decisiva

Hay tres modelos posibles, plantea el creador del canal. Si millones de personas poseen su propio robot, la productividad individual se dispararía de forma distribuida. Si las pymes poseen flotas, el beneficio se repartiría por el tejido productivo. Pero si unas pocas corporaciones poseen cientos de millones de máquinas mientras el resto alquila sus servicios, el mundo resultante no se parece a los otros dos.

Hasta hoy, producir mucho exigía contratar a mucha gente. De esa necesidad mutua entre capital y trabajo salieron los salarios, los sindicatos, las clases medias y buena parte del contrato social. Una empresa que valga un billón de dólares con una plantilla humana mínima, sostiene Vidal, rompe esa relación por la mitad.

Aquí es donde el vídeo recupera al economista Vasili Leontief, que en 1983 escribió que el papel de los humanos como principal factor de producción está condenado a disminuir, igual que disminuyó el de los caballos en la agricultura. A los caballos nadie les preguntó: no votaban, no consumían, no tenían hipotecas ni derechos. Nosotros sí. La tesis de fondo del análisis es que, antes de tocar los empleos, la revolución de los humanoides tocará el mecanismo con el que repartimos la riqueza.

El vídeo vuelve al anuncio del principio. No, no es inminente: los calendarios se incumplen, las fábricas se retrasan y el robot del anuncio todavía no existe, por lo menos no así. En cualquier caso la dirección es inequívoca. Decenas de miles de millones de dólares están en juego, y con ellos una pregunta que conviene haber pensado antes de 2035: ¿cómo se distribuye la renta en una economía donde trabajar ya no es condición necesaria para producir?

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