Madrid esconde un plan de otoño que muchos turistas se pierden por no saber cuándo ir

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Castañeras: el olor y el sabor del otoño en las esquinas de Madrid

road between houses

La castañera es el heraldo estacional más fiable de Madrid: cuando su brasero humea en la esquina, el otoño ha llegado. Es un oficio documentado desde el siglo XIX, reservado durante décadas a mujeres que heredaban el puesto de madres a hijas, con pañuelo a la cabeza y bata negra, y tan arraigado que Ramón de la Cruz lo inmortalizó en sus sainetes y Camilo José Cela lo citó en ‘La colmena’ como remedio contra el frío y la soledad. El puesto ha cambiado de estética —de la olla de barro agujereada sobre carbón vegetal a las modernas ‘locomotoras’ con cubículo—, pero el ritual permanece: la castaña se corta, se tuesta con sal y se sirve humeante en cucurucho de papel. Para el madrileño, ese olor dulzón de humo es la señal inequívoca de que toca pasear abrigado y con calma, sin prisa.

Lo que hace especial este plan es que no requiere mapa ni reserva: basta con dejarse llevar por el aroma. En las bocas del metro, junto a los mercados y en las salidas de los parques, los puestos se multiplican a partir de noviembre, cuando aprieta el frío, y se mantienen hasta bien entrada la temporada invernal. Por unos pocos euros, el cucurucho cumple doble función: calienta las manos entumecidas y llena el estómago con un bocado humilde pero contundente. Muchas castañeras completan la oferta con boniatos asados, mazorcas de maíz o manzanas acarameladas, un muestrario de invierno que apenas se ve el resto del año. Precisamente ese carácter efímero y popular es lo que los turistas pasan por alto: quien sabe cuándo buscar, encuentra un pedazo de Madrid que no sale en las guías, un oficio de esquina que resiste al paso del tiempo y convierte un simple paseo otoñal en una ceremonia.


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