Juan Ramón Rallo: por qué se disparan los tipos de interés a largo plazo en todo el mundo

El economista repasa la subida sincronizada del coste de la deuda pública a largo plazo y explica por qué el sector privado vuelve a competir por el capital.

Hay una señal que Juan Ramón Rallo observa con detalle en su último análisis: los intereses que exigen los mercados por prestar dinero a los principales gobiernos del mundo están volviendo a niveles que muchos inversores ni siquiera recuerdan. No es un fenómeno aislado.

Un repunte sincronizado que desafía a los bancos centrales

Rallo repasa una serie de gráficos que dibujan un encarecimiento general de la deuda pública a 30 años. En Estados Unidos, se paga un interés del 5,3%, el nivel más alto desde 2004. Japón abona un 4,1%, un máximo histórico; Reino Unido, un 5,8% que no se veía desde 1998; Francia, un 4,9% desde 2008; y Alemania, un 3,7% desde 2011.

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El economista subraya que la subida es compartida y sincronizada. Y añade un matiz incómodo: se produce mientras los bancos centrales han estado reduciendo sus tipos de corto plazo en los últimos años. No estamos ante un endurecimiento monetario clásico; la financiación pública a largo plazo se encarece igualmente.

Durante la década pasada, el dinero parecía superabundante y casi gratis. Los gobiernos se endeudaban sin que el coste subiera, y los defensores de la teoría monetaria moderna parecían tener razón. Rallo sostiene que esa idea vuelve a quedar desmentida.

La resaca de la era del dinero barato

Según su explicación, lo que está subiendo no son las expectativas de inflación, que permanecen relativamente contenidas, sino los tipos de interés reales. Antes, tras la crisis financiera de 2007-2008, familias y empresas se desapalancaron: ahorraron mucho e invirtieron poco. Esa holgura financiera era absorbida por los estados a bajo coste.

Ahora el escenario ha cambiado por dos frentes. Las finanzas públicas están más tensionadas tras el covid y la deuda acumulada, y los gobiernos necesitan refinanciar vencimientos mientras cubren nuevos déficits. Al mismo tiempo, el sector privado ha recuperado el apetito inversor, sobretodo en la industria de la inteligencia artificial. La holgura que antes financiaba al sector público ya no existe.

Los gobiernos ya no se financian con la holgura del ahorro privado; ahora compiten con el sector privado por un capital escaso y ese pulso se resuelve en tipos cada vez más altos.

— Juan Ramón Rallo

Dos motores, una lectura ambivalente

Rallo matiza que la subida no tiene por qué ser una mala señal. Si responde a expectativas de crecimiento y a una inversión privada intensa, puede ser un síntoma de vitalidad. En periodos de estancamiento nadie quiere invertir y los tipos caen; cuando el deseo de invertir es fuerte, suben por buenas razones.

Sin embargo, advierte que el sector privado solo explica parte del movimiento. La otra parte es el exceso de deuda pública y la adicción presupuestaria de los gobiernos occidentales, que considera más preocupante.

El gasto corriente que no genera retorno

No se trata de inversiones productivas. Rallo plantea un ejemplo: si los gobiernos se endeudaran masivamente para modernizar infraestructuras, el crecimiento potencial podría aumentar y la deuda sería más sostenible. Pero no es así. El sobreendeudamiento se destina a gasto corriente que consume riqueza presente sin crear riqueza futura.

Además, no es transitorio. No cubre una caída puntual de ingresos. Es estructural. Los gobiernos se acostumbraron a financiar permanentemente parte de su gasto con deuda porque parecía gratis. Ahora que el capital es escaso, repiten el hábito causando más daño.

El caso japonés y el espejismo de monetizar

En Japón, el coste de la deuda va en aumento. Rallo recuerda que el gobierno podría financiarse con el banco central monetizando el déficit, pero eso implicaría crear muchos más yenes sin demanda de atesoramiento intensa, depreciaría aún más la divisa y dispararía la inflación interna. Por eso la teoría monetaria moderna prefiere bancos centrales dependientes: busca financiar al gobierno a bajo coste a cambio de inflación sobre los ciudadanos, un coste que suele quedar oculto.

Implicaciones: decisiones incómodas en el horizonte

Según Rallo, las restricciones financieras están volviendo a morder. Con capacidad de financiación escasa frente a necesidades públicas y privadas, el precio del capital sube. En algún momento habrá que elegir: frenar la demanda privada, pinchar el boom inversor de la inteligencia artificial, recortar el gasto público o imponer mecanismos de ahorro forzoso.

Ninguna de esas salidas es neutra para los ciudadanos. Rallo concluye que las finanzas públicas no están preparadas para soportar una dinámica persistente de tipos al alza, y que la reacción de los gobiernos probablemente no será beneficiosa.

La pregunta que deja en el aire es si los estados ajustarán su presupuesto de forma ordenada o si volverán a buscar salidas fáciles con costes silenciosos. Mientras el debate sigue abierto, los mercados ya están poniendo precio a la resaca de aquella era de dinero barato.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.

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