La NASA acaba de poner en marcha el programa de ciencia aerotransportada más ambicioso de su historia reciente. Seis misiones, cientos de científicos y pilotos, y una flota de aviones convertidos en laboratorios volantes saldrán este verano a desvelar algunos de los fenómenos más esquivos del planeta: tormentas eléctricas nacidas de incendios, glaciares que se derriten a toda velocidad, el cóctel de contaminación que respiran las ciudades y los deslizamientos de tierra capaces de generar megatsunamis. Todo forma parte del programa Earth Venture, diseñado para ser ágil, de alto impacto y para cubrir el vacío entre las mediciones en tierra y las imágenes de los satélites.
La clase de misiones suborbitales Earth Venture, una recomendación del National Research Council de 2007, moviliza ahora recursos de la NASA, la Armada de Estados Unidos, universidades y otras instituciones en vuelos científicos que se prolongarán varios años. Los sensores montados en aviones —desde cazas modernizados de la Segunda Guerra Mundial hasta un Boeing 777 reconvertido— actuarán como un puente tecnológico: recogerán datos allí donde los satélites pierden resolución y los instrumentos de suelo no llegan.
Los cazadores de tormentas de fuego
La primera misión en despegar, este mismo verano, es INSPYRE (Injected Smoke and PYRocumulonimbus Experiment), liderada por el Naval Research Laboratory. Desde Colorado, el equipo perseguirá uno de los tipos de tiempo severo menos comprendidos: los pirocumulonimbos, nubes de tormenta que se forman cuando un incendio forestal arde con tanta violencia que genera su propio sistema convectivo. Estas columnas de humo, que escupen rayos y pueden provocar nuevos fuegos, representan un punto ciego para la aviación y un desafío para los meteorólogos.
Varias aeronaves, incluido el ER-2 de gran altitud de la NASA, sobrevolarán estos sistemas tormentosos con un arsenal de instrumentos. Entre ellos viajarán dos rastreadores infrarrojos de incendios de última generación, desarrollados en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) como parte del programa FireSense. La misión, que operará desde Montana, cartografiará y medirá en tiempo real estas peligrosas tormentas para ayudar a predecirlas en el futuro.
Del campo a la megalópolis: el aire que respiramos
No muy lejos, en el Medio Oeste y el Valle Central de California, otra misión rastreará un enemigo invisible. FarmFlux, liderada por el Goddard Space Flight Center de la NASA junto con las universidades de Colorado State y Boston, desplegará más de una docena de sensores para medir ozono, metano, amoniaco, partículas y otros contaminantes que emanan de las tierras agrícolas y las granjas de animales. Las emisiones agrícolas afectan la salud humana, el clima global y la capa de ozono estratosférico, pero siguen siendo una de las piezas peor cuantificadas del sistema Tierra.
Las emisiones agrícolas, invisibles y mal cuantificadas influyen tanto en la salud humana como en la capa de ozono.
Otra misión, HAMAQ (Hemispheric Airborne Measurements of Air Quality), pondrá el foco en dos ciudades norteamericanas con problemas de calidad del aire: Atlanta y Ciudad de México. Las causas son diferentes —el tráfico, la industria y la orografía juegan papeles distintos— y el equipo, liderado por el Langley Research Center de la NASA, desplegará dos aviones a distintas altitudes. El veterano P-3B volará a ras de suelo para medir partículas finas y gases contaminantes, mientras que el recién incorporado Boeing 777 de investigación cartografiará la contaminación desde la estratosfera con sensores remotos.
El Ártico en ebullición
A medida que el Ártico se calienta al menos el doble de rápido que el resto del planeta, la campaña Snow4Flow, liderada por la Universidad de Arizona, se propone medir y modelar el retroceso de los glaciares del extremo norte. A bordo de un avión de la Segunda Guerra Mundial modernizado y equipado con un altímetro láser de barrido y dos radares, el equipo sobrevolará cientos de glaciares en Alaska, el Yukón, Canadá, Groenlandia y Svalbard (Noruega). La combinación de datos aéreos con satélites y modelos avanzados permitirá entender no solo el estado actual del hielo, sino los procesos que dictarán su futuro.
No lejos de allí, en la vertiente norte de Alaska, el proyecto FORTE (Frontlines of Rapidly Transforming Ecosystems), codirigido por el Goddard Space Flight Center y el City College of New York, estudiará cómo los ríos, lagunas y estuarios que drenan el permafrost se convierten en correas transportadoras de carbono y sedimentos hacia el océano Ártico. La misión integrará mediciones ópticas y de radar desde satélites, aviones, embarcaciones de investigación, drones y sistemas submarinos autónomos. Además, se trabajará con las comunidades locales y tribales para mantener las observaciones en el tiempo y aplicar los datos a las necesidades diarias.
El peligro silencioso de los deslizamientos
En California, el deslizamiento de Mud Creek de 2017 sepultó un tramo de la autopista costera sin previo aviso. Para entender cómo las oscilaciones de precipitación extremas desestabilizan las laderas, el proyecto LACCE (Landslide Change Characterization Experiment), liderado por el JPL de la NASA, combinará un radar de apertura sintética aerotransportado con sensores terrestres. El estudio se extenderá también a las amenazas emergentes en Alaska, donde el rápido retroceso de los glaciares está acelerando movimientos de ladera capaces de generar megatsunamis.
Por qué estos vuelos son irremplazables
El programa Earth Venture Suborbital no es nuevo —nació en 2007 por recomendación del National Research Council—, pero estas seis misiones marcan un salto de escala y ambición. Hasta ahora, campañas similares han estudiado ventiscas, arrecifes de coral o remolinos oceánicos. La clase de 2026 aborda problemas que se agravan con el calentamiento global y que necesitan respuestas a corto plazo. La gran ventaja de las plataformas aerotransportadas es su flexibilidad: pueden desplegarse allí donde surge una emergencia o donde los satélites no alcanzan la resolución necesaria, y pueden transportar instrumentos demasiado pesados o complejos para un cubesat. Además, los datos obtenidos alimentan directamente los modelos de previsión meteorológica y los sistemas de alerta temprana. Sin embargo, la duración limitada de las campañas y la dependencia de ventanas de vuelo específicas suponen un reto logístico. Los científicos reconocen que, pese a la alta tecnología desplegada, aún quedan incógnitas sobre cómo estos fenómenos interaccionan en un planeta cada vez más estresado.
Lo que está en juego es práctico: desde saber cuándo una tormenta de fuego puede cerrar un espacio aéreo hasta anticipar qué laderas cederán en las próximas lluvias. La NASA ha decidido que este verano, con sus seis nuevos proyectos alzando el vuelo, la ciencia se haga en el aire.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: La NASA inicia seis nuevas misiones aéreas del programa Earth Venture para estudiar fenómenos como tormentas de fuego, glaciares árticos, contaminación urbana y deslizamientos.
- Dónde: Estados Unidos, Ártico (Alaska, Groenlandia, Svalbard), México y áreas agrícolas del Medio Oeste y California.
- Institución responsable: NASA (con socios como Naval Research Laboratory, JPL, Goddard, Langley, Universidad de Arizona, City College of New York).
- Cuándo: Los vuelos comienzan en el verano boreal de 2026 y se extenderán varios años.
- Impacto a futuro: Mejorar los modelos de predicción de incendios, la calidad del aire, la pérdida de hielo y los riesgos de deslizamientos; los datos servirán a meteorólogos, planificadores urbanos y comunidades locales.





