Joseph Chalom pasó casi dos décadas en BlackRock ayudando a construir los productos que trajeron el dinero institucional al mundo cripto. Ahora, como codirector ejecutivo de SharpLink, defiende una tesis provocadora: que Ethereum, y no Bitcoin, es el mejor activo para mantener en el balance de una empresa. Su propia firma ya respalda esa convicción con más de 1.300 millones de dólares en ETH.
En un sector donde las voces institucionales suelen matizar, Chalom habla claro: el ether genera rendimiento, es la capa de liquidación de la tokenización y su oferta líquida se reduce a medida que más empresas lo bloquean en staking. Sus palabras, pronunciadas en el Injective Summit de Washington DC hace pocos días, han reabierto el debate sobre qué criptoactivo merece ser el refugio de las tesorerías corporativas.
De BlackRock a SharpLink, un currículum que respalda la tesis
Antes de liderar SharpLink, Chalom fue una pieza clave en el giro hacia los activos digitales del mayor gestor de activos del mundo. Participó en la creación de IBIT, el ETF spot de Bitcoin de BlackRock que hoy gestiona más de 87.000 millones de dólares; de ETHA, el equivalente para ether que supera los 10.000 millones; y de BUIDL, el primer fondo de bonos del Tesoro estadounidense tokenizado sobre Ethereum. Este último detalle es especialmente relevante: la persona que ayudó a poner deuda real del gobierno en una blockchain pública ahora dirige una empresa que trata el token de esa misma red como activo de reserva.
SharpLink no es un proyecto experimental. Cotiza en bolsa y en su consejo directivo figura Joseph Lubin, cofundador de Ethereum y de Consensys. La compañía ha apostado casi la totalidad de sus 1.300 millones de dólares en ether en contratos de staking, lo que significa que la reserva no está inactiva: genera rendimiento mientras se mantiene. Esa es la esencia del argumento de Chalom.
Los tres argumentos de Chalom a favor de Ethereum
La tesis de Chalom descansa sobre tres pilares que, combinados, ofrecen una imagen más completa que por separado.
Ether es productivo. Al hacer staking —bloquear los tokens para validar la red a cambio de recompensas— se obtiene un rendimiento nativo de de aproximadamente el 3% anual. Para un tesorero acostumbrado a que sus reservas generen algún tipo de ingreso, un activo que paga por mantenerlo es de otra categoría. Bitcoin, en cambio, solo permanece en balance esperando a que su precio suba.
Ethereum es la capa de liquidación de la tokenización. Las stablecoins, los bonos del Tesoro tokenizados y la mayor parte de las finanzas descentralizadas (DeFI) se liquidan sobre Ethereum. Poseer ether es, en cierta forma, ser dueño de una porción de la infraestructura sobre la que se construye la ola de activos digitales que el propio Chalom ayudó a conectar con BlackRock.
El staking y las tesorerías reducen la oferta líquida. A medida que empresas como SharpLink bloquean sus ether para validar la red, el suministro libremente negociable se reduce. A diferencia de Bitcoin, cuya escasez proviene de un tope fijo en el código, Ethereum ve cómo grandes cantidades de monedas salen de circulación de forma activa, lo que puede presionar el precio al alza si la demanda se mantiene o crece.
El contraargumento: por qué Bitcoin sigue siendo el rey de la simplicidad
Los partidarios de Bitcoin no creen que Chalom esté equivocado por casualidad. Sostienen, precisamente, que el ether sacrifica las cualidades que hacen de un activo de reserva algo valioso. Bitcoin no genera rendimiento, pero tampoco requiere gestionar validadores, asumir riesgos de contratos inteligentes ni lidiar con cambios en la política monetaria. Su oferta es fija y neutral, justo lo que busca un tesorero cuando elige un activo para mantenerlo intacto durante años.
«Productivo» tiene dos caras. El 3% de retorno por staking es real, pero viene acompañado de complejidad técnica, posibles penalizaciones si el validador falla y un marco regulatorio aún en evolución. Cada punto de rentabilidad supone asumir riesgos que Bitcoin no tiene. Además, la oferta de ETH no está fijada en piedra, lo que debilita parte del argumento de la escasez.
La decisión, por tanto, no es un veredicto, sino un equilibrio entre la simplicidad y la credibilidad de Bitcoin y la productividad y exposición al ecosistema que ofrece Ethereum. Profesionales informados pueden decantarse por cualquiera de los dos caminos sin que ello les quite la razón.
Qué significa este debate para el inversor en ether
Lo relevante ahora es que esta discusión ya no es académica. Las tesorerías corporativas se han convertido en una fuente real y recurrente de demanda tanto para BTC como para ETH, y la división entre ambos enfoques empieza a reflejarse en movimientos de capital. Chalom, con la credibilidad de quien ayudó a construir los productos institucionales más importantes del sector, es la voz principal que argumenta que esos flujos deberían inclinarse hacia Ethereum. Si su tesis gana adeptos, más balances seguirán el camino de SharpLink, el suministro apostado seguirá reduciéndose y la relación de valor entre ether y bitcoin podría cambiar estructuralmente.
Un activo que te paga por mantenerlo, que es la base de la tokenización institucional y que además ve cómo su oferta mengua con cada nuevo staker cambia las reglas del juego para cualquier tesorero.
El contraargumento de la simplicidad, sin embargo, es sólido. Si los gestores de tesorería priorizan la ausencia de riesgo operativo, Bitcoin mantendrá su posición como reserva corporativa por defecto. Por eso vale la pena observar los flujos de tesorería y el porcentaje de ether apostado durante los próximos meses; ahí se definirá, con dinero real, qué planteamiento convence más. El inversor que entienda ambos lados estará mejor posicionado para interpretar la rotación cuando empiece a reflejarse en los gráficos, más allá de fidelidades tribales.





