He analizado el nuevo código de ética del International Council of Museums (ICOM), adoptado a finales de junio de 2026 durante su 41.a Asamblea General Ordinaria en París. El texto, aprobado por más del 85% de los participantes, ha tardado más de siete años en gestarse. La última revisión databa de 2004. No es una actualización cosmética. El código redefine las obligaciones de los museos en materia de inteligencia artificial, sostenibilidad climática y descolonización de colecciones. Y eso tiene consecuencias directas para el inversor. Porque cuando un museo de primer orden no puede aceptar una donación o adquirir una obra con dudas de procedencia colonial o huella climática, la liquidez de ese activo se evapora.
El documento articula tres mandatos que deberían preocupar a cualquier family office con exposición a arte.
Los tres ejes que reescriben la valoración del arte
El primero es la regulación del uso de tecnologías digitales. El ICOM exige a museos y profesionales que utilicen herramientas de inteligencia artificial con prudencia, evaluando sus implicaciones éticas, su impacto medioambiental y su capacidad para difundir información falsa. La referencia a los derechos de propiedad intelectual, los derechos indígenas y la soberanía de los datos es inequívoca. Para un inversor, esto significa que las obras generadas mediante IA o catalogadas con sistemas opacos podrían sufrir descuentos en la oferta institucional.
En segundo lugar, el nuevo código sitúa la neutralidad climática en el centro de la práctica museística. Los museos deben adoptar estrategias para alcanzar la carbono neutralidad y reconocer el papel histórico de estas instituciones durante el proceso colonizador. Esto abre la puerta a que las adquisiciones futuras se evalúen también por su huella de carbono. Una escultura transportada en avión desde una feria en Miami hasta una institución europea podría, a partir de ahora, enfrentar un escrutinio mayor si no se compensa su impacto ambiental.
El tercer pilar es la restitución de objetos expoliados y la adquisición de obras procedentes de territorios ocupados. El texto es taxativo: los museos deben abstenerse de comprar piezas de territorios bajo ocupación militar. Esta disposición, que ha sido señalada como una respuesta directa al expolio ruso en Ucrania, eleva el riesgo reputacional para cualquier colección privada que no acredite la procedencia impecable de sus obras de zonas de conflicto.
Qué cambia en la ecuación de inversión: procedencia y transparencia
La combinación de estos tres mandatos transforma el mapa de riesgos del coleccionista. Hasta ahora, el mercado del arte había operado con un grado de opacidad considerable en lo relativo a la procedencia colonial y al uso de tecnologías digitales. A partir de 2026, los museos que sigan el código —y el 85% de la membresía del ICOM lo ha refrendado— aplicarán filtros más estrictos a la hora de aceptar donaciones, préstamos o adquisiciones.
Para el inversor, esto se traduce en una reducción de la liquidez potencial para aquellas obras con lagunas documentales. Una pintura del siglo XIX con un historial de propiedad incompleto durante el período colonial africano, o una instalación contemporánea que emplee algoritmos sin verificabilidad ética, podrían quedar excluidas de las colecciones institucionales. El mercado secundario tendrá que ajustar los precios a la baja para estos activos.
La transparencia en la procedencia colonial y el uso de la inteligencia artificial será el nuevo criterio de segmentación del mercado secundario del arte.
Una disciplina de mercado que llega tras décadas de autorregulación
El código del ICOM supone un punto de inflexión. Desde 1986, y especialmente desde la última reforma de 2004, el sector se había gobernado con estándares voluntarios y escasas consecuencias. Ahora, la nueva normativa internacional actúa como un potente mecanismo de reputación. Un museo que ignore estos principios corre el riesgo de ver mermada su capacidad para recibir fondos públicos o para participar en grandes eventos como la Bienal de Venecia o Documenta.
Los family offices que llevan una década acumulando obras sin una trazabilidad rigurosa deberían someter sus colecciones a una auditoría de procedencia. El coste de no hacerlo puede ser una corrección en la valoración de entre un 10% y un 30% en los próximos dos años, a medida que los museos apliquen los criterios del ICOM. La fecha a vigilar es la primera gran feria de arte con presencia institucional masiva en 2027. Ahí se comprobará si los comités de adquisiciones están aplicando el código de facto.
💎 Veredicto Wealth
El arte contemporáneo con procedencia impecable se consolida como activo de preservación de capital, pero los inversores deben desprenderse de piezas con dudas documentales antes de que el mercado las penalice. El horizonte de adaptación es de 12 a 18 meses: el tiempo que tardarán los grandes museos en aplicar el código.




