En junio, las tesorerías corporativas que atesoran bitcoines superaron su primera gran prueba de resistencia. No fue una prueba al alza, sino un test de estrés en el mercado de deuda digital que ellas mismas han creado.
Las empresas públicas con posiciones relevantes en la criptomoneda añadieron cerca de 7.300 bitcoins netos en el mes, pero la atención del mercado se centró en el violento tropiezo de las acciones preferentes que financian esas compras. Los títulos STRC, de Strategy —la compañía liderada por Michael Saylor—, y SATA, de Strive, se desplomaron por debajo de su valor nominal de 100 dólares, desatando una ola de ventas forzadas que recordó lo rápido que puede girar este nuevo ecosistema de crédito corporativo.
El modelo de deuda digital a prueba
Para entender lo que ocurrió conviene repasar cómo funciona este mecanismo, que apenas existía hace un par de años. Empresas como Strategy ya no dependen de su propia caja para acumular bitcoin. Emiten acciones preferentes —un híbrido entre deuda y capital que promete un dividendo fijo o variable a los inversores—, las venden cerca de los 100 dólares de valor nominal y destinan lo recaudado a comprar la criptomoneda.
Los dos grandes instrumentos de este mercado son STRC, la acción preferente de Strategy, y SATA, la de Strive. Durante meses cotizaron en una banda estrecha alrededor de la paridad, y los inversores las trataron como un refugio de rentabilidad predecible. Esa calma, sin embargo, incubó un riesgo: según los datos recopilados por BitcoinTreasuries.net, la prolongada estabilidad animó a muchos tenedores a apalancarse para amplificar el retorno. Cuando el precio de bitcoin cayó por debajo de los 60.000 dólares, esa deuda se convirtió en un detonante.
Las cifras del estrés
A partir del 18 de junio, STRC y SATA rompieron a la baja el umbral de los 100 dólares. Las llamadas de margen forzaron ventas, que empujaron los precios aún más abajo: STRC llegó a tocar 75 dólares y SATA se debilitó hasta los 97 dólares, en un efecto contagio que amplificó las caídas. El volumen de negociación combinado de ambos títulos superó los 10.000 millones de dólares en el mes, un récord para cada uno, y todo ello sin nuevas emisiones de acciones que engrosaran la oferta.
La recuperación fue rápida. Para el 2 de julio, STRC rondaba los 87 dólares y SATA los 97, acercándose a la paridad. Ni Strategy ni Strive dejaron de pagar sus dividendos en ningún momento. El informe de BitcoinTreasuries.net insiste en que fue una crisis de posicionamiento, no de solvencia: Strategy mantenía entonces 847.363 BTC, a un coste medio cercano a 75.651 dólares, y una reserva en efectivo de 1.100 millones de dólares. Strive, por su parte, contaba con una reserva de dividendos para dieciocho meses.
Las tesorerías corporativas no dejaron de comprar bitcoin mientras sus instrumentos de deuda se desplomaban: la máquina de crédito digital resistió su primera sacudida sin perder el pulso.
Un voto de confianza con matices
Mientras tanto, las compras netas de bitcoin continuaron. Strategy añadió 3.625 BTC netos y Strive 3.364 BTC, con un desembolso cercano a los 200 millones de dólares cada una. El resto de tesorerías públicas acumularon aproximadamente otros 2.000 bitcoins. En total, el sector sumó unos 7.300 BTC netos, equivalentes a unos 427 millones de dólares a precios de cierre de junio.
Strategy, además, no se quedó de brazos cruzados. Ejecutó recompras de sus propios títulos de crédito digital y de acciones, elevó los dividendos de STRC y reforzó su colchón de liquidez. El objetivo era estabilizar los precios sin dejar de comprar bitcoin. Saylor describió la maniobra como un equilibrio entre el compromiso con la criptomoneda y la “liquidez, disciplina y gestión activa del capital” que exige la estrategia de deuda.
El pulso del mercado lo dio una encuesta entre lectores de BitcoinTreasuries.net, un sondeo poco científico pero revelador. El 52% no consideró la caída un problema grave, la mayoría mantuvo sus posiciones y, de hecho, otro 52% aprovechó para comprar STRC o SATA después del 18 de junio. Sin embargo, tres de cada cuatro encuestados esperan que los vaivenes se repitan, y nadie da por superado el riesgo. Mirando hacia delante, el 77,8% prevé que la oferta de crédito digital crezca de aquí a finales de 2027, y una quinta parte del panel cree que moverá más de 50.000 millones de dólares.
La deuda corporativa bitcoin ha pasado con éxito su primer test de fuego, pero el examen no ha hecho más que empezar. Los instrumentos que un día parecían refugios predecibles han demostrado que pueden tambalearse con fuerza. La pregunta no es si habrá nuevos sobresaltos —el mercado ya los descuenta—, sino si las tesorerías sabrán gestionarlos sin romper la confianza en un modelo que todavía está aprendiendo a caminar.




