Granadilla (Cáceres): el tesoro histórico recuperado del embalse

Granadilla, la villa amurallada, emerge entre la dehesa como un espejismo de piedra junto al embalse Gabriel y Galán. Un programa de reconstrucción y los estudiantes que cultivan sus huertos cada verano han devuelto la vida a la villa que casi se perdió bajo las zarzas.

La carretera que conduce a Granadilla serpentea entre encinas y matorrales de tomillo, con una velocidad máxima de treinta kilómetros por hora que obliga a saborear cada recodo. El asfalto se estrecha hasta convertirse en una pista de tierra rojiza y, tras un último repecho, el embalse Gabriel y Galán se abre paso como un espejo de plata. Allí, en un promontorio que se adentra en el agua, se yergue el castillo de la villa, recortado contra un cielo limpio del norte extremeño. Las almenas del siglo XV parecen desafiar a las olas que nunca llegaron a lamar sus cimientos. Tras la muralla asoman las fachadas de colores —amarillo, azul, rosa—, ordenadas en calles que las zarzas estuvieron a punto de borrar. Una campana de hierro guarda silencio en la entrada; antaño anunciaba el toque de queda y ahora solo tañe para recordar a los visitantes que el pueblo cierra sus puertas al caer la tarde.

Fundada por los musulmanes en el siglo IX y reconquistada por el rey Fernando II de León en 1160, esta villa amurallada prosperó durante siglos en la comarca de Tierras de Granadilla, al norte de Cáceres y casi lindando con Salamanca. Su trazado, según explican las guías locales, reproduce la forma del fruto de la granada, origen de su primer nombre: Granada. Para evitar confusiones con la ciudad andaluza, pasó a llamarse Granadilla. Todo cambió en 1964, cuando el régimen franquista la desalojó por completo para dar paso al embalse Gabriel y Galán, una obra hidráulica que sepultó sus tierras fértiles pero que nunca llegó a anegar los muros. El poeta salmantino que da nombre al pantano ya había cantado a estas tierras en versos de recio temperamento castellano, y su casa museo, en el vecino Guijo de Granadilla, conserva el eco de aquella memoria.

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El desalojo que nunca inundó el pueblo

«¡Ni una silla debe quedar!»

Esa fue la orden que, según recuerdan los últimos vecinos, gritó el ingeniero jefe de la Confederación Hidrográfica del Tajo —o acaso la Guardia Civil— durante la expropiación forzosa de 1964. La consigna era tajante: el pueblo debía vaciarse por completo porque se temía que el agua alcanzara la muralla. El embalse se llenó, pero el nivel se quedó a unos metros por debajo de las casas. Las tierras que daban sustento a la población sí quedaron sumergidas; las generaciones que se marcharon jamás pudieron regresar. La carretera que antes unía la comarca se partió en mil pedazos, y los huertos se convirtieron en legamo.

En los años siguientes, la naturaleza reclamó lo que el hombre abandonaba. Rafael Seturio Hernández, vecino de Aldeanueva del Camino, recuerda cómo el manto de zarzas lo cubría todo: «Cuando el pueblo estaba abandonado veníamos a veces a visitarlo y entrábamos con raquetas en los pies para poder caminar sobre las zarzas que lo cubrían todo». Las ortigas y los jaramagos trepaban por las tapias, y el silencio solo se rompía con el viento que silbaba entre las ruinas. Nadie apostaba entonces por este enclave desolado.

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De la medina islámica a la villa cristiana

La historia de Granadilla arranca mucho antes del embalse. Los musulmanes fundaron en el siglo IX una medina fortificada sobre un cerro estratégico desde el que se dominaba el valle del Alagón, afluente del Tajo. Aquella muralla primera, de tapial y mampostería, sería reforzada tras la Reconquista en 1160 por el rey Fernando II de León, que otorgó a la población el nombre de Granada, aludiendo a la disposición de sus calles, que dibujaban la silueta del fruto. Siglos más tarde, para no confundirla con la Granada andaluza, la villa adoptó el diminutivo Granadilla.

El castillo que hoy corona el acceso data del siglo XV y es uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura defensiva bajomedieval en la zona. Su planta poligonal, con torreones y una imponente puerta en arco de medio punto, habla de la necesidad de protegerse de las incursiones fronterizas. Intramuros, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida en el siglo XVI, recuerda las costumbres religiosas que marcaban el ritmo diario: la misa dominical, las procesiones y el bullicio en la plaza empedrada. Todavía se puede imaginar a los vecinos sentados en los poyos de piedra intercambiando noticias después del oficio.

La resurrección: Conjunto Histórico-Artístico y estudiantes

La salvación llegó en 1980, cuando Granadilla fue declarada Conjunto Histórico Artístico. Cuatro años más tarde, el Ministerio de Cultura la incorporó al Programa de Reconstrucción de Pueblos Abandonados, una iniciativa que solo comparten otros dos municipios españoles: Búbal (Huesca) y Umbralejo (Guadalajara). Con ese impulso, las administraciones fueron rescatando casas, calles y murallas, devolviéndole a la villa un aspecto que, sin ser una recreación artificial, respiraba autenticidad.

Desde entonces, cada verano, cientos de estudiantes de toda España se alojan intramuros durante quince días para aprender las tareas del campo: cultivar huertos, cuidar animales y restaurar muros. Al despuntar el sol, los jóvenes se reparten en cuadrillas que remueven la tierra, podan frutales y levantan tapiales. Al mediodía, el olor a guiso de patatas y a pan recién horneado se cuela por las rendijas de las casas recuperadas. «Aquí aprenden lo que es el campo de verdad», comenta Noelia Parra Jiménez, gerente de la web turística Granadilla Viva. La experiencia convierte a la villa en un aula viva donde se transmite el oficio agrícola a las nuevas generaciones, y los chavales se llevan a casa un conocimiento que difícilmente encontrarían en los libros.

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Calles de colores y una campana con memoria

Hoy, el visitante que cruza la puerta principal se encuentra con una postal inesperada: fachadas encaladas en amarillo, azul, rosa y blanco se alinean a lo largo de la calle Mayor, rehabilitada con esmero. Las piedras centenarias se mezclan con los huertos verdes que cultivan los estudiantes, y el rumor del embalse acompaña el paseo. En algunas esquinas, carteles cerámicos recuerdan el nombre de antiguas calles —calle de la Tahona, calle del Horno— que ya no llevan a ningún oficio salvo a la imaginación.

Justo en la entrada, cuelga la campana que antaño gobernaba la vida del pueblo. Cuando regía el toque de queda, se hacía sonar antes de las diez de la noche para que todos estuvieran intramuros; quien quedaba fuera dormía en algún chozo de pastores. La misma campana, hoy, marca el horario de cierre de la villa. La encargada de la oficina de turismo lo resume: «La campana solo tañe para avisar que se cierra la puerta». Su tintineo, que resuena entre la mampostería y el agua, es la única banda sonora de este lugar que ha sobrevivido al olvido.

El embalse Gabriel y Galán: baños, piraguas y un poeta

A las afueras del recinto amurallado, el paisaje se dilata en un horizonte de encinas, eucaliptos y olivos que enmarcan las aguas tranquilas del embalse. Las zonas de baño, repartidas por los brazos del pantano, se llenan de familias en los meses cálidos. Seturio Hernández lo describe con afecto: «Aquí es todo bonito y además la temperatura se mantiene bien durante todo el año: no hace mucho calor en verano ni mucho frío en invierno. Vienes a pasar el día porque el entorno es perfecto y si te traes la canoa puedes pescar, bañarte y merendar». Las piraguas surcan el espejo de agua y, con suerte, se puede ver alguna garza real entre los juncos.

Conviene, sin embargo, seguir las advertencias de los conocedores. Noelia Parra Jiménez incide en la prudencia: «No deja de ser un embalse y siempre hay dificultades del terreno que no vemos por el agua». A pesar de ello, los merenderos sombreados por fresnos invitan al pícnic después del chapuzón, y es frecuente que los lugareños monten sus barbacoas junto a la orilla.

El pantano debe su nombre al poeta salmantino José María Gabriel y Galán, y en el vecino pueblo de Guijo de Granadilla se conserva la casa-museo que le rinde homenaje. Juan José Barrios Sánchez, responsable de la casa museo, recuerda que la idea de construir un embalse en esta zona «ya se mencionaba en documentos del gobierno de 1934 durante la II República Española», lo que evidencia que el proyecto flotaba en el aire mucho antes de la expropiación. La propia obra de Gabriel y Galán, con poemas como «El embargo» o «A la Virgen de la Peña de Francia», recoge el sentir profundo de una tierra que ya entonces temía perder su identidad.

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Ruinas romanas de Cáparra y el puente sumergido

La comarca guarda otras joyas más antiguas. A escasos kilómetros, las ruinas de la ciudad romana de Cáparra muestran los restos de un foro, termas y un arco cuadrifronte que hablan de la importancia de este enclave en la Vía de la Plata. Las excavaciones han sacado a la luz lápidas con inscripciones latinas y un entramado de calles que nos devuelven a la Hispania del siglo I d.C. Muy cerca, dentro del propio embalse, emerge un puente romano que se niega a desaparecer, con sus arcos medio sumergidos testimoniando una ingeniería que ha resistido dos mil años de crecidas y sequías. Es una imagen tan sobrecogedora como bella: un pedazo de Roma navegando sobre las aguas del pantano.

Lo práctico para la escapada

La villa amurallada permanece abierta al público todos los días salvo los lunes —excepto festivos—. De abril a octubre el horario se amplía de 10 a 13:30 y de 16 a 20 horas; de noviembre a marzo, la tarde se acorta hasta las 18. Para llegar, la referencia más cercana es la localidad de Aldeanueva del Camino, a la que se accede por la A-66; desde allí, una pista asfaltada conduce en dirección al embalse. Para comer, lo más recomendable es acercarse a Zarza de Granadilla, a tan solo diez minutos en coche. Allí varios establecimientos ofrecen menús con productos de la tierra a precios asequibles —migas extremeñas, caldereta de cordero o un buen queso de oveja—, una opción estupenda antes de regresar a explorar la muralla al atardecer.

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La vista que todo lo explica

Subir a la torre del castillo es el colofón obligado de la visita. Desde lo alto, la mirada abarca la sinfonía de verdes de la dehesa, las encinas que puntean las lomas, el azul sereno del pantano y los retazos de piedra de las casas aún sin rehabilitar que aguardan su turno. Abajo, en la plaza, apenas se oye el murmullo de algún visitante rezagado. Granadilla no es solo un pueblo rescatado de las aguas: es la prueba de que la memoria y la tenacidad pueden más que el hormigón. Aquí, donde una vez se creyó que todo desaparecería, la vida ha vuelto a echar raíces tan firmes como las encinas que bordean el embalse. Y quizá, cuando la campana taña de nuevo, algún joven estudiante mire hacia el pantano y sienta que forma parte de una historia que merece seguir contándose.


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