La paradoja es dura: Rusia, la autodenominada “gasolinera del mundo”, se ve obligada a importar combustible. Hoy, 30 de junio de 2026, el Kremlin ha confirmado por primera vez que negocia con otros países la compra de gasolina y diésel a precios “razonables” para hacer frente a la escasez interna provocada por los reiterados ataques ucranianos contra sus infraestructuras de refinado. He seguido con atención la evolución de los hechos y lo que me encuentro es una crisis energética que, hasta ahora, Moscú había negado sistemáticamente.
La situación sobre el terreno es alarmante. Las colas en las gasolineras, que comenzaron en mayo en Crimea, se han extendido a Moscú, a regiones petroleras de Siberia y hasta Vladivostok, en el Pacífico. En la península anexionada, las autoridades han suspendido la venta de combustible a particulares y han racionado el transporte público. Ayer, 29 de junio, en Sebastopol se vendió gasolina a 189 rublos el litro, unos 2,1 euros, casi el triple del precio habitual. En la capital rusa, donde el precio oficial ronda los 64 rublos por litro de gasolina de 92 octanos, las petroleras han impuesto restricciones sin orden gubernamental: en Gazprom Neft el límite es de 30 litros por repostaje, y en Lukoil basta con 20 o 30 según la estación. Incluso se han visto filas de hasta 30 coches al final de la jornada laboral.
La crisis del combustible se extiende desde Crimea hasta Vladivostok
La geografía de la escasez no deja lugar a dudas sobre la gravedad del problema. Más allá de las imágenes de colas en Moscú, regiones como Janti‑Mansi y Tiumén —líderes en producción de crudo— o el krai de Primorie, a orillas del Pacífico, aplican racionamientos. El gobierno de Primorie limitó el lunes la compra de combustible para camiones pesados a 100 litros en ciudad y 200 en carretera, mientras que el gobernador de Oriol propuso esta semana un sistema de rotación por matrícula para repostar. Paralelamente, las petroleras rusas ya operan con restricciones “voluntarias” que recuerdan a un racionamiento informal.
El origen de este colapso no es una crisis financiera ni un embargo: son los drones ucranianos. Kiev ha intensificado en los últimos meses los ataques contra refinerías, depósitos de petróleo y rutas logísticas, con el objetivo explícito de asfixiar la maquinaria bélica de Moscú. La estrategia ha funcionado. El domingo 28 de junio, el presidente Vladimir Putin reconoció en una reunión con su gabinete que esas incursiones eran las causantes de la escasez, aunque aseguró que Rusia estaba “haciendo frente” a la situación.
“Si se alcanzan acuerdos a precios razonables, esto sí se llevará a cabo.” — Dimitri Peskov, portavoz de la Presidencia rusa, en rueda de prensa del 30 de junio de 2026.
Moscú admite la necesidad de importar gasolina y toma medidas
La confesión de Peskov representa un giro de 180 grados en el discurso oficial. Hace solo una semana, el viceprimer ministro Alexánder Nóvak aseguraba que el combustible para el mercado interno era “suficiente”. Ahora, el Kremlin admite contactos con otros países para importar derivados del petróleo, sin especificar cuáles “por razones obvias”. Lo que sí se sabe es que Bielorrusia, socio estratégico de Rusia, ya ha incrementado los envíos de queroseno: en mayo exportó más de 5.000 toneladas, casi cuatro veces más que en el mismo mes del año anterior. Además, la Duma ha aprobado enmiendas fiscales para incentivar las importaciones desde los países de la Unión Económica Euroasiática, y el gobierno ha reducido la venta obligatoria de gasolina en bolsa del 15% al 10%, manteniendo la prohibición de exportar combustible.
¿Qué hay detrás de esta crisis y cuál es el riesgo para el mercado petrolero?
Lo que observo como analista es un círculo vicioso con implicaciones que trascienden a Rusia. Primero, los ataques ucranianos están degradando una capacidad de refinado que Rusia necesita no solo para abastecer a su inmenso territorio, sino para mantener su influencia exportadora. Si Moscú se convierte en importador neto de gasolina, la presión alcista sobre los precios de los combustibles en los mercados al contado puede ser significativa, sobre todo en una Europa que, pese a las sanciones, todavía depende de los flujos indirectos de productos refinados rusos. En paralelo, la crisis desmiente el mito de la autosuficiencia energética rusa, justo cuando el Kremlin intenta proyectar fortaleza ante el G7. El verdadero aviso no es que Rusia esté negociando importaciones: es que sus infraestructuras críticas son más vulnerables de lo que se creía, y cada dron ucraniano que alcanza una refinería suma presión a un mercado global de por sí tenso.
Además, el mercado está atento a la posible relajación de los estándares de calidad que ha adelantado Kommersant: permitir la producción de gasolina y diésel de estándar K4, prohibido desde 2013, aliviaría temporalmente el déficit, pero dañaría la reputación de los refinados rusos. Mientras tanto, la cotización del Brent ronda los 85 dólares por barril, y cualquier interrupción adicional en la oferta rusa de productos podría empujarla hacia los 90 dólares, encareciendo el crudo que España importa de otros proveedores.
🌍 El impacto en España y Europa
Europa no es ajena a este desabastecimiento. Aunque las sanciones bloquean la compra directa de crudo y derivados rusos desde 2023, el hueco dejado por las exportaciones rusas en los mercados internacionales eleva los precios globales del diésel y la gasolina. Para España, importador neto de productos refinados, esto se traduce en un encarecimiento del combustible en el surtidor, que ya sufre la estacionalidad veraniega. El Euríbor, en cambio, no se ve afectado directamente; la relación se canaliza a través de la inflación: si los precios de la energía suben de manera persistente, el BCE podría retrasar los recortes de tipos que el mercado descuenta para septiembre, castigando a las hipotecas variables. En paralelo, las empresas españolas con exposición al transporte y la logística —desde navieras hasta flotas de distribución— verán aumentar sus costes operativos, lo que podría erosionar los márgenes en un año de crecimiento modesto en la eurozona.




