Goldman Sachs ha puesto el foco sobre una paradoja que marcará el mercado petrolero en 2027: la intensa carrera por reconstruir los inventarios mundiales de crudo, que muchos analistas consideraban el gran antídoto para equilibrar la balanza, no será suficiente para absorber el exceso de oferta que se avecina. El banco de inversión estadounidense acaba de publicar un informe en el que advierte de que, a pesar de las compras masivas de barriles destinadas a reponer las reservas estratégicas agotadas, el superávit será inevitable.
El detonante de esta situación hay que buscarlo en la crisis del estrecho de Ormuz. Hace apenas unos meses, en marzo de 2026, los ataques hutíes y las tensiones entre Irán e Israel bloquearon de facto el paso de una quinta parte del tráfico marítimo mundial de petróleo. Millones de barriles diarios de crudo y productos refinados quedaron atrapados en el golfo Pérsico, obligando a los gobiernos occidentales a liberar sus reservas estratégicas a un ritmo sin precedentes. El resultado fue un drenaje que ha llevado los inventarios comerciales y públicos a mínimos de varias décadas.
El nivel de las reservas estratégicas de Estados Unidos cayó a su cota más baja desde 1984, mientras que las existencias de la OCDE apenas cubren 57 días de consumo futuro, una cifra que no se veía desde principios de los años noventa. Tanto la Agencia Internacional de la Energía como los grandes operadores han insistido en que la reposición de estos almacenes absorbería una porción significativa del suministro extra, pero el análisis de Goldman Sachs rebate esa tesis con contundencia.
El agujero de los inventarios: una herida que cicatriza demasiado rápido
Para entender el escepticismo de la entidad neoyorquina conviene repasar la velocidad con la que se está recomponiendo el flujo de petróleo. Las navieras están reanudando paulatinamente el tránsito por Ormuz a medida que las garantías de seguridad se consolidan. Las primas de riesgo que encarecían los fletes se disipan y, con ellas, la principal barrera que mantenía artificialmente altos los diferenciales entre el crudo del Golfo y el Brent o el WTI. En otras palabras, la prima geopolítica que venía sosteniendo los precios se está evaporando.
Goldman Sachs estima que, para cuando los inventarios recuperen sus niveles medios históricos —algo que, según sus cálculos, ocurrirá en el segundo trimestre de 2027—, el mercado ya estará recibiendo un volumen adicional de oferta que hará imposible cualquier equilibrio. Y ese volumen extra procede de dos fuentes: la producción que regresa a los mercados desde Oriente Medio gracias a la normalización de las rutas marítimas y el crecimiento imparable de la oferta no OPEP, especialmente de Estados Unidos, Brasil y Guyana.
El banco no fija un precio objetivo en su último documento, pero las cuentas —reconocen sus economistas— apuntan a que la sobreproducción podría alcanzar los 1,5 millones de barriles diarios hacia mediados del próximo año, una cifra que evoca los peores momentos del colapso de 2020.
La reconstrucción de inventarios no es la salvación del mercado; el superávit estructural de 2027 llegará con o sin compras estratégicas de crudo.
Goldman Sachs y el ‘efecto Ormuz’: las aristas de un superávit imparable
El informe de Goldman Sachs dedica un capítulo entero a desmontar la idea de que el rellenado de las reservas funcionará como un amortiguador suficiente. Lo explica con claridad: incluso si los países consumidores aprietan el acelerador de las compras —algo que ya están haciendo China y las economías asiáticas—, el ritmo de reposición máximo se sitúa entre 0,8 y 1,2 millones de barriles diarios adicionales de demanda temporal. Sin embargo, la oferta excedente a la que se enfrenta el mercado en 2027 podría superar con creces ese umbral.
La pieza clave es la reapertura de Ormuz. Los analistas del banco de inversión recuerdan que antes del bloqueo, la región del Golfo exportaba alrededor de 18 millones de barriles diarios. Durante la crisis, ese flujo se redujo en casi un tercio, pero ahora se normaliza a una velocidad superior a la anticipada. “El mercado está descontando la vuelta a la normalidad demasiado rápido”, apunta el texto, en un tono que delata cierta preocupación.

Mientras tanto, en el otro extremo del tablero, la oferta de esquisto estadounidense sigue creciendo y los nuevos proyectos en aguas profundas de Brasil y Guyana añaden cientos de miles de barriles diarios sin señales de agotamiento. La OPEP+, por su parte, se enfrenta a uno de sus dilemas más difíciles: si no profundiza los recortes, corre el riesgo de que el crudo caiga por debajo de los 50 dólares por barril; si los endurece, perderá cuota de mercado frente a los productores ajenos al cártel.
¿Qué significa este excedente para los precios y la geopolítica?
Desde una perspectiva puramente de mercado, la señal es bajista. El Brent de diciembre de 2027 cotiza ya con un descuento del 6% respecto a los contratos de enero de 2028, lo que refleja la expectativa de que el barril tocará mínimos dentro de dieciocho meses. Los analistas de varias firmas han empezado a recortar sus estimaciones de precio, y la horquilla más repetida en los despachos de Londres y Nueva York coloca el Brent entre 45 y 55 dólares para el próximo verano.
Pero la lectura va más allá de un simple número en una pantalla. Un barril a 50 dólares haría inviables muchos de los proyectos de nuevas energías que las propias petroleras han anunciado como su apuesta de transición. La tensión entre la necesidad de invertir en descarbonización y la realidad de unos márgenes de explotación cada vez más estrechos es una contradicción que ninguna gran ‘utility’ europea ha resuelto aún de forma convincente.
Además, un entorno de precios bajos debilitaría sensiblemente a los países cuyos presupuestos nacionales dependen de un crudo por encima de los 80 dólares. Arabia Saudí, Irak e incluso Rusia —ya castigada por sanciones— verían resentidas sus cuentas públicas, lo que añade un peligroso factor de inestabilidad geopolítica justo cuando la atención del mundo está puesta en Oriente Medio. Si la OPEP+ decide defender el precio a toda costa, sacrificando producción, podría ceder el control del mercado a Estados Unidos y Brasil. Y si no lo hace, el barril podría hundirse aún más.
Goldman Sachs no se atreve a pronosticar cuál será la decisión final de Riad, pero deja una advertencia: “La historia enseña que los ciclos de sobreproducción no se corrigen con compras tácticas de inventarios, sino con dolorosos ajustes de la oferta que suelen llegar demasiado tarde”. Una frase que, leída desde Europa, debería encender las alarmas de quienes confían en una transición energética suave y ordenada financiada con los elevados márgenes actuales.




