La Autoridad Bancaria Europea (EBA) ha decidido no modificar los bonos contingentes convertibles —los CoCos o AT1— tras tres años de estudio, según publica este lunes Expansión. El supervisor europeo concluye que cualquier reforma provocaría un agujero de capital de 20.200 millones de euros y dejaría a 56 entidades por debajo de los requisitos de solvencia, por lo que opta por mantener las actuales reglas.
El colapso de Credit Suisse y la tormenta regulatoria
El debate mundial se desató tras la caída de Credit Suisse en 2023. Los CoCos, diseñados para absorber pérdidas y evitar el colapso, demostraron sus limitaciones: no frenaron la crisis y sus tenedores asumieron pérdidas antes que los accionistas, lo contrario de lo previsto. La EBA puso entonces sobre la mesa todas las opciones posibles, desde la eliminación radical hasta un rediseño completo.
«No existen soluciones sencillas para modificar el papel de los CoCos, porque se producirían efectos importantes y desequilibrados que podrían distorsionar los bien consolidados mercados de estos bonos en la UE», señala el supervisor europeo en su informe sobre la simplificación de la regulación bancaria.
Tres alternativas, ninguna satisfactoria
La primera alternativa, la más disruptiva, era eliminar los CoCos y obligar a los bancos a cubrir ese colchón con capital de máxima calidad (CET1). El resultado: un déficit milmillonario que afectaría en mayor medida a los gigantes sistémicos. De los siete grandes de la UE (Santander, BNP Paribas, Deutsche Bank, Crédit Agricole, ING, BPCE y Société Générale), cuatro necesitarían levantar 16.600 millones de euros —el 82% del desfase total— para cumplir con los ratios regulatorios.
La EBA también advierte del riesgo de perturbar «un mercado europeo maduro, en el que estos instrumentos proporcionan a las entidades una fuente fiable de financiación para la absorción de pérdidas y se han convertido en una clase de activos altamente estandarizada respaldada por una base de inversores especializada».
La segunda opción, una muerte escalonada de los CoCos, provocaría un efecto parecido, solo que con más tiempo para remediarlo. La tercera, retocar sus características —ampliar la fecha de rescate a diez años, elevar el nivel de capital que los activa, exigir conversión en acciones o cambiar el régimen de cupones— tampoco convenció. Algunas de esas propuestas contravenían directamente la normativa de Basilea, lo que las hacía inviables.
Eliminar los CoCos habría dejado un agujero de 20.200 millones y a 56 bancos por debajo de los requisitos de solvencia.
Por qué la EBA prefiere convivir con las imperfecciones de los CoCos
Europa ha optado por el pragmatismo. Aunque los CoCos mostraron grietas en 2023, el coste de eliminarlos o transformarlos es tan alto que los supervisores asumen sus limitaciones actuales. La decisión cierra un debate de tres años que ha tenido eco global, pero deja claro que no hay atajos: cualquier modificación que reduzca la emisión de AT1 elevaría la presión sobre el capital de los bancos justo cuando el crédito empieza a dar señales de fatiga.
El contraste con Australia es ilustrativo. Allí se ha tomado la decisión radical de abolir los CoCos, con una eliminación progresiva que empezará el 1 de enero de 2027. La EBA, en cambio, ha tirado la toalla porque los efectos secundarios —un sistema con 56 entidades descapitalizadas y un mercado de 250.000 millones en juego— superan con creces los beneficios de un diseño más limpio.
Creo que la EBA acierta en no precipitarse. Unos CoCos imperfectos pero con un mercado profundo y una base inversora estable son preferibles a destrozar la arquitectura de capital en un momento incierto. Ahora bien, esta decisión no elimina el problema de fondo: los AT1 seguirán siendo instrumentos complejos cuyo comportamiento en la próxima crisis es difícil de predecir. El supervisor lo sabe, y por eso ha dejado la puerta abierta a futuras revisiones si las condiciones cambian. Los inversores harían bien en no bajar la guardia.




