Los países bálticos dudan del compromiso de EE.UU. en la OTAN y aceleran su gasto en defensa

La ambigüedad de Washington empuja a Estonia, Letonia y Lituania a acelerar sus presupuestos militares, con Polonia como motor, mientras se prepara una cumbre clave en Vilna.

He analizado el clima de seguridad que se respira en el flanco oriental de la OTAN y lo que encuentro es una desconfianza cada vez más profunda hacia la garantía de defensa de Estados Unidos. La retórica de la Administración Trump ha calado lo suficiente como para que Polonia y los tres Estados bálticos se pregunten abiertamente si Washington acudiría en su ayuda en caso de una agresión rusa.

La pregunta que nadie quiere contestar

El episodio más ilustrativo ocurrió a mediados de mayo en Tallín. El subsecretario de Estado adjunto, Thomas DiNanno, fue interpelado sin rodeos: ¿lucharían las tropas estadounidenses si Rusia invadía Estonia, Letonia o Lituania? Su respuesta, errática y llena de rodeos, no incluyó la palabra «sí». Esa omisión, que The Guardian ha destapado en su edición del 27 de junio, ha llevado la ansiedad estratégica a niveles que no se veían desde 2014.

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«El subsecretario de Estado adjunto de EE.UU., Thomas DiNanno, dio una respuesta errante. No incluyó la palabra “sí”.» — The Guardian, 27 de junio de 2026

Un gasto militar que se acelera

La incertidumbre no es abstracta. Se traduce en presupuestos. Los países bálticos ya invierten en defensa una proporción de su PIB muy superior al objetivo del 2 % que fijó la OTAN:

  • Estonia destina el 3,43 % de su PIB y acaba de aprobar un plan para alcanzar el 5 % en 2030.
  • Letonia ronda el 3,15 % y acelera la compra de sistemas antimisiles HIMARS.
  • Lituania supera el 3 % y ha creado una brigada permanente con Alemania en su territorio.
  • Polonia, el motor militar de la región, ya dedica más del 4 % del PIB y presiona para que la Alianza eleve la meta oficial al 3 % en la cumbre de Vilna.

Todos ellos están adelantando adquisiciones y blindando sus fronteras con un sentido de urgencia que, admiten con discreción, no existiría si confiaran plenamente en el paraguas nuclear y convencional de Washington.

El factor EE.UU. y el riesgo de fragmentación de la OTAN

Lo que subyace a estas dudas es un cambio estructural en la política de seguridad europea. Por primera vez desde la fundación de la Alianza Atlántica, un presidente estadounidense ha insinuado que no se activaría el Artículo 5 del Tratado de Washington si un aliado no invierte lo suficiente en defensa. Aunque el Congreso de EE.UU. aprobó en 2024 una ley que impide la retirada unilateral de la OTAN, la dinámica que introdujo Trump en el terreno político es difícil de revertir: las repúblicas bálticas escuchan esas declaraciones y ya no las interpretan como una simple táctica negociadora.

En Tallín, Riga y Vilna, los debates en los parlamentos nacionales se centran ahora en cómo financiar una defensa disuasoria sin depender de la capacidad de reacción rápida estadounidense. Esa deuda, además, puede generar roces con Bruselas. Un gasto público en defensa creciente choca con las vigentes reglas fiscales europeas y obliga a la Comisión a plantear exenciones que, de no diseñarse con cuidado, podrían reabrir tensiones entre los socios del norte y del sur de la eurozona.

🌍 El impacto en España y Europa

La carrera de rearme del Báltico no es en absoluto ajena a España. La presión para que la OTAN eleve el objetivo de gasto al 3 % del PIB —impulsada ahora por Polonia y los bálticos— pondría a Madrid en una posición delicada: España apenas roza el 1,2 % y figura entre los países más rezagados de la Alianza. Un compromiso formal en ese sentido obligaría a renegociar las partidas presupuestarias nacionales en un entorno de déficit público aún elevado, con el consiguiente impacto en la prima de riesgo y, por tanto, en el Euríbor, si los mercados perciben desviaciones adicionales de la senda fiscal.

Además, la fragmentación de la cohesión transatlántica implicaría un encarecimiento de la seguridad colectiva que los países mediterráneos tendrían que asumir mediante contribuciones —ya sea en forma de mayor gasto nacional o de nuevos instrumentos de deuda conjunta europea—, un debate que ya se abre paso en Bruselas. La próxima cumbre de Vilna será la primera prueba de fuego para calibrar cuánto ha cambiado la arquitectura de defensa que ha sostenido la paz en Europa desde 1949.


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