James Webb detecta cometa interestelar de 12.000 millones de años, más viejo que el Sol

El análisis de las firmas de deuterio y carbono en el cometa 3I/ATLAS revela una antigüedad que supera la del sistema solar. El estudio, publicado en Nature, reescribe lo que se sabía sobre la formación de estos objetos helados.

Hace 12.000 millones de años, el Sol no existía. Ni la Tierra, ni el sistema solar. Pero en la periferia de una galaxia joven, un pequeño cuerpo helado empezaba a condensarse. Hoy, ese viajero ha llegado hasta nosotros. El telescopio espacial James Webb acaba de determinar que el cometa interestelar 3I/ATLAS se formó entre 10.000 y 12.000 millones de años atrás, una antigüedad que supera en más del doble a nuestro Sol.

La firma química que delata su origen

La pista definitiva llegó en diciembre de 2025, cuando el cometa se alejaba del Sol y su antiguo hielo se calentaba lo suficiente como para transformarse en una nube brillante de gas. El instrumento NIRSpec del Webb captó entonces algo inesperado: niveles de deuterio, el isótopo pesado del hidrógeno, 30 veces superiores a los que se observan en los cometas nacidos en nuestro sistema solar.

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Esa proporción es la huella dactilar de un entorno extremadamente frío y estable. Para que un cometa preserve tanto deuterio, tiene que haberse formado muy pronto en la historia de la galaxia, cuando el espacio interestelar era mucho más gélido y la radiación de generaciones posteriores de estrellas aún no había alterado su composición. El equipo liderado por Martin Cordiner, del Centro Goddard de la NASA, lo confirma en un estudio publicado esta semana en Nature: «Tuvimos una oportunidad única de estudiar un objeto antiguo procedente de una galaxia lejana, probablemente anterior a nuestro Sol».

Pero el deuterio no era el único indicio. Los investigadores también detectaron cantidades ínfimas de carbono-13 en comparación con el carbono-12, un patrón asociado a orígenes cósmicos muy primitivos. En el universo, el carbono-13 se va acumulando a medida que las generaciones estelares se suceden; un valor tan bajo sitúa la formación de 3I/ATLAS en una época en la que apenas había habido tiempo para enriquecer el medio interestelar con isótopos pesados. El cometa, literalmente, no tiene edad para haber acumulado carbono-13.

Un viajero de los albores del cosmos

3I/ATLAS es solo el tercer objeto interestelar confirmado que atraviesa nuestro vecindario planetario, después del asteroide Oumuamua (2017) y del cometa Borisov (2019). Fue avistado por primera vez el 1 de julio de 2025 por el telescopio ATLAS, en Chile, y posteriormente fotografiado por astrónomos indios desde el Himalaya. Sus dimensiones son tan descomunales como su antigüedad: mide aproximadamente 440 metros de ancho por 5,6 kilómetros de largo, una silueta alargada que si pudiera posarse sobre la Tierra ocuparía casi la totalidad de la Gran Vía madrileña de punta a punta.

En octubre de 2025, el cometa pasó a solo 30 millones de kilómetros de Marte —una distancia veinte veces menor que la que separa la Tierra de ese planeta— y nunca se acercó a nuestro mundo a menos de 269 millones de kilómetros. No representó peligro alguno. Ahora, el viajero helado se ha adentrado de nuevo en el espacio interestelar, a más de 1.300 millones de kilómetros de casa, y los astrónomos calculan que no regresará jamás.

3I/ATLAS

Cada pedazo de hielo que compone 3I/ATLAS es una cápsula del tiempo de un universo que apenas rebasaba los 3.000 millones de años.

A principios de 2025, cuando se divulgó su visita, parte de la opinión pública especuló con un origen artificial. El Instituto SETI peinó las emisiones de radio del cometa y no encontró ninguna señal que delatara tecnología extraterrestre; las pocas anomalías registradas procedían de fuentes terrestres. La ciencia, sin embargo, estaba a punto de obtener algo mucho más valioso que una hipotética antena alienígena: la composición química más prístina jamás analizada en un objeto llegado de fuera del sistema solar.

Lo que este hallazgo dice sobre la química de la vida

Cuando la astroquímica Stefanie Milam, coautora del trabajo, habla del descubrimiento, no se detiene en la edad del cometa —que ya de por sí es asombrosa—. Lo que realmente le interesa, según sus propias palabras, es «la posibilidad de una química prebiótica en otros lugares de la galaxia». Hasta ahora solo conocemos un rincón del cosmos donde los ingredientes químicos condujeron a la vida: nuestra propia canica azul. Pero si un cometa tan antiguo contiene moléculas orgánicas complejas o precursores de aminoácidos —algo que este estudio aún no ha podido determinar pero que abre una línea prioritaria de investigación—, el mensaje sería rotundo: las condiciones para la vida podrían ser mucho más comunes de lo que imaginábamos.

El análisis complementario realizado por Cyrielle Opitom, de la Universidad de Edimburgo, con el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral, refuerza la imagen de un cometa químicamente primigenio. Sus mediciones de compuestos de carbono y nitrógeno coinciden con un escenario de formación muy temprana. Aun así, los propios autores advierten de que los datos se basan en una única pasada del Webb y en un único objeto: para generalizar estas conclusiones harían falta más visitantes interestelares. La estadística, de momento, es escuálida: tres objetos en toda la historia de la astronomía moderna.

Eso no resta ni un ápice de importancia al hallazgo. Que el James Webb, un telescopio diseñado para mirar hasta los confines del universo observable, haya podido desmenuzar la química de un simple terrón de hielo errante demuestra que estamos entrando en una nueva era de la exploración interestelar. Por primera vez, podemos leer la firma isotópica de un objeto que nació antes que nuestro sol, en un pasado tan remoto que la propia Vía Láctea era aún muy distinta. Y ese viajero, 3I/ATLAS, se ha ido ya para siempre, pero nos ha dejado la llave de su origen.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: El cometa interestelar 3I/ATLAS, formado hace entre 10.000 y 12.000 millones de años, contiene firmas isotópicas que lo sitúan como un objeto más antiguo que el sistema solar.
  • Dónde: Observado desde el espacio por el telescopio James Webb, tras su paso por las cercanías de Marte y la Tierra.
  • Institución responsable: Estudio liderado por Martin Cordiner (NASA Goddard), con participación de la Universidad de Edimburgo y respaldo del Very Large Telescope de ESO; publicado en Nature.
  • Cuándo: Observaciones en diciembre de 2025; publicación del análisis en junio de 2026.
  • Impacto a futuro: Abre la vía para investigar química prebiótica en objetos llegados de otras estrellas y sitúa al James Webb como la herramienta definitiva para caracterizar la composición de los verdaderos mensajeros del universo primitivo.

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