Japón registró el año pasado 76.200 muertes en completa soledad. Kodokushi. El término describe a quienes fallecen sin que nadie lo note durante días, semanas o incluso más de un año. Marc Vidal ha diseccionado en su último análisis un fenómeno que va mucho más allá de la anécdota nipona: la economía de la soledad esta reconfigurando el mundo desarrollado y la factura —silenciosa pero imparable— empieza a llegar.
Kodokushi, la muerte silenciosa que se publica cada año
Según detalla el canal, la policía japonesa ya publica anualmente la cifra de fallecidos en completa soledad. De esos 76.200 casos, alrededor de 4.000 personas no fueron encontradas hasta un mes después y unas 130 permanecieron desaparecidas más de un año. Para Marc Vidal, el dato deja de ser una rareza cultural para convertirse en un espejo incómodo: lo que sucede en Japón está pasando, con otras caras, en todas las economías desarrolladas.
Uno de cada cuatro hogares, la nueva normalidad global
Los números que repasa el analista son contundentes. En el planeta, una de cada cuatro viviendas está ocupada por una sola persona. En los países nórdicos esa proporción asciende a cuatro o cinco de cada diez; en Estocolmo supera la mitad. Estados Unidos roza el 28% de hogares unipersonales, el doble que hace medio siglo. Japón, que ya ronda el 38%, proyecta un 44,3% para 2050. España, con 5,5 millones de personas viviendo solas, verá 7,7 millones en 2039, cuando uno de cada tres hogares será de una sola persona. El mayor repunte, subraya Vidal, no se produce entre jubilados, sino entre los 35 y los 45 años, justo la edad en la que antes se formaba una familia. Entre los jóvenes la situación es igual de tensa: en 2025 apenas un tercio de los jóvenes españoles se había emancipado, el mínimo histórico de cualquier serie conocida.
La segunda transición demográfica: ¿progreso o trampa?
Los demógrafos llaman segunda transición demográfica a este desplazamiento. A medida que una sociedad se enriquece, los valores se orientan hacia la independencia y la realización personal; el matrimonio y los hijos pierden centralidad. Contado así, suena a conquista de la libertad individual. Pero Marc Vidal introduce un matiz: esa lectura, siendo cierta, solo cuenta la mitad de la historia. La otra mitad arranca con una pregunta incómoda. Si vivir solos es tan liberador, ¿por qué cada vez más gente se rodea de sustitutos del afecto? La intimidad no ha desaparecido, se ha reorganizado. Las redes afectivas se reparten entre amigos convertidos en familia, parejas que no conviven —el fenómeno Living Apart Together ya afecta al 8% de las parejas en España, al 10% en Francia y a uno de cada cuatro británicos—, mascotas y comunidades digitales.
Mascotas, apps y suscripciones: el cuidado externalizado
Ahí es donde el análisis de Vidal se vuelve puramente económico. Lo que antes hacía la familia sin pasar factura ahora regresa al mercado con un precio impreso al lado. El sector global del cuidado animal, que mueve más de 300.000 millones de dólares y se encamina a los 500.000 millones en la próxima década, no es casualidad. Gigantes como Mars ven en las mascotas la compensación a la baja natalidad. En España ya conviven 9,5 millones de perros frente a 6,6 millones de niños menores de catorce años. En ciudades como Shanghái o Pekín, el 42% de quienes tienen mascota viven solos. Las apps de citas, los servicios de reparto a domicilio, las cajas de comida preparada y los paseadores de perros de plataforma sustituyen las comidas familiares y fabrican un tipo de empleo precario. La economía del cuidado se externaliza y se precariza, con riders, limpiadoras por horas y cuidadores a domicilio que hacen por un salario bajo lo que antes cubría la red familiar.
‘La familia fue durante siglos la única institución que repartía el riesgo sin cobrar prima, que cuidaba sin contrato. A medida que se diluye, cada una de esas cosas vuelve con su precio.’
— Marc Vidal
El coste que ya se mide: 1,2% del PIB y una factura generacional
Marc Vidal aporta un dato definitivo: la soledad no deseada le cuesta a España el 1,2% del PIB entre gasto sanitario, pérdida de productividad y muertes prematuras. El barómetro español de la soledad no deseada sitúa en un 20% la población que la sufre, y entre quienes viven solos la prevalencia se duplica. Mientras, crece la paradoja. El mismo ciudadano que se recluye en su hogar unipersonal multiplica el consumo —cada vivienda necesita su propia lavadora, su propia suscripción, su propia nevera—, genera menos vínculos colectivos y deja un rastro de datos mayor que nunca. Para el economista, el individuo aislado que liga, pide comida y busca compañía a través de una pantalla es también el más rastreado de la historia.
Corea del Sur y la tasa 0,58: la sociedad que dejó de reproducirse
Y en este punto, el análisis da un giro que ata todos los cabos. Vidal recupera un número que dejó en el aire al principio: 0,58, la tasa de fecundidad de Seúl, la más baja del planeta. Corea del Sur en su conjunto se sitúa en 0,72, lejos del 2,1 necesario para sostener una población. La ciudad que más lejos ha llevado el modelo de vivir solo es la que, en sentido literal, ha dejado de reproducirse. La economía de la soledad monetiza el presente mientras encoge la base que lo sustenta: las pensiones, el crecimiento y el contrato entre generaciones se daban por hecho, pero hemos construido el mercado más rentable de la historia alrededor de la desaparición de quienes deberían ser los clientes del mañana. Una sociedad que se consume a sí misma y consume su propia semilla.
¿Libertad o proyecto? La teoría sueca del amor
Vidal recurre a los historiadores suecos Henrik Berggren y Lars Trägårdh para recordar que el Estado del bienestar nórdico se diseñó deliberadamente para liberar al individuo de la dependencia de su familia y hacerlo depender del Estado. El resultado fue una disolución familiar más rápida. La atomización, sostiene el comentarista, no es siempre una deriva espontánea: puede ser un proyecto. Y en ese proyecto, el relevo demográfico que no producimos lo importamos. España acaba de superar los diez millones de personas nacidas en el extranjero; las proyecciones del INE apuntan a que la población de origen español pasará del 82% al 60% en cincuenta años. La demografía emocional —cómo decidimos querer y vivir— desemboca en una demografía de reemplazo que ya no es solo una cuestión de estilo de vida.
Marc Vidal no impone un modelo de convivencia, pero sí obliga a levantar la vista. No se trata de elegir entre libertad y familia, sino de medir cuánto cuesta externalizar lo que durante siglos no tuvo precio. La función de los vínculos que aguantan cuando las cosas van mal —y no solo cuando van bien— no la cubre una suscripción, ni una aplicación, ni un robot. Y si la cuenta de esa renuncia empieza a llegar en forma de soledad, precariedad y quiebra generacional, quizá convenga, como propone su análisis, leer los datos juntos y preguntarse quién está pasando ahora la factura.
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