El Gremio de Restauración de Barcelona denuncia a Mercadona por su modelo de restaurante low cost

La patronal hostelera acusa a la cadena de intrusismo al ofrecer mesas, microondas y menaje entre las cajas y la salida, lo que considera una actividad de restaurante encubierta. Mercadona facturó 700 millones en comida preparada en 2025 y los restauradores temen que el modelo se

El Gremio de Restauración de Barcelona ha denunciado a 30 supermercados de Mercadona por considerar que sus zonas de comida preparada funcionan como restaurantes low cost, un movimiento que tensa la pugna entre la hostelería tradicional y la gran distribución. El impacto: si la denuncia prospera, podría limitar la expansión de los ‘mercaurantes’, uno de los negocios más rentables de la cadena, que facturó 700 millones de euros en 2025 con su sección ‘Listo para comer’.

La denuncia: intrusismo y ordenanza municipal

Según el director del Gremio, Roger Pallarols, la ordenanza prohíbe que el espacio situado entre las cajas de cobro y la salida del establecimiento se utilice con fines comerciales. “No son zonas de descanso, tienen surtido de vasos y hasta microondas. Ahora el supermercado es una especie de restaurante low cost y esto es intrusismo”, ha afirmado. La patronal espera que las denuncias activen los mecanismos legales para que estos espacios desaparezcan de Barcelona y prevé extender su ofensiva a otras cadenas.

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El gremio ya había denunciado en años anteriores a cerca de 200 establecimientos de panaderías con degustación, a su juicio por incumplir los límites de superficie —20 metros cuadrados de aforo— o comercializar bebidas alcohólicas sin licencia. la nueva ofensiva contra Mercadona eleva la presión sobre un formato que, en apenas unos años, ha revolucionado la compra de alimentos preparados.

El negocio millonario de los mercaurantes

Mercadona no es el único supermercado que ha apostado por servir comida caliente lista para consumir en tienda, pero sí el que más volumen mueve. Su sección ‘Listo para comer’ facturó 700 millones de euros en 2025, según datos del sector, y si se suma toda la comida preparada —cremas, pollo envasado o pizzas refrigeradas, que muchos clientes calientan en el propio establecimiento— la cifra asciende a 3.000 millones. Esa línea de negocio representa uno de los espacios más dinámicos del gran consumo y explica por qué la cadena apuesta por ampliar mesas, microondas y hasta cubiertos desechables.

El éxito responde a una realidad de bolsillo: un plato de lentejas con verduras cuesta alrededor de 2,50 euros y un pollo asado entero no llega a los 5 euros. Precios que cualquier bar o restaurante difícilmente puede igualar, y que convierten al supermercado en un comedor improvisado para trabajadores, estudiantes o familias que buscan una solución rápida sin pasar por caja… literalmente, porque el ticket se paga en las cajas del súper, no en un tpv hostelero.

La disponibilidad de estos espacios varía según la ciudad. En Barcelona, a a los 30 locales denunciados se suman otros tantos que ya funcionan con mesas y sillas en el área posterior a las cajas. Mientras, otras cadenas como Carrefour o Alcampo también han incorporado zonas de degustación, aunque con formatos menos agresivos que el de la cadena valenciana.

La comida preparada del supermercado ya mueve 3.000 millones al año y compite directamente con el menú del bar de la esquina.

Análisis: ¿competencia desleal o evolución del comercio?

La denuncia del Gremio de Restauración de Barcelona no es un hecho aislado. Desde 2019, la patronal ha mantenido una ofensiva contra toda fórmula que considere intrusismo, con un punto de mira especial en las panaderías que sirven café y en los supermercados que prestan servicio de mesa. El debate de fondo es si estos espacios cumplen la normativa o si, por el contrario, la normativa se ha quedado obsoleta ante un modelo de consumo que ya no distingue tanto entre comprar y comer.

La ordenanza municipal de Barcelona prohíbe el uso comercial del espacio entre las cajas de cobro y la salida, pensada inicialmente para evitar que grandes superficies instalaran quioscos o puestos sin control. Lo que el gremio denuncia es que, al poner mesas y microondas, el supermercado se convierte de facto en un restaurante sin pagar las tasas ni cumplir las obligaciones de un local de hostelería. La interpretación legal será clave: si se considera que el consumidor no compra un servicio de restauración, sino un producto que luego calienta y consume en un banco cedido por el establecimiento, la denuncia podría no prosperar.

Los restauradores tienen motivos para la alarma. Según datos de la OCU, un menú del día en Barcelona ronda los 12-14 euros, mientras que un plato combinado en el supermercado se puede despachar por la mitad o menos. Esa brecha de precio resta clientes, sobre todo en las horas del almuerzo, al pequeño negocio familiar que ve cómo el consumidor cambia el comedor por el pasillo.

Pero la realidad del comprador es tozuda: la inflación acumulada de los últimos cinco años, que la OCU cifra en un 22% en alimentación, ha disparado la búsqueda de opciones baratas. El modelo de Mercadona y de otras cadenas responde a esa demanda, y el propio gremio admite que no busca cerrar los supermercados, sino que “jueguen con las mismas reglas”. La pregunta no es si la comida preparada va a desaparecer, sino bajo qué regulación.

🛒 El Veredicto de Compra

  • Compara el precio por ración: Un plato de supermercado puede costar entre 2,50 y 5 euros, frente a los 12-14 euros de un menú del día. Ahorras dinero, pero renuncias al servicio, la mesa y la bebida incluida.
  • Revisa la normativa local: Si sueles consumir en el propio establecimiento, ten en cuenta que el espacio habilitado para ello puede cambiar o desaparecer si la denuncia prospera. La situación legal es inestable.
  • Valora la calidad y la personalización: La comida preparada del súper es rápida y barata, pero suele llevar más aditivos y no permite ajustar el plato a tu gusto. Para según qué bolsillos y qué paladares, el restaurante sigue siendo la mejor opción.

La disputa entre el Gremio y Mercadona no es solo un conflicto normativo: refleja un cambio profundo en cómo los consumidores deciden gastar su dinero a la hora de comer. Mientras la justicia aclara los límites, el comprador seguirá haciendo números. Y ahora mismo, el supermercado le sale más barato.


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