La economía europea vuelve a pisar terreno resbaladizo. Con un crecimiento que apenas supera el 0,2% en el primer trimestre de 2026 y una inflación que se resiste a bajar del 3,2%, el Banco Central Europeo (BCE) se dispone a endurecer su política monetaria. Marc Vidal, inversor y analista económico, ha lanzado una advertencia contundente en ‘Herrera en COPE’: la decisión no es una señal de normalidad financiera, sino la respuesta a un problema que el BCE no puede controlar.
Una inflación que no nace del consumo
El repunte de los precios en la zona euro lleva meses alejado de las métricas clásicas. La inflación del 3,2% que maneja Fráncfort no responde a un exceso de demanda ni a una economía sobrecalentada, sino al precio del petróleo disparado por el conflicto en el estrecho de Ormuz. Vidal lo resume sin rodeos: «La inflación se le ha escapado de las manos al BCE, pero no por culpa del consumo, sino por una crisis energética que decidieron otros».
El analista recuerda que la tasa de referencia de la institución —hoy en el entorno del 2,5%— podría fijarse en el 2,25% en la próxima reunión de junio, y las gestoras de activos ya descuentan dos subidas más antes del primer trimestre de 2027. Un ajuste monetario que, en su opinión, ataca los síntomas pero deja intacta la raíz geopolítica del problema.
El euríbor como termómetro doméstico
La traducción doméstica de este movimiento son los créditos más caros. Un encarecimiento de la tasa de depósito se contagia de inmediato al euríbor, y con él, a las hipotecas variables de familias en Madrid, Múnich o Milán. «Cada vez que se tensa esa geografía, el euríbor nos sube», apuntó Vidal durante su intervención. La factura mensual de millones de hogares europeos se convierte en el amortiguador de un conflicto que se libra a miles de kilómetros.
Subir tipos para domar una inflación energética es un remedio que puede matar al paciente antes que curarlo.
El inversor no es el único que observa con recelo la secuencia de subidas. Los datos del INE y Eurostat muestran que la confianza del consumidor en la zona euro se ha deteriorado por segundo mes consecutivo, y el crédito al sector privado ya acusa una desaceleración que podría profundizarse si el BCE mantiene el guion restrictivo.
Europa, sin soberanía energética
El diagnóstico de fondo, según Vidal, es estructural: «Europa no tiene política energética soberana. Primero dependimos del gas ruso, ahora es del petróleo, luego serán los fertilizantes». Esta vulnerabilidad cíclica sitúa al BCE en una posición incómoda: puede manejar las consecuencias monetarias de cada crisis geopolítica, pero no puede cambiar las causas. La dependencia energética convierte cada escalada de tensión internacional en un recibo más elevado para empresas y hogares, y cada subida de tipos amplifica el coste de esa factura.
Esa es la trampa en en la que está cayendo Fráncfort, y que Vidal ilustra con una realidad numérica: el PIB de la eurozona se contrajo un 0,2% en el arranque del año, un dato que en condiciones normales invitaría a relajar la política monetaria, no a endurecerla.
El verdadero peligro es asfixiar la recuperación
La gran paradoja que señala el analista es que la inflación que tanto preocupa al BCE está siendo alimentada por un shock de oferta, no por un exceso de gasto. Encima, la recuperación europea venía renqueante antes del conflicto de Ormuz: con Alemania rozando la recesión técnica y la industria manufacturera en contracción desde hacía varios meses. «El riesgo real no es que suban demasiado los tipos —insiste Vidal—, es que suban lo suficiente para estrangular una recuperación que ya era muy frágil».
No se trata de un escenario inédito. En 2011, el BCE cometió el error de subir los tipos dos veces bajo la presidencia de Jean‑Claude Trichet, justo cuando la economía de la eurozona empezaba a dar señales de agotamiento tras la crisis financiera. Aquel ciclo de endurecimiento aceleró la recaída y alargó el estancamiento durante años. La lección, bien aprendida por Christine Lagarde hasta ahora, parece correr el riesgo de repetirse si los halcones del Consejo de Gobierno imponen un calendario de subidas excesivamente agresivo.
Y mientras los mercados celebran la vuelta a una cierta ortodoxia, la calle empieza a notar la losa. Las pequeñas y medianas empresas —columna vertebral del empleo en la zona euro— verán encarecerse sus líneas de crédito en un momento en que la demanda interna apenas despega. El resultado puede ser un doble castigo: menos inversión, menos contrataciones y, paradójicamente, más inflación estructural si el tejido productivo se debilita.
Vidal cierra su reflexión con una frase que resume el hartazgo de quienes observan la política monetaria desde el lado real de la economía: «Vamos a pagar los de siempre, lo que no supieron arreglar, los de siempre». Más allá del titular rimbombante, el mensaje subyacente es una llamada a que la política monetaria no se diseñe de espaldas a la geopolítica. Porque en un continente que no controla su energía, cada subida del precio del crudo se convierte en una subida de tipos anticipada. Y esa espiral, si no se modera, puede terminar dañando mucho más que cualquier IPC.





