El Pentágono acaba de poner dinero sobre la mesa para resolver uno de los problemas más antiguos de los drones pequeños: la autonomía limitada por las baterías. El Fondo de Mejora de Capacidades de Energía Operacional (OECIF) ha seleccionado el proyecto SWARM, desarrollado por Reach Power y Gambit, para llevar la recarga inalámbrica a enjambres de drones que operen sin descanso.
Actualmente, los drones tácticos de vigilancia apenas aguantan treinta minutos en el aire. Después toca un tedioso proceso manual: aterrizar, extraer la batería, cargarla, volver a colocarla y lanzarlos de nuevo. Ese ciclo se repite una y otra vez, y cada interrupción deja un punto ciego que militares e ingenieros llevan años intentando eliminar.
La solución que proponen Reach Power y Gambit combina transmisión de energía por radiofrecuencia (RF) e inteligencia artificial distribuida. La primera empresa ha creado un sistema que emite un haz de energía direccional hacia un punto de paso; la segunda aporta un software que permite a cada dron del enjambre decidir por sí mismo cuándo necesita recargarse y hacia qué waypoint dirigirse. Todo sin cables, sin plataformas físicas y sin intervención humana.
‘Cuando un dron puede recargarse a sí mismo en el aire sin intervención humana, todo el potencial de la autonomía y los enjambres queda liberado de los límites de las baterías’, resume Chris Davlantes, fundador y CEO de Reach Power.
El funcionamiento es sencillo conceptualmente: los drones patrullan de forma coordinada mientras monitorizan sus niveles de carga. Cuando un aparato detecta que su batería desciende por debajo de un umbral, se desvía hacia el punto de recarga designado en pleno vuelo, recibe la inyección de energía por RF y regresa a la formación. El resto del enjambre mantiene la cobertura. Así se garantiza presencia aérea continua 24 horas al día, siete días a la semana.
SWARM convierte los enjambres en sistemas energéticamente autosuficientes; la vigilancia permanente deja de ser un deseo para convertirse en una capacidad operativa real.
Cómo funciona SWARM: energía inalámbrica y enjambres inteligentes
El corazón técnico de SWARM está en la combinación de dos piezas. Reach Power ha perfeccionado un transmisor de radiofrecuencia capaz de concentrar un haz de energía a varios cientos de metros, suficiente para que un dron se estabilice momentáneamente en un waypoint y reciba carga. No hay contacto físico, solo un pulso energético dirigido.
Gambit, por su parte, ha desarrollado un sistema de inteligencia artificial descentralizada que corre en cada unidad. Cada dron conoce su nivel de batería, la distancia a la zona de recarga y las necesidades tácticas de la misión, y decide autónomamente cuándo abandonar momentáneamente la formación. Este ballet energético, como lo llaman, se orquesta sin un operador humano que dé las órdenes.
La integración de ambos sistemas elimina el principal talón de Aquiles de los drones ligeros: la dependencia de bases logísticas cercanas para el cambio de baterías. Un operador en campaña ya no tiene que interrumpir la vigilancia para reponer energía; el enjambre se mantiene operativo mientras las fuentes de alimentación en tierra sigan activas.
La apuesta del Pentágono por la autonomía energética
Que el OECIF, el principal fondo de inversión en energía operacional del Departamento de Defensa, haya financiado SWARM indica que la transmisión inalámbrica ha pasado de ser una curiosidad de laboratorio a una prioridad estratégica. ‘La inversión en transmisión de energía inalámbrica está generando importantes dividendos estratégicos a medida que el campo de batalla evoluciona hacia operaciones autónomas’, afirma Christopher DePuma, responsable de la cartera de Energía Operacional y Proyección de Poder del Pentágono.
El programa apunta a misiones ISR (Intelligence, Surveillance and Reconnaissance) persistentes, defensa antidrones, seguridad fronteriza y protección de fuerzas. Cualquier ventana de inactividad en estos escenarios puede ser catastrófica. Con SWARM, la cobertura puede ser realmente ininterrumpida, ya que los drones se turnan para cargar sin que el área vigilada quede desprotegida.
No es la primera vez que el Pentágono explora la energía dirigida. DARPA ha impulsado proyectos similares, y empresas como PowerLight ya han demostrado transmisión de potencia por láser a varios kilómetros. Lo distinto aquí es la simbiosis con la inteligencia de enjambre, que convierte la recarga en una decisión táctica automatizada y no en un procedimiento de mantenimiento.
Qué significa para el campo de batalla y la industria de defensa

El salto cualitativo es considerable. Hasta ahora, garantizar vigilancia permanente requería plataformas como los MQ-9 Reaper, caros, tripulados remotamente y con altos costes operativos. Un enjambre de drones pequeños y recargables puede cubrir la misma área por una fracción del coste y con mayor resiliencia: si un dron cae, el sistema lo compensa automáticamente.
Para la industria de defensa, SWARM es también un síntoma de cambio. Los grandes contratistas tradicionales empiezan a ver cómo startups como Reach Power o Gambit se cuelan en programas de financiación directa del Pentágono con soluciones muy especializadas. El modelo de grandes plataformas integradas se ve desafiado por ecosistemas modulares y más ágiles, donde la energía es solo un módulo que se acopla a otros.
Sin embargo, quedan preguntas abiertas. La eficiencia de la transferencia a larga distancia, la vulnerabilidad de los haces de energía a interferencias o condiciones meteorológicas adversas, y la posible detección de las emisiones por parte del adversario, son cuestiones que las pruebas deberán resolver. Un enjambre que emite señales de recarga periódicas podría ser más fácil de localizar.
Aun así, el hecho de que el Pentágono ya esté invirtiendo en esta tecnología con vistas a su integración operativa demuestra que la autonomía energética es una de las claves de la guerra robótica del futuro. Quien consiga mantener sus enjambres en el aire sin necesidad de recambios humanos tendrá una ventaja decisiva en el ciclo de observación y decisión.
La vigilancia permanente, antes reservada a satélites y grandes aeronaves, comienza a democratizarse. Y con ello, el campo de batalla se llena de ojos que nunca pestañean.




