Las antorchas parpadean al atardecer sobre las piedras milenarias del puente de Besalú. El crujido de los braseros de castañas, el tintineo de las armaduras en los torneos y el oleaje de voces que pregona estaños, cueros y especias componen una sinfonía que transporta a quien la escucha varios siglos atrás. Los mejores mercados medievales de Girona y de la Costa Brava no son una recreación fría, sino una inmersión sensorial que despierta los ecos de condes, trovadores y menestrales en algunos de los cascos antiguos mejor conservados del Mediterráneo.
La tradición de las ferias de época está profundamente enraizada en esta tierra. Durante la Edad Media, Girona fue una frontera disputada entre el Imperio Carolingio y Al-Ándalus, y más tarde el corazón de un rosario de condados —Empúries, Peralada, Besalú— que tejieron una densa red comercial. Los mercados semanales y las ferias anuales eran el motor que unía el interior pirenaico con los puertos de la Costa Brava. Siglos después, nueve citas anuales rescatan ese espíritu en escenarios que no necesitan decorados: los pueblos y villas medievales siguen en pie, engastados entre viñedos, olivares y acantilados.
Desde el Ampurdán hasta la Garrotxa, cada feria posee una personalidad propia, pero todas comparten una receta infalible: calles empedradas tomadas por talleres de oficios antiguos, paradas de embutidos, quesos y mieles, juglares que improvisan coplas y el olor a incienso que escapa de las tabernas. A continuación, una ruta detallada por los nueve mercados que cada año convierten Girona y la Costa Brava en un viaje directo al medievo.
Besalú Medieval: la joya del condado
El primer fin de semana de septiembre, Besalú borra los últimos 800 años de un plumazo. El puente románico de siete arcos, que desde el siglo XII salva el río Fluvià, se convierte en un umbral por el que desfilan caballeros con cota de malla, damas de toca y campesinos con haz de leña al hombro. Es la feria medieval más multitudinaria y celebrada del territorio, y también la que mejor ha sabido fundir la fidelidad histórica con el espectáculo callejero.
Las calles del viejo barrio judío se saturan de puestos de artesanía que huyen del adorno turístico: herreros que moldean el hierro ante el visitante, curtidores que trabajan el cuero con técnicas documentadas en los archivos del condado, ceramistas que copian motivos del siglo XIII. La muestra de oficios antiguos no es un decorado, sino un museo vivo donde los artesanos se ciñen a las herramientas y procedimientos de la época. En las plazas, compañías teatrales representan episodios de las crónicas de los condes de Besalú, mientras la música de dulzainas y salterios pone banda sonora a cada rincón.
El programa incluye torneos de caballeros que se disputan en el foso del castillo condal, exhibiciones de cetrería con águilas y halcones, y un gran banquete medieval al caer la noche, servido en largas mesas comunales a la luz de las velas. La oferta gastronómica de las paradas —butifarras a la brasa, quesos de oveja ripollesa, panes de centeno, vino especiado— permite picar durante todo el día sin salir de la atmósfera. Quienes buscan un recuerdo genuino encuentran desde talismanes de plata hasta miel de brezo en tarros de barro, pasando por reproducciones de monedas acuñadas en la ceca condal.
Besalú, por sí mismo, ya merece una visita pausada. Los restos de la sinagoga, los baños judíos —un mikve del siglo XII excavado en la roca— y la iglesia de Sant Vicenç son testimonios de un esplendor que las excavaciones arqueológicas aún no han agotado. La feria de septiembre, en el fondo, no inventa nada: se limita a encender la memoria que las piedras guardan durante el resto del año.

Mercado Medieval de Castell d’Aro: el latido del Empordà
El tercer fin de semana de agosto, cuando el calor ha madurado los viñedos del Baix Empordà, el casco antiguo de Castell d’Aro despliega una feria que conquista por su equilibrio entre el bullicio mercantil y la intimidad de un pueblo de poco más de diez mil habitantes. La fachada gótica de la iglesia de Santa María preside un mercado donde los toldos de lona cruda y los estandartes con blasones otorgan un aire de veracidad que pocas ferias consiguen.
La muestra de oficios antiguos es aquí la columna vertebral del evento. En distintos rincones del recinto, carpinteros de ribera trabajan con azuela un madero de encina tal y como lo harían en las atarazanas medievales; alfareros tornean vasijas de barro rojo, y cesteros trenzan mimbre recién cortado. La presencia de animales —ocas, corderos, un par de bueyes que tiran de un carro— refuerza la sensación de estar asistiendo a una escena cotidiana del siglo XIV más que a una puesta en escena.
El mercado de productos artesanos ocupa la plaça Major y las calles que ascienden hacia el castillo de Benedormiens, una fortaleza del siglo XI que merece la pena visitar con calma. Los tenderetes ofrecen embutidos curados en las masías del entorno, aceite de oliva arbequina de la Denominación de Origen Oli de l’Empordà, mermeladas de higo y miel de romero. Las tabernas instaladas junto a la muralla sirven vino de garnacha blanca bien frío, imprescindible para sobrellevar las horas centrales del día.
Los espectáculos callejeros se suceden sin horario fijo: malabaristas, tragafuegos, cuentacuentos que narran las leyendas fósiles de la comarca. Al atardecer, cuando la luz tamizada por los soportales tiñe de oro las piedras, un desfile de antorchas recorre el perímetro amurallado y la música de laúd y vihuela se convierte en el único rumor de la noche.

Festival Terra de Trobadors: la capital del condado de Empúries recupera su voz
Castelló d’Empúries celebra el segundo fin de semana de septiembre un festival que es, al mismo tiempo, feria mercantil y homenaje a una de las tradiciones culturales más refinadas de la Edad Media: la lírica trovadoresca. Durante los años de esplendor del condado de Empúries, cuya capital fue esta villa, las cortes condales atrajeron a poetas y músicos que compusieron en occitano algunas de las piezas más delicadas del cancionero europeo. El Terra de Trobadors evoca aquel mundo sin recurrir a la mera postal: cada edición cambia de temática, pero conserva un núcleo duro de actividades que garantizan una experiencia intensa.
El mercado se extiende desde la plaza de la basílica de Santa María —la llamada «catedral del Empordà»— hasta los soportales de la calle Mayor, pasando por el barrio del Puig de les Cols, que conserva el trazado sinuoso de la villa medieval. Los puestos de artesanía comparten espacio con talleres de caligrafía medieval, encuadernación en pergamino y fabricación de velas de cera de abeja. La oferta gastronómica pone el acento en los productos de la marisma y la huerta: arroces caldosos, anguila del estany de Banyoles, requesón de las vaquerías cercanas.
Los espectáculos son el alma del festival. Compañías llegadas de media Europa representan farsas y moralidades con un lenguaje gestual que traspasa cualquier barrera idiomática, y los conciertos de música antigua a cargo de ensembles como Ars Musicae o Capella de Ministrers llenan la basílica y los claustros. Al caer la noche, un pasacalles de antorchas recorre las calles al son de tambores y chirimías, una estampa que ningún viajero olvida.

El resto del calendario: de Calonge a Peratallada
El calendario de ferias medievales de Girona y la Costa Brava se extiende de la primavera al otoño, jalonando los fines de semana con citas que, sin alcanzar la fama de las tres anteriores, atesoran un encanto más íntimo.
Mercado Medieval de Calonge — Durante el fin de semana de Semana Santa, el casco antiguo que rodea el castillo de Calonge se viste de sayal y cota. Los talleres de oficios se reparten por las callejuelas del barrio de la Torre, y las lecturas de cuentos infantiles junto a la muralla convierten la feria en una propuesta especialmente amable para las familias. La proximidad con la playa —apenas cinco kilómetros— permite combinar la jornada medieval con un chapuzón en las calas de Sant Antoni.
Feria Medieval de Hostalric — Coincide también con la Semana Santa y aprovecha el imponente escenario de la fortaleza y el casco antiguo de esta villa que fue uno de los centros neurálgicos del Vizcondado de Cabrera. El campamento militar que se instala en el foso, con sus tiendas de campaña de lona, sus cocinas de campaña y sus ejercicios de instrucción con picas y ballestas, es uno de los más logrados de todas las ferias. Las visitas guiadas teatralizadas, a cargo de actores que interpretan a personajes históricos del vizcondado, aportan un barniz de rigor poco habitual.
Feria Medieval de Peralada — Na Mercadera — El primer fin de semana de junio, Peralada rinde homenaje a su heroína epónima, la figura femenina que aparece en la crónica de Ramon Muntaner defendiendo la villa de un asedio con una valentía legendaria. El mercado de artesanos se instala frente al castillo, y los conciertos de música medieval que se celebran en el claustro románico del antiguo convento del Carmen añaden una dimensión sonora de gran calidad. Las luchas de caballeros en el foso y las visitas guiadas completan un programa que gana visitantes año tras año.
Mercadal del Conde Guifré — Ripoll convoca cada 11 de agosto, aniversario de la muerte del conde Guifré el Pilós, una feria que tiene en el campamento condal su seña de identidad. La taberna, atendida por mozos con jubón, ofrece vino caliente con especias y rebanadas de pan con tomate; los talleres de tiro con arco y los concursos de vestuario de época invitan al visitante a dejar de ser mero espectador para convertirse en personaje de la historia. El escenario, a los pies del monasterio de Santa María, es de una belleza sobrecogedora.
Aloja. Feria Medieval Fantástica de Banyoles — El segundo fin de semana de octubre, Banyoles cruza la frontera de lo estrictamente histórico para sumergirse en un universo fantástico donde conviven caballeros templarios con hadas y criaturas extraídas de las leyendas locales. El mercado de artesanía ocupa el casco antiguo; las batallas recreadas se libran en la ribera del lago, y las visitas teatralizadas a bordo del catamarán Tritona permiten descubrir el lago —el más grande de Cataluña— desde una perspectiva insólita. Es la feria más desenfadada y creativa, ideal para quienes viajan con niños o para quienes buscan una experiencia menos encorsetada.
Mercado Medieval de Peratallada — El primer fin de semana de octubre, esta aldea empedrada del Baix Empordà, declarada conjunto histórico-artístico, acoge un mercado que pone el acento en los productos de la tierra más que en los fastos. El recinto, contenido y exquisito, se llena de paradas de pan de payés, embutidos curados en las masías cercanas, hierbas aromáticas y quesos de leche cruda de oveja. Juglares y titiriteros amenizan el paseo sin aturdir, y el silencio de las calles angostas, apenas roto por el rasgueo de una guitarra, es el mayor lujo de la jornada.
Consejos prácticos para viajar al pasado
Planificar una escapada a cualquiera de estas ferias requiere cierta estrategia, sobre todo en las más multitudinarias como Besalú o Castelló d’Empúries. El alojamiento en los cascos antiguos suele agotarse con semanas de antelación, por lo que conviene reservar en cuanto se confirmen las fechas —los portales de turismo de cada ayuntamiento ofrecen calendarios actualizados con algunos meses de margen—. Las casas rurales y los pequeños hoteles con encanto situados en pueblos vecinos, a una distancia de entre diez y veinte kilómetros, son una alternativa inteligente: permiten guardar el coche y desplazarse hasta la feria en un trayecto corto que, además, regala paisajes de viñedos y campos de cereales.
La vestimenta no es obligatoria, pero sí recomendable: muchos visitantes se animan a alquilar o confeccionar trajes de época, y la inmersión resulta mucho más completa cuando uno cruza el puente de Besalú ataviado con una capa de lana. Las oficinas de turismo locales proporcionan direcciones de sastres y talleres donde se pueden alquilar atuendos históricos por un día. Tampoco conviene olvidar calzado cómodo —las calles empedradas no perdonan— y efectivo en moneda fraccionaria: aunque muchos puestos aceptan pago con tarjeta, los artesanos y taberneros prefieren el tintineo de las monedas.
En cuanto a la gastronomía, las ferias son una oportunidad perfecta para probar especialidades que rara vez se encuentran fuera de estos circuitos: el pan de centeno amasado en artesa de madera, la longaniza imperial curada al humo de encina, los buñuelos de viento espolvoreados con azúcar y canela, o el hipocrás, un vino especiado que se sirve caliente en tazas de barro. Comer de pie junto a un brasero, con las manos manchadas de grasa, forma parte de la experiencia tanto como asistir a un torneo.
Quienes prefieran un ritmo más pausado deben evitar las horas centrales del sábado —entre las doce y las cuatro de la tarde—, cuando la afluencia alcanza su pico. La primera hora de la mañana del domingo o el atardecer del viernes inaugural ofrecen la misma intensidad sin las aglomeraciones, y la luz rasante sobre las fachadas de piedra convierte cualquier paseo en una secuencia cinematográfica.
Al apagarse la última antorcha, las calles recuperan su silencio de siglos y el viajero regresa a casa con el olor a madera quemada prendido en la ropa. Los mercados medievales de Girona y la Costa Brava no son un parque temático, sino una demostración palpitante de que el pasado, en esta esquina del Mediterráneo, es un presente que se reanuda cada año. Entre sus murallas, la historia no se lee en los libros: se camina, se huele, se saborea y se escucha en las coplas de los trovadores que todavía resuenan bajo las bóvedas de piedra.





