335.000 toneladas de ‘químicos eternos’ TFA ya llueven sobre todo el planeta

El ácido trifluoroacético, un compuesto extremadamente persistente, se ha depositado por todo el planeta en las dos últimas décadas según un estudio recién publicado. Su origen está en los refrigerantes y gases anestésicos que sustituyeron a los CFC.

El mundo resolvió el agujero de la capa de ozono, pero sin quererlo sembró una lluvia química global. Más de 335.000 toneladas de ácido trifluoroacético (TFA), un compuesto ultrapersistente, se han depositado en la superficie terrestre desde el año 2000, según revela un estudio revisado por pares publicado esta semana. El compuesto ya aparece desde el agua de lluvia urbana hasta el hielo remoto del Ártico, y los científicos advierten que su presencia no hará más que aumentar.

La paradoja de los refrigerantes ‘verdes’

Durante décadas, la humanidad se centró en reparar la capa de ozono eliminando los clorofluorocarbonos (CFC). La solución parecía brillante: sustituirlos por hidrofluorocarbonos (HFC) e hidrofluoroolefinas (HFO), gases inocuos para el ozono. Sin embargo, nadie reparó en un detalle químico crucial. Cuando estos compuestos se liberan a la atmósfera, se oxidan y terminan transformándose en ácido trifluoroacético, un ‘químico eterno’ emparentado con los PFAS que tanto preocupan en el agua potable.

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El estudio, que acaba de ver la luz, modeliza por primera vez a escala global la producción y deposición de TFA desde el año 2000. Las cifras son abrumadoras: 335.000 toneladas acumuladas en apenas dos décadas y media. Esa masa equivale al peso de más de 2.200 ballenas azules, dispersa en cada gota de lluvia y cada copo de nieve del planeta.

Un viaje invisible desde el aire acondicionado hasta el hielo polar

El TFA no conoce fronteras. Sale de los sistemas de refrigeración, de los aires acondicionados de millones de hogares y, sorprendentemente, de los quirófanos: gases anestésicos como el isoflurano o el desflurano también se descomponen en este ácido. Una vez en la atmósfera, el compuesto se disuelve en las nubes y regresa con cada precipitación, alcanzando lugares tan remotos como el hielo del Ártico canadiense.

Los investigadores, liderados por un equipo internacional, han constatado que la concentración de TFA en el medio ambiente se ha doblado en muchos puntos de muestreo durante la última década. Es una tendencia que no muestra señales de desaceleración, ya que los HFC y HFO siguen siendo la columna vertebral de la industria de la refrigeración y la climatización moderna.

La misma química que salvó el ozono está regando el planeta con un contaminante que no se degrada.

La cantidad depositada ya es monumental, pero los expertos calculan que las emisiones actuales garantizan que el aporte de TFA continuará durante años, incluso si se prohibieran hoy sus fuentes. El motivo es que estos gases tienen una vida atmosférica de días a semanas, suficiente para distribuirse, pero el ácido resultante permanece estable en el agua durante siglos.

Lo más inquietante, advierten de de que el problema es la extrema solubilidad del TFA: no se adhiere a partículas, no precipita fácilmente en los océanos profundos; circula con el agua dulce y puede concentrarse en acuíferos y lagos, justo las fuentes de las que bebemos.

¿Estamos ante una crisis química de alcance planetario?

A diferencia de otros PFAS de cadena larga, el TFA es una molécula pequeña y aún no está regulado en la mayoría de países. Las directivas europeas sobre ‘forever chemicals’ lo están estudiando, pero hasta ahora se ha escapado de las restricciones. La paradoja es dolorosa: el éxito del Protocolo de Montreal, que salvó la capa de ozono, nos ha legado una contaminación distinta pero igualmente persistente.

No obstante, el estudio se asienta sobre modelos atmosféricos y mediciones puntuales, no sobre una red global de monitoreo continua. Los autores reconocen que la cifra de 335.000 toneladas podría subestimar la realidad, porque los inventarios de emisiones de gases fluorados contienen incertidumbres. A pesar de ello, la tendencia es sólida y la huella química está ahí, congelada en los testigos de hielo y disuelta en la lluvia que cae sobre nuestras cabezas cada semana.

Queda por determinar hasta qué punto el TFA supone un riesgo tóxico para los organismos. Los estudios preliminares en plantas acuáticas muestran cierta fitotoxicidad a concentraciones muy altas, pero los umbrales ambientales están lejos aún de esos niveles en la mayor parte del mundo. Sin embargo, el simple hecho de que sea tan persistente y móvil hace que muchos científicos pidan aplicar el principio de precaución.

Mientras la comunidad internacional debate, la química sigue su curso. Cada vez que encendemos un aire acondicionado o un anestesista duerme a un paciente, una porción minúscula de gas se escapa y empieza su transformación en TFA. La cuestión no es si podemos eliminarlo, sino cuánto más estamos dispuestos a acumular.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: la deposición global de más de 335.000 toneladas de ácido trifluoroacético (TFA) desde el año 2000, procedente de refrigerantes y gases anestésicos.
  • Dónde: el TFA está presente en la lluvia, el agua dulce y el hielo del Ártico, con alcance planetario.
  • Institución responsable: equipo internacional de investigadores, con estudio revisado por pares publicado en junio de 2026.
  • Cuándo: los datos abarcan desde el año 2000 hasta la actualidad; el hallazgo se difunde el 9 de junio de 2026.
  • Impacto a futuro: la contaminación seguirá aumentando debido a las emisiones actuales y la ausencia de regulación, heredando un problema de ‘químicos eternos’ a las próximas generaciones.

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