«Gracias, Rosalía, por elegirnos para saborear nuestra cocina. Ha sido un auténtico placer atenderte y ver que disfrutas de lo nuestro tanto como nosotros disfrutamos de tu arte».
El mensaje, colgado en Instagram por las Bodeguitas Antonio Romero, recogía la emoción del equipo tras la visita inesperada de la cantante catalana durante su estancia en Sevilla en mayo de 2026. Pero en realidad, esa celebración iba mucho más allá de una simple foto. Era la confirmación de que, en el laberinto del tapeo sevillano, este pequeño bar de la calle Antonia Díaz sigue siendo un imán infalible. Y de que su montadito estrella, el Piripi, es capaz de seducir a una estrella del pop con la misma facilidad con que lo hace con el vecino de toda la vida.
Aquella tarde del 8 de mayo, Rosalía se adentró en el local original, con su barra de estaño, sus barriles de manzanilla y el ir y venir de camareros que apenas alzan la vista del plato. Al otro lado del mostrador, el aroma a lomo a la plancha y a salsa secreta se mezclaba con el bullicio de las conversaciones y el tintineo de los vasos de vino fino. No hacía falta pedigrí ni alfombra roja: bastaba con pedir un Piripi y dejarse llevar.
El Piripi, anatomía de un icono
El Piripi es, sencillamente, un montadito. Pero esa sencillez es engañosa. Sobre una rebanada de pan crujiente se asienta una fina capa de lomo de cerdo adobado, que se dora a la plancha hasta quedar jugoso. Encima, una loncha de bacon que chisporrotea hasta alcanzar el punto exacto de textura: crujiente en los bordes, tierno en el centro. El tomate natural, rallado y apenas aliñado con un hilo de aceite de oliva virgen extra, refresca el conjunto. Y luego, la salsa. La salsa especial de la casa, cuyo recetario permanece bajo siete llaves desde 1994, es el alma del Piripi: una crema de color tostado, untuosa y ligeramente dulce, con un fondo de especias que redondea el bocado sin enmascarar ningún sabor. Servido caliente, el montadito se deshace en la boca en una sinfonía de texturas y matices que explica por qué, tres décadas después, sigue siendo el plato más pedido de la carta.
El nombre, «Piripi», tiene resonancias casi infantiles, pero entre los sevillanos se pronuncia con la misma reverencia con que se nombra una obra de arte. Según cuentan en el bar, fue un cliente quien lo bautizó, allá por los años noventa, al probar la creación y exclamar que estaba «piripi» de lo bueno. La anécdota, real o no, forma ya parte de la mitología local y resume la relación que Sevilla establece con sus tapas: una mezcla de familiaridad, humor y devoción.
Treinta años de sabor y resistencia
Las Bodeguitas Antonio Romero abrieron sus puertas en 1994 en un pequeño local de la calle Antonia Díaz, muy cerca de la Maestranza y del bullicioso Arenal. El barrio era entonces un hervidero de bares de toda la vida, muchos de ellos herederos de las antiguas bodegas que despachaban vinos de la tierra a granel. Antonio Romero, un hostelero con callo, apostó por recuperar el espíritu de aquellas bodeguitas: una barra larga, toneles de manzanilla y una cocina sin pretensiones pero ejecutada con pulso firme. No buscaba reinventar la tapa, sino honrarla.
Con el paso de los años, el boca a boca fue haciendo el resto. La clientela crecía al mediodía y se desbordaba las noches de feria. En 2008, cuando la crisis golpeó al sector, el bar resistió a base de fidelidad y de esa receta infalible que es la tapa asequible y bien hecha. Hoy, las Bodeguitas Antonio Romero suman tres establecimientos en el centro de Sevilla: el original de Antonia Díaz, otro casi gemelo en la misma calle y un tercer espacio en la cercana calle Arfe. Todos mantienen el mismo aire de taberna sin afectación, donde el cliente de traje se codea con el turista despistado y la cuadrilla de amigos que alarga la sobremesa hasta bien entrada la tarde.

La expansión no ha desvirtuado la esencia. El servicio sigue siendo rápido y desenfadado, los camareros toman nota en servilletas de papel y el vino se sirve en catavinos de cristal grueso. Como explican desde el propio establecimiento, «aquí no hemos venido a inventar nada, solo a hacer lo que sabemos hacer bien». Y ese saber, heredado de generación en generación, es lo que ha convertido a Antonio Romero en un referente indiscutible del tapeo hispalense.
Más allá del Piripi: un recetario con solera
Aunque el Piripi acapare los focos, la carta de las Bodeguitas Antonio Romero es un auténtico homenaje a la tapa sevillana clásica. Las tortillitas de camarones, finas y crujientes, llegan a la mesa con el rebozado justo y ese sabor a mar tan característico de la costa gaditana. La carrillada, estofada a fuego lento durante horas, se deshace con el tenedor y se sirve en su salsa, oscura y melosa, sobre una cama de patatas. Los champiñones «estilo de la casa», salteados con ajo y perejil, conservan todo el jugo del hongo y un punto de acidez que pide pan. El pimiento relleno de bacalao, una preparación que exige paciencia, combina la suavidad del pimiento asado con la intensidad del pescado desmigado, y las berenjenas rellenas, gratinadas al horno, son un viaje a la cocina casera de las abuelas sevillanas.
No faltan, por supuesto, los clásicos fríos: gazpacho en verano, bonito en aceite con pimientos asados, o el hígado de bacalao, un bocado de textura sedosa y sabor profundo que los más atrevidos maridan con una copa de manzanilla. La bodega ofrece una selección de vinos generosos, finos, olorosos y amontillados, que funcionan como compañeros perfectos de cualquier tapa. Y, para rematar, nada como un carajillo o un café de puchero, servido sin prisas, como manda la tradición.
El centro de Sevilla, un laberinto de sabores
Las Bodeguitas Antonio Romero se encuentran en pleno corazón monumental de Sevilla. Apenas cinco minutos a pie separan la barra de la Catedral, la Giralda y los Reales Alcázares. La cercanía con la Maestranza, donde cada primavera se celebra la feria taurina, y con el río Guadalquivir, las convierte en parada natural para quienes recorren la ciudad a pie. Pero no es solo la ubicación: es el ambiente de todo el barrio del Arenal el que envuelve la visita. Calles estrechas, fachadas encaladas, macetas con geranios y un murmullo constante que mezcla el acento sevillano con idiomas de medio mundo.
El tapeo en Sevilla no es una actividad gastronómica más: es una forma de entender la vida. Se sale a la calle, se recorre un par de bares, se pide una tapa y una bebida, se charla y se sigue caminando. En ese ritual, Antonio Romero funciona como un punto fijo, una certeza entre tantas opciones. El comensal que se sienta en su barra sabe que encontrará un producto honesto, un precio ajustado (los montaditos y tapas rondan los cuatro o cinco euros) y una atención rápida que no renuncia al trato cercano. Es esa combinación la que ha seducido a generaciones de sevillanos y, de cuando en cuando, a alguna celebridad internacional.
No hay que esperar a una visita de Rosalía para comprobarlo. Cualquier mediodía de diario, las barras de Antonia Díaz y Arfe se llenan de oficinistas, estudiantes y familias que repiten los mismos gestos de siempre: pedir lo de siempre, comentar la jugada y pedir otra ronda. Esa cotidianidad, tan alejada del postureo gastronómico, es el mayor elogio que puede recibir un bar de tapas.
Cómo y cuándo disfrutar de las Bodeguitas Antonio Romero
Para quienes deseen emular a la cantante y caer rendidos ante un Piripi, conviene saber algunas claves prácticas. Los horarios siguen el ritmo sevillano: de lunes a domingo, desde las doce del mediodía hasta las cuatro de la tarde, y de ocho de la tarde a medianoche. Durante los fines de semana y vísperas de festivos, es recomendable llegar temprano o armarse de paciencia, pues el local se abarrota con rapidez. No se admiten reservas, así que la mejor estrategia es presentarse con hambre y sin prisa.
El Piripi se pide directamente en la barra, aunque también se puede compartir mesa con otros comensales en los veladores altos. La mayoría de los clientes acompañan el montadito con una caña o un fino, pero hay quien prefiere un refresco o un mosto. La carta ofrece también raciones y medias raciones para quienes prefieran sentarse y desplegar un banquete más amplio. El ambiente, ruidoso y festivo, no invita a las confidencias, pero sí a la celebración cotidiana de la buena mesa.
Los precios resultan especialmente amables para el viajero: un par de montaditos y una bebida rara vez superan los diez euros. Esa relación calidad-precio, unida a la autenticidad del entorno, hace que muchos visitantes repitan antes de abandonar la ciudad. Y es que, como reza el dicho popular, «en Sevilla no se come, se tapea».
La receta de la eternidad: lo que hace grande a una tapa
Resulta tentador buscar el secreto de un plato como el Piripi en una fórmula mágica, en una especia traída de tierras lejanas o en una técnica culinaria revolucionaria. Pero lo cierto es que su grandeza reside en lo contrario: en la ausencia de artificio. Lomo, bacon, tomate y una salsa que, al fin y al cabo, es fruto del oficio y del tiempo. Nada que no se encuentre en cualquier cocina sevillana, pero ejecutado con la maestría que dan tres décadas de repetición y perfeccionamiento. Como suele decirse en el bar, «lo difícil no es inventar, sino mantener lo bueno». Y eso es justo lo que Antonio Romero ha conseguido.
En un panorama gastronómico cada vez más proclive a las fusiones y a los emplatados de autor, la resistencia de las bodeguitas clásicas tiene algo de acto reivindicativo. No es nostalgia vacía, sino la convicción de que ciertos sabores no necesitan etiqueta ni interpretación: solo necesitan ser saboreados. Eso fue lo que ocurrió aquella tarde de mayo con Rosalía, que se marchó del local con una sonrisa y una foto, pero también, y sobre todo, con el recuerdo de un bocado que supo a autenticidad.
Mientras Sevilla siga oliendo a azahar y a fritura, y haya barriles de manzanilla sobre mostradores de estaño, el Piripi de Antonio Romero continuará siendo ese bocado que, como le ocurrió a la cantante, convierte a cualquiera en un sevillano más por un instante. Un instante que, en el fondo, no se mide en minutos sino en el placer de morder la tradición.




