Arabia Saudí asiste esta semana como invitada principal al Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF), un evento que Rusia utiliza para proyectar influencia económica global. La imagen conjunta que ofrecerán los dos mayores exportadores de crudo del mundo —cada uno produce entre 9 y 10 millones de barriles diarios, más del 20% del total mundial— es el último capítulo de un acercamiento que está reconfigurando la gobernanza del mercado petrolero. Tras la salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP en mayo, el eje Riad‑Moscú se consolida como el verdadero centro de gravedad de la OPEP+.
Los números que sostienen la alianza
La dimensión exacta del poderío conjunto de Arabia Saudí y Rusia es la primera razón que explica la deriva del mercado. Las cifras que he contrastado dejan poco margen al debate:
- Arabia Saudí extrae entre 9 y 10 millones de barriles diarios, como miembro fundador de la OPEP.
- Rusia, que no forma parte de la OPEP, produce un volumen similar y está integrada en la alianza ampliada OPEP+ desde 2016.
- Esa suma representa más del 20% de la producción mundial de petróleo, un porcentaje que les otorga un control decisivo sobre la oferta.
- El cártel formal OPEP, incluso sin Emiratos, aún posee casi el 80% de las reservas probadas del planeta, aunque su peso en el bombeo diario se haya reducido por el shale estadounidense y las divergencias internas.
La OPEP+ ante la fractura del bloque árabe y el bloqueo de Ormuz
El pasado abril, Emiratos Árabes Unidos, tercer productor de la OPEP, anunció que abandonaría el grupo el 1 de mayo tras casi seis décadas. La decisión privó al cártel de uno de sus miembros con mayor capacidad ociosa y flexibilidad productiva, debilitando su capacidad de fijar precios. La salida coincide con un contexto geopolítico explosivo: el estrecho de Ormuz está efectivamente bloqueado por Irán —según confirman organismos internacionales—, lo que ha obligado a los compradores a buscar fuentes alternativas. Como me ha explicado Mark N. Katz, investigador superior no residente del Atlantic Council, en declaraciones recogidas por la cadena alemana DW:
“Los compradores occidentales y de otros países han estado dispuestos a aumentar sus compras de petróleo ruso sancionado para evitar un incremento drástico del precio, que perjudicaría sus economías domésticas.”
Esa necesidad ha reforzado el papel de Rusia como proveedor de último recurso, mientras Arabia Saudí, consciente del riesgo de un oversupply que deprima los precios, se apoya en Moscú para calibrar los recortes de producción. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó de “altamente simbólico” que Arabia Saudí sea el país invitado al SPIEF de 2026, en el centenario de las relaciones diplomáticas bilaterales.
Análisis: ¿alianza estratégica o matrimonio de conveniencia?
Lo que veo en el movimiento de Riad y Moscú no es un bloque ideológico, sino un pragmatismo energético que conviene a ambos por motivos distintos —y que muestra fisuras a medio plazo. Para Rusia, agobiada por las sanciones occidentales y con una flota fantasma que vende crudo con descuento, la coordinación con el mayor productor de la OPEP es una tabla de salvación financiera. Para Arabia Saudí, que ejecuta el plan Visión 2030 para diversificar su economía, el alineamiento con Moscú le garantiza influencia sobre los precios en un momento en que la demanda global crecerá 1,2 millones de barriles diarios en 2026 y 1,5 millones en 2027, según el informe mensual de la OPEP.
Sin embargo, las tensiones no han desaparecido. Arabia Saudí observa con desconfianza el respaldo ruso a Irán, y el Kremlin quiere asegurarse de que Riad no se sume al régimen de sanciones vinculado a Ucrania. Además, mientras la monarquía saudí persigue evitar una sobreoferta que erosione los precios del Brent en el largo plazo, Rusia necesita rellenar sus arcas en el corto. El propio Katz considera que la intensa cooperación saudí con Moscú podría ser, en parte, un mensaje para captar más atención de Washington, una táctica que Riad lleva practicando “intermitentemente desde los años setenta al menos”. El próximo hito a vigilar será la reunión ministerial de la OPEP+ del tercer trimestre: ahí se verá si el eje Riad‑Moscú es capaz de imponer una disciplina de cuotas que compense la ausencia emiratí y el riesgo de una demanda más floja.
🌍 El impacto en España y Europa
La reconfiguración de la oferta de crudo aterriza de forma directa en el bolsillo del consumidor español. Con el bloqueo de Ormuz y un cártel reforzado alrededor de Arabia Saudí y Rusia, la cotización del Brent se mantiene en una zona alta —por encima de los 85 dólares—; eso añade entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales a la inflación española, según estimaciones del Banco de España para un escenario energético tensionado. Un IPC más resistente retrasaría los recortes de tipos del BCE, y con ellos la bajada del euríbor a doce meses, que aún afecta a 4,2 millones de hipotecas a tipo variable. Para las empresas del IBEX con alta exposición energética (aerolíneas, químicas, siderurgia), el coste de los insumos y del transporte se encarece. España importa casi la totalidad del petróleo que consume; un barril estructuralmente caro amplía el déficit comercial y limita el margen de la política fiscal. La próxima reunión del BCE, en julio, observará con lupa la evolución del crudo para calibrar su hoja de ruta.




