19 restaurantes donde comer en Salamanca barato (y bien)

La ciudad del Tormes despliega una de las rutas de pinchos, tostas y raciones más generosas de Castilla y León, con propuestas que van de la jeta asada al lagarto ibérico sin que la cuenta supere los doce euros. Un recorrido por diecinueve direcciones que prueban que comer bien e

El aroma de las patatas meneás —ese plato humilde de la cocina charra que mezcla patata cocida, pimentón y torreznos— se escapa por la puerta entreabierta del Bar La Viga mientras los primeros comensales se arremolinan en la barra. Son apenas las doce de la mañana y la ciudad de Salamanca ya huele a tapeo. En la calle Consuelo, a un paso de la Plaza Mayor, un camarero coloca la primera tanda de jetas asadas sobre el mostrador de acero, y el tintineo de las cañas recién tiradas anuncia que el ritual gastronómico más arraigado de la capital charra está a punto de empezar.

Comer bien en Salamanca sin que la cuenta duela es un deporte que los salmantinos practican a diario. Basta con saber moverse entre los bares de siempre y dejarse aconsejar por quienes llevan décadas detrás de la barra para descubrir que la ciudad del Tormes esconde una de las rutas de pinchos, tostas y raciones más generosas de Castilla y León. Esta guía reúne diecinueve establecimientos —repartidos entre el centro histórico, el barrio de Van Dyck y otras zonas menos turísticas— donde se puede comer por entre ocho y doce euros, a veces menos, y salir con la sensación de haber tocado la esencia de Salamanca con el paladar.

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Qué significa comer barato en Salamanca

Conviene aclarar el concepto. En esta guía se entiende por «comer barato» la posibilidad de saciarse con producto de calidad por una horquilla que va de los ocho a los doce euros. La forma más eficaz de moverse en ese margen es apostar por el pincho, la tosta o la media ración, el formato en el que la hostelería salmantina despliega su mejor versión. Quien prefiera la comodidad del menú del día también encontrará al final del recorrido unas cuantas direcciones que mantienen la propuesta por debajo de los doce euros. Y para quienes quieran cerrar la experiencia con algo dulce, se incluyen las heladerías que merecen la visita y algún rincón donde tomar un café con un postre a la altura.

Los imprescindibles del centro: pinchos, tradición y Plaza Mayor

El casco histórico de Salamanca no está reñido con los precios ajustados. Bajo los soportales de la Plaza Mayor, subiendo unas escaleras que parecen sacadas de una novela de intriga, aguarda el Mesón Cervantes (Plaza Mayor, 15). Aquí la caña y el pincho —grande, generoso— se pagan a 4,50 euros, y los huevos rotos, las tostas con queso de cabra y el pincho de cachopo son la santísima trinidad que conviene no saltarse. Con dos pinchos de este calibre se cierra un almuerzo más que digno mientras se escucha, de fondo, el bullicio de la plaza más bella de España.

A apenas dos calles del Mercado Central, El Patio Cordobés (Calle Pozo Amarillo, 7) traslada al viajero a los patios andaluces con una barra repleta de referencias a la casquería. Pincho más cerveza por 3 euros. Sus croquetas merecen el paseo desde el otro extremo de la ciudad. Quien quiera asomarse a uno de los platos más castizos de Salamanca debe reservar sitio en el Bar La Viga (Calle Consuelo, 14). La jeta asada —pieza gelatinosa y sabrosa del cerdo— es la estrella indiscutible de una casa que por 3 euros sirve caña y pincho. Tres medias raciones entre dos personas bastan para armar una comida completa sin que la cartera se resienta.

En la Plaza de la Libertad, La Pitera (número 4) rompe el molde del bar tradicional con un formato sin servicio de mesa pero con una carta que va de las tostas y chapatas —2,20 euros— a los risottos y las cervezas de importación, todo a precios que descolocan por lo ajustados. A cincuenta metros, en la calle Bordadores, El Minutejo (número 21) despliega su catálogo de montaditos y tostas a 2,40 euros; el ritual de marcar con un lápiz lo deseado en un papel y entregárselo al camarero ya es parte de la experiencia. Muy cerca de la Universidad, El Bardo (Calle de la Compañía, 8) mantiene viva la tradición del pincho variable —menos de 3 euros con cerveza— que cambia cada día según mercado, con los huevos rotos y la casquería como apuesta recurrente.

Las tostas son un género en sí mismo en Salamanca, y en La Taberna de Dionisios (Calle Íscar Peyra, 16) alcanzan su máxima expresión. Entre 2 y 3 euros, las hay normales, especiales y supreme, y la jugada ganadora es pedir una tabla surtida para dos personas: la Tosta Babiana, la de morcilla y la de setas con jamón forman un trío difícil de batir. En la calle Serranos, La Taberna de Ángel (número 20) es el refugio de la clientela universitaria que sabe que por 2,90 euros la caña viene acompañada de una tapa que puede ser desde unas chapatitas de calamares hasta un sorprendente pad thai salmantino.

La calle Rúa Mayor guarda un tesoro para los carnívoros: La Mariseca (número 4). Su pincho de lagarto ibérico —nada de reptiles: es una pieza tierna del cerdo— se ha ganado una fama que trasciende la ciudad. Por menos de 3 euros, caña y pincho, se convierte en una de las paradas más rentables del tapeo salmantino. Y en la Plaza de San Juan Bautista, Bar Segundo (número 10) es, para una legión de fieles, el templo de las patatas bravas. Conviene pedir la ración grande —6 euros— directamente: la salsa brava charra, más espesa y menos picante que la que se estila en otras ciudades, divide opiniones pero crea adicción.

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Van Dyck: el barrio donde el pincho se hace grande

A diez minutos a pie de la Plaza Mayor, el barrio de Van Dyck concentra la mayor densidad de bares por metro cuadrado de Salamanca. La calle que le da nombre y sus aledañas forman un ecosistema propio donde la relación calidad-precio alcanza cotas que asombran al forastero. Aquí no hay truco: los alquileres son más bajos que en el centro y la competencia obliga a afinar el producto.

En el número 55 de la calle Van Dyck, La Parrilla de Isma es un negocio familiar que maneja la parrilla con la solvencia de quien lleva años sometiendo al fuego las mejores piezas de la provincia. Por 3,20 euros, caña y pincho grande, Isma sirve un pincho moruno y unas carrilleras que han creado legión. La recomendación local es pedir dos pinchos y una ración para compartir. A pocos metros, en la calle Alfonso de Castro, Blanco y Negro (número 8) reivindica la tosta a la plancha desde 1,70 euros; su creación más célebre, «El Petete», congrega colas que obligan a madrugar o a armarse de paciencia.

La jeta vuelve a aparecer en el mapa de Van Dyck de la mano de El Patio de la Abuela (Calle Salesas, 2), otro clásico donde la ración de este emblema charro se sitúa en 7 euros y las tostas arrancan en 1,60. El dato: es uno de esos sitios donde el comensal primerizo mira con recelo el plato y, tras el primer bocado, pide la segunda ronda. Mucho más veterano es el Bar Santi (Calle Fernando de Rojas, 12), con más de medio siglo de historia que se nota en la solera de su barra. Los pinchos parten de 1,40 euros y las tostas desde 1,70; los domingos y festivos la chanfaina —guiso de sangre y menudos— entra en escena y el pincho moruno nunca abandona la alineación.

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El Figón Charro (Calle Alfonso de Castro, 28) es un gigante con terraza que, pese a su tamaño, se llena sin remedio. La explicación está en unas tostas que arrancan en 1,70 euros —las de chipirones y pluma ibérica son las que mandan— y una oferta de raciones que convierte el local en comedor improvisado a cualquier hora. Para cerrar la ruta de Van Dyck, La Fresa (Calle Van Dyck, 8) eleva ligeramente el presupuesto —tapas desde 2,80 euros, tostas desde 2,20— pero lo justifica con elaboraciones de mayor vuelo, como la tosta de bacalao á bras o la de solomillo con queso brie que rinden culto a la creatividad sobre pan.

Fuera del radar: tres paradas que merecen la caminata

Más allá de los circuitos previsibles, Salamanca esconde refugios que recompensan a quien se aleja del centro. En la zona del Campus Unamuno, a metros de la estación de autobuses, la Cafetería Cayros (Calle Navasfrías, 8) no se deje engañar por su rótulo: dentro palpita un bar de toda la vida donde los callos y los montaditos a la plancha mandan sobre cualquier carta de cafés. Por 2,80 euros, caña y pincho, y con tres rondas se cierra la comida. En el barrio de Garrido, El Leyma (Avenida de los Cedros, 30) es toda una institución para los que crecieron entre sus montaditos: el picante Leyma y el corral son los que todo el mundo pide, y por menos de 3 euros la caña con pincho, la ecuación es imbatible.

El Barrio del Oeste, alternativo y creativo, huele a arte urbano y a cocina sin complejos. En Bar Manzano (Calle Profesor Sáez, 14), la barra combina pinchos tradicionales —crestas de gallo, casquería de toda la vida— con versiones modernas como el bacalao en tempura. La caña y el pincho se mantienen por debajo de los 3 euros, y el ambiente tiene ese punto desenfadado que convierte una comida rápida en una pequeña experiencia.

Cuando el cuerpo pide menú del día

No todo va a ser tapeo. Hay jornadas en las que el viajero necesita sentarse a mesa puesta, con primero, segundo, postre y café, sin que la cuenta descarrile. Salamanca ofrece varias direcciones que mantienen el menú del día por debajo de los 12 euros. En la propia zona de Van Dyck, Mesón Los Faroles (Calle Van Dyck, 26) sirve un menú entre semana por 11 euros, con la solvencia de un clásico de barrio. Junto al Campus Unamuno, El Pícaro (Paseo Francisco Tomás y Valiente, 1) baja el listón a los 7 euros y se convierte en el comedor oficioso de la comunidad universitaria: no es la cafetería de la facultad, pero funciona como si lo fuera. En el Barrio del Oeste, Bar Extremeño (Calle Fray Luis de Granada, 5) sitúa su menú en 11 euros; y en el centro, La Pitera —ya mencionada— ofrece menú a 8,95 euros, aunque conviene saber que los platos no son especialmente abundantes.

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El broche dulce: helados y cafés de sobremesa

Después de tanto pincho y tanta tosta, el cuerpo pide azúcar. Y Salamanca responde con dos heladerías que compiten en excelencia. Umami elabora helados italianos con una textura sedosa y sabores que van del pistacho siciliano a la fruta de temporada; quienes la frecuentan sostienen que son los mejores de la ciudad, y la cola que se forma en verano les da la razón. Muy cerca, Heladería Sirvent —con varias ubicaciones en la ciudad— mantiene la tradición de los helados artesanos de siempre, con el turrón y el mantecado como bandera. Para cerrar con un café, los soportales de la Plaza Mayor y las callejuelas aledañas ofrecen decenas de terrazas donde alargar la sobremesa mientras la piedra de Villamayor se tiñe de dorado con la luz de la tarde.

Salamanca despliega su generosidad también en la mesa. Basta con alejarse un par de calles de los circuitos más turísticos, aceptar el consejo del camarero y dejarse llevar por el ritmo del pincho para entender que la ciudad Patrimonio de la Humanidad también lo es del buen comer a precios sensatos. La jeta, el lagarto, las patatas bravas, las tostas a la plancha y los montaditos son solo la puerta de entrada a una cultura gastronómica que se saborea de barra en barra, sin prisas y con el Tormes como testigo silencioso.


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