He seguido de cerca la evolución de la disposición que el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos ha incluido en el borrador de la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) para el año fiscal 2027. La iniciativa, bautizada como United States-Israel Defense Technology Cooperation Initiative, busca entrelazar de forma irreversible las industrias militares de ambos países. Lo que veo en este movimiento no es una simple ampliación de la ayuda militar: es un cambio estructural que transformará la cadena de suministro global de defensa.
La Sección 224: un giro desde la ayuda a la simbiosis industrial
La Sección 224 del borrador obliga al secretario de Defensa a designar un único responsable —un executive agent— para coordinar la cooperación militar bilateral. Su mandato abarca desde la investigación y desarrollo conjuntos hasta la producción compartida de armamento y la interconexión de sistemas y datos. Hasta ahora, la colaboración se centraba en sistemas defensivos como la Cúpula de Hierro. La nueva propuesta extiende el trabajo común a la inteligencia artificial, los drones y las operaciones cibernéticas, áreas que definen la guerra moderna.
El presupuesto de defensa de 2027 aún debe superar el trámite del comité —cuya revisión está prevista para principios de junio—, y luego el pleno de la Cámara y el Senado. Pero el respaldo bipartidista de sus promotores, el republicano Mike Rogers y el demócrata Adam Smith, sugiere que la integración militar cuenta con un apoyo político sólido, incluso cuando las encuestas muestran un creciente rechazo entre los votantes de ambos partidos a un mayor respaldo militar a Israel.
Dependencia estratégica y el peso de la industria israelí
Los críticos advierten de que esta simbiosis industrial otorgaría a Israel un acceso sin precedentes a tecnología estadounidense y le daría una influencia extraordinaria sobre las prioridades de defensa de Washington. Josh Paul, exfuncionario del Departamento de Estado y fundador del grupo A New Policy, lo expresó con claridad en un vídeo difundido el viernes:
‘Lo que el Congreso intenta hacer ahora es encontrar formas de arraigar la relación tan profundamente en la propia base industrial de defensa de Estados Unidos que sea imposible deshacerla. Una nueva sección de la ley daría a Israel un acceso sin precedentes a la tecnología estadounidense y obligaría al Ejército de Estados Unidos a integrar tecnologías de defensa israelíes en nuestra propia cadena de suministro crítica, otorgando a Israel una palanca increíble sobre las prioridades de defensa de Estados Unidos.’ — Josh Paul, fundador de A New Policy, 30 de mayo de 2026
El contexto geopolítico añade tensión. En febrero, fuerzas estadounidenses e israelíes atacaron conjuntamente Irán, desencadenando cinco semanas de guerra y represalias iraníes contra bases de Estados Unidos en el Golfo, antes del alto el fuego alcanzado en abril. Israel, además, enfrenta acusaciones de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia por su ofensiva sobre Gaza. Esta integración militar se produce en un momento en que la relación bilateral se redefine: el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha manifestado su deseo de que Israel deje de depender de la ayuda militar estadounidense en un plazo de diez años, argumentando que el país ‘ha alcanzado la madurez’. Una cooperación industrial más estrecha encaja con ese objetivo, ya que sustituye transferencias de efectivo —3.800 millones de dólares anuales hasta 2028— por una interdependencia tecnológica que refuerza a ambas partes.
El impacto en España y Europa
Para la industria europea de defensa, la iniciativa supone un desafío competitivo. Si las empresas israelíes acceden a tecnología punta estadounidense y codesarrollan sistemas que luego se integran en la cadena de suministro global, los grandes consorcios europeos podrían ver reducido su margen de influencia en contratos multinacionales y en el desarrollo de capacidades autónomas. La Unión Europea lleva años impulsando la autonomía estratégica en defensa, pero esta integración transatlántica profundiza un eje Washington-Tel Aviv que puede dejar a Bruselas en un segundo plano. Para España, el impacto directo es limitado, pero refuerza la presión sobre el Gobierno para acelerar las inversiones comprometidas en el Plan Industrial de Defensa y para definir su posición en proyectos como el FCAS, que buscan precisamente una capacidad europea soberana frente a la dependencia de terceros.
Lo que observo, en definitiva, es un cambio de naturaleza en la alianza militar más estrecha del mundo: de la asistencia financiera a la fusión industrial. El desenlace en el Congreso en las próximas semanas determinará si esta apuesta por la codependencia se convierte en norma o queda en un intento fallido. Los inversores y las empresas del sector armamentístico harán bien en seguir de cerca cada voto.




