Mario Alonso Puig (71), cirujano y escritor, sobre la salud mental: “El 80% de las preocupaciones de las personas nunca llegan a materializarse”

El cirujano Mario Alonso Puig señala que, ante la alta incidencia de la ansiedad, el entrenamiento de la positividad y la escritura consciente son herramientas científicas clave para frenar el daño físico que provocan las preocupaciones imaginadas.

La Organización Mundial de la Salud calcula que una de cada cuatro personas ha experimentado algún trastorno de ansiedad. Un dato que Mario Alonso Puig, cirujano, escritor y referente en salud mental y desarrollo humano, no le sorprende. Lo que sí le resulta revelador es su reverso: «El 80% de las preocupaciones de las personas nunca llegan a materializarse», asegura. El problema, dice, no es que el miedo exista. Es que vivimos como si siempre fuera a cumplirse.

Alonso Puig reconoce haberse visto reflejado en perfiles como el de quienes arrastran pensamientos catastrofistas desde la infancia. Él mismo, confiesa, fue durante años una persona con tendencia al pesimismo. Lo que aprendió después, tanto en quirófanos como en laboratorios de neurociencia, le cambió la manera de entender la salud mental.

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El cerebro que nace preparado para el miedo

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El punto de partida no es psicológico, sino neurológico. El profesor Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin, demostró mediante electroencefalografías en bebés que existen diferencias innatas en la forma en que cada cerebro procesa la incertidumbre. Quienes nacen con mayor activación en la corteza prefrontal izquierda tienden al optimismo; quienes la tienen en el hemisferio derecho perciben el entorno como amenaza antes que como oportunidad. No es carácter ni voluntad: es arquitectura cerebral.

Eso no implica que esa arquitectura sea inmutable. La neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso para formar nuevas conexiones, abre una puerta que Alonso Puig defiende con énfasis: el pensamiento positivo se puede entrenar. Y también, advierte, se puede entrenar lo contrario.

«Todo lo que nosotros pensamos tiene una expresión en lo que sentimos y en lo que sucede en nuestro cuerpo», explica el cirujano, desmontando el dualismo cartesiano que durante siglos separó mente y materia. Los experimentos que cita lo confirman: la forma de pensar altera la tensión arterial, los niveles hormonales, la glucosa en sangre y la actividad de regiones cerebrales concretas. La salud mental y la salud física, en ese sentido, no son dos compartimentos distintos.

La pediatra Lucía Galán lo ilustra de forma práctica con su propio hijo: cuando el niño anticipaba el fracaso ante una tarea escolar, le sudaban las manos, se le aceleraba el corazón y se le secaba la boca. Síntomas físicos reales provocados por un pensamiento imaginado. Alonso Puig asegura que «la angustia es esa mente catastrofista que proyecta constantemente problemas y, simultáneamente, la incapacidad para resolverlos».

Salud mental: Pensar en positivo no es ignorar el problema

Salud mental: Pensar en positivo no es ignorar el problema
Fuente Freepik.

Aquí es donde Alonso Puig introduce un matiz que considera fundamental para la salud mental. El pensamiento positivo ha sido tan mal usado que se ha convertido en su propio enemigo. Hay una diferencia enorme entre mantener la calma y la esperanza ante una dificultad y sustituir la consulta médica por la autosugestión. «Se ha abusado mucho del concepto del pensamiento positivo», advierte, «y agarrarse a una salida fácil tiene consecuencias desastrosas». Pensar en positivo no exime de buscar ayuda profesional; debería acompañarla.

El efecto nocebo, mucho menos conocido que el placebo, ilustra la otra cara del problema. Mientras el placebo demuestra cómo la mente puede generar cambios fisiológicos favorables, el nocebo describe lo que sucede cuando el pensamiento se vuelve disfuncional de forma sostenida. No es la tristeza ante una pérdida lo que daña, señala Alonso Puig, sino el relato que construimos sobre ella.

«No es la emoción inicial, sino el pensamiento que la acompaña lo que determina que empiece a haber daño físico«. La diferencia entre sentir que hoy no quieres salir de casa y convencerte de que nunca cambiarás es, literalmente, una diferencia fisiológica.

Para trabajar ese relato, el cirujano recurre a una herramienta tan antigua como efectiva: la escritura. Un neurólogo de Nueva York que estudia el alzhéimer observó en una congregación de monjas longevas dos factores que reducían la probabilidad de deterioro cognitivo. Uno era escribir diariamente. El otro era hacerlo con connotación positiva, aunque el día hubiera sido duro.

La corteza prefrontal izquierda, vinculada a las emociones positivas, se activa al verbalizar por escrito lo que se siente. El diario, en ese marco, no es un recurso de autoayuda: es neurociencia aplicada a la salud mental cotidiana.


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