200.000 empresas alemanas desaparecieron en un solo año. La cifra más alta desde 2011 y un 16% por encima del anterior. Marc Vidal asegura que no quebraron por la pandemia, sino porque ya no podían pagar la factura de la luz. Y eso es solo el síntoma de una enfermedad mucho más profunda.
El motor alemán se para
El creador del canal explica que Alemania ha encadenado cinco trimestres consecutivos de contracción de su PIB. En 2023 cayó un 0,3% y en 2024 un 0,2%. No es una mala racha, advierte Vidal: es una economía que ha dejado de funcionar. Para entenderlo, dibuja tres líneas desde 2015: el consumo público se ha disparado, la inversión privada lleva una década plana y el PIB total se sostiene artificialmente por el gasto del Estado. El sector privado, dice, mira hacia otro lado mientras el Bundesbank ya reconoce que el gasto público será el principal motor de crecimiento a partir del segundo trimestre de este año.
Las cuatro causas del apagón industrial
Vidal identifica cuatro motivos que explican por qué las empresas alemanas han dejado de invertir en su propio país. El primero es la energía: Alemania cerró sus centrales nucleares y dependía del gas ruso. Cuando ese suministro se cortó, la industria se quedó sin la energía barata que la sostenía. Hoy, los precios eléctricos industriales alemanes están entre los más altos del mundo desarrollado. Grandes grupos como Basf ya trasladan inversiones fuera. El segundo es la regulación asfixiante: un cuerpo normativo europeo que crece a un ritmo imposible de absorber sin perder competitividad. El tercero es la demografía: Alemania envejece y la inmigración que recibe no cubre los huecos en los sectores productivos clave por falta de cualificación. El cuarto y más interesante, según su analisis detallado, es la respuesta política: el nuevo canciller aprobó en marzo de 2025 un giro fiscal histórico con 500.000 millones de euros en infraestructuras y un déficit proyectado del 4% del PIB para este año. Más Estado sustituyendo al sector privado.
“El Estado es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a costa de todo el mundo”.
— Marc Vidal, citando a Frédéric Bastiat
El falso sustituto español
Frente a la caída alemana, se escucha que España puede ser el nuevo motor europeo. Vidal desmonta ese relato con datos. Crecimos un 3,5% en 2024 y un 2,8% en 2025, pero el crecimiento es extensivo: más empleo, no más producción por trabajador. La productividad por persona empleada está estancada; la productividad por hora trabajada incluso cayó. Desde 2019, el PIB per cápita apenas ha mejorado mientras que la población ha sumado 8 millones de personas gracias a la inmigración. Esa incorporación masiva se ha concentrado en sectores de baja productividad como la hostelería, la agricultura o los cuidados. El Real Instituto Elcano ha documentado que, con más oferta de trabajadores poco cualificados, las empresas tienen menos incentivos para invertir en tecnología e innovación. Así, la brecha de riqueza con nuestros socios europeos se amplía: entre 2000 y 2022, el PIB per cápita español creció 12.300 euros, frente a los 20.400 de Alemania o los 30.800 de Países Bajos. Competir por costes laborales, repite Vidal, produce sociedades pobres con mucha gente en servicios de escaso valor.
El turismo, que aportó cerca de 260.000 millones al PIB en 2025, tampoco es un colchón seguro. El 13% de los turistas internacionales que visitan España son alemanes, justo el país que se hunde industrialmente. Cuando el desempleo alemán suba y los hogares recorten gasto, los primeros viajes que se cancelarán, advierte el analista, serán los de la costa española. Eso pondrá a prueba un modelo hotelero para el que nadie se está preparando. Y aunque Inditex demuestre que España puede crear campeones mundiales, sigue siendo un negocio de bajo contenido tecnológico: ropa, no chips ni inteligencia artificial. El Fondo Monetario Internacional constató en junio de 2025 que la brecha de PIB per cápita de España se debe a un déficit de productividad y a empresas que nacen pequeñas y no escalan.
Las cartas que Europa no juega
Sin embargo, Vidal señala que Europa posee palancas geoeconómicas reales que simplemente ha decidido no usar. El Geostrategic Europe Task Force identificó 41 productos estratégicos en los que China depende de importaciones europeas en más del 80% de su oferta mundial, y 67 productos en el caso de Estados Unidos. Hablamos de materiales farmacéuticos activos, insulina, máquinas de litografía ultravioleta extrema como las que fabrica ASML en Países Bajos para los chips más avanzados. La restricción de esas exportaciones a China en 2019 y 2023 fue efectiva y bloqueó el avance de Pekín durante tres años, pero la decisión la tomó Washington, no Bruselas. Europa tiene las fichas, pero no sabe jugarlas.
El informe Relearning the Language of Power resume el problema: la Unión lleva una década invirtiendo en soberanía para reducir vulnerabilidades, confundiéndola con el poder real que modifica los cálculos de los demás. El efecto Bruselas, esa capacidad de imponer normas al mundo, se ha quedado sin músculo porque los demás ya no aceptan las reglas comunes. El diagnóstico de Mario Draghi en 2024 fue contundente: la brecha tecnológica explica el menor crecimiento de la productividad europea. Proponía invertir 800.000 millones anuales en innovación, defensa y energía. Pero un año y medio después, solo el 11% de sus 383 recomendaciones están en marcha. Mientras, Estados Unidos produjo en 2025 unos 40 grandes modelos fundacionales de inteligencia artificial, China unos 15 y la Unión Europea apenas 3. En el continente que inventó la ilustración, la termodinámica y la mecánica cuántica, eso es una anomalía, subraya Vidal.
¿Superioridad moral o parálisis real?
La respuesta, para el creador, está en una Europa que se moraliza mientras se vacía. Una docena de marcos normativos digitales regulan una industria que mayoritariamente no es europea. Y en plena negociación del presupuesto plurianual 2028-2034, los 27 discuten sobre cohesión y reparto, mientras el fondo de competitividad genera resistencias porque otorgaría más discrecionalidad a la Comisión. Cada gobierno guarda su ficha nacional, mientras quienes sí saben jugar el tablero negocian capital a capital sin encontrar jamás una posición consolidada. Vidal cierra con una idea optimista: todas esas cartas existen y aún podrían ponerse en marcha. Pero lanza una pregunta inquietante: ¿cuánto vale la superioridad moral sin energía propia, sin chips, sin modelos de IA y sin capacidad militar autónoma?
Nada de esto depende del ciudadano, admite, pero sí podemos hacer dos cosas pequeñas. Primero, no creernos el relato de los nuevos motores europeos, porque el español está dopado por la demografía y el turismo, y depende de la cartera alemana que pronto se resentirá. Segundo, entender que el problema no se arregla con más Europa de la misma, sino con una Europa de verdad que construya soberanía factura a factura, fábrica a fábrica, chip a chip. Lucidez frente al mar, frente a la Torre de Hércules, para conquistar nuestro propio futuro, concluye el autor.




