Navantia ha presentado esta semana el LASV 75, un buque de superficie autónomo no tripulado diseñado para la Armada española. El anuncio confirma la apuesta decidida de la industria de defensa nacional por los drones navales, un segmento en el que España busca posicionarse con tecnología propia y proyección exportadora.
El acto de presentación, celebrado en las instalaciones de la compañía en Ferrol, sirvió para mostrar una maqueta a escala del que será el primer gran buque autónomo de combate desarrollado íntegramente en España. Aunque Navantia mantiene la cautela sobre las especificaciones finales, fuentes del sector consultadas por esta redacción aseguran que la eslora rondará los 75 metros —de ahí la denominación— y que contará con un diseño modular capaz de albergar desde sensores de inteligencia electrónica hasta misiles ligeros o drones aéreos.
Un buque no tripulado para la Armada híbrida del futuro
El concepto detrás del LASV 75 encaja en la doctrina de la Armada híbrida que el Ministerio de Defensa viene perfilando desde hace dos años. La idea es sencilla sobre el papel: combinar fragatas y destructores tripulados con enjambres de unidades no tripuladas que amplíen la capacidad de vigilancia, multipliquen las plataformas de ataque y reduzcan el riesgo para las dotaciones humanas.
En la práctica, un buque como el LASV 75 puede operar como nodo de reconocimiento adelantado, perturbar comunicaciones enemigas o lanzar munición merodeadora contra blancos costeros sin exponer a un solo marinero. Según el Jefe del Estado Mayor de la Armada, que ha seguido de cerca el proyecto, la integración de estas unidades en la flota permitirá a España “multiplicar la presencia naval con un coste operativo inferior al de las fragatas convencionales”.
La autonomía del sistema es otro de los puntos fuertes. Los ingenieros de Navantia han trabajado en un sistema de navegación inteligente que aprende de las condiciones del entorno marítimo, un avance que la empresa ya ha probado en modelos más pequeños como el USV Vendaval, presentado en 2024. El LASV 75 escalará esa tecnología hasta un buque de combate real.
El impulso a la industria de defensa y la competencia europea
Con el LASV 75, Navantia entra de lleno en un mercado que mueve miles de millones de euros al año. La consultora Janes estima que el gasto mundial en sistemas navales no tripulados superará los 45.000 millones de dólares en 2030, y Europa acelera sus programas para no quedarse atrás. Reino Unido ya cuenta con el Madfox y el Apollo; Francia avanza con el Espadon de Naval Group, y Alemania prepara sus propias plataformas.
En ese contexto, el proyecto español tiene un valor estratégico que va mucho más allá de la propia Armada. “El LASV no es solo un prototipo: es la tarjeta de presentación de Navantia para competir en licitaciones internacionales”, explica un analista del sector que prefiere mantener el anonimato. El astillero público ya ha mantenido conversaciones preliminares con armadas de Oriente Medio y el Sudeste Asiático interesadas en drones de superficie de bajo coste pero alta letalidad.
Para España, el programa también supone un espaldarazo a su base industrial. Subcontratas de sistemas de combate, comunicaciones y propulsión recaerán previsiblemente en empresas como Indra, Sapa Placencia o Tecnobit, reforzando un ecosistema que factura más de 12.000 millones de euros al año y emplea a 100.000 personas.
El Gobierno se ha comprometido a alcanzar el 2% del PIB en gasto en defensa antes de 2029, y programas como el LASV justifican ese incremento ante la opinión pública. No se trata de comprar más tanques, sino de invertir en capacidades diferenciales que generen retorno industrial y exportador.

Carrera global de drones navales: el reto estratégico para España
La guerra de Ucrania ha acelerado como ningún otro conflicto la maduración de los vehículos no tripulados en el mar. Los ataques ucranianos con USV cargados de explosivos contra la Flota del Mar Negro demostraron que un enjambre de drones puede cambiar las reglas del juego táctico frente a una armada convencional. El LASV 75, sin embargo, apunta a un escalón superior: el de los grandes buques autónomos con capacidad de combate multidominio.
Aquí es donde la ambición del proyecto choca con los retos técnicos y legales. La inteligencia artificial a bordo debe ser capaz de discernir entre un pesquero civil y una lancha hostil sin supervisión humana directa, una decisión ética y jurídica que aún no está resuelta en el ámbito OTAN. Además, la fiabilidad de los sistemas de comunicación en entornos con interferencias electrónicas obligará a probar el LASV durante miles de horas de mar antes de cualquier despliegue operativo.
Con todo, el movimiento de Navantia es inteligente. En un momento en que el compromiso de España con el gasto en defensa —situado en el 1,28% del PIB en 2025— empieza a generar tensiones en la Alianza, contar con un programa autóctono de buques autónomos permite defender la hoja de ruta industrial sin que parezca una mera subida del gasto en «fierros» tripulados. La pregunta no es si la Armada necesita este tipo de buques, sino si llegará a tiempo de integrarlos antes de que el escenario geopolítico le pase por encima.
El primer prototipo del LASV 75 no verá el mar hasta 2028, según el cronograma que maneja el astillero. Pero cuando lo haga, España habrá dado un paso que muy pocos países han conseguido hasta ahora: poner en el agua un buque de combate autónomo de tamaño real diseñado y fabricado en casa. El camino es largo, pero el primer paso está dado. Y en defensa, quien da el primer paso suele marcar el ritmo de los demás.




