Jordi Segués (41), especialista en negocios: “Creemos que poseemos nuestras cosas, pero nuestras cosas son las que nos poseen”

El especialista en negocios Jordi Segués analiza cómo el efecto Diderot transforma compras simples en espirales de consumo. Desde un iPhone hasta un Porsche, explica por qué las cosas redefinen nuestra identidad y disparan gastos invisibles que erosionan las finanzas personales.

Entras a comprar un iPhone. Sales con un cargador, una funda de cuero y unos auriculares inalámbricos. La compra de mil euros se ha convertido en mil quinientos antes de que hayas llegado a casa. Jordi Segués, especialista en negocios, psicología del consumidor y estrategia de marca, tiene un nombre para lo que acaba de ocurrirte: el efecto Diderot.

Y lo que más le interesa de ese fenómeno no es la anécdota histórica que lo origina, sino su vigencia en la economía cotidiana. «Creemos que poseemos nuestras cosas, pero nuestras cosas son las que nos poseen», afirma Segués, que lleva años analizando los mecanismos psicológicos que mueven las decisiones de compra y sus consecuencias sobre las finanzas personales y los negocios.

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El filósofo que perdió todo por una bata

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La historia que da nombre al fenómeno ocurrió en Francia en 1765. Denis Diderot, cofundador de la Enciclopedia y una de las mentes más brillantes de su tiempo, vivía en la pobreza. Caminaba sobre alfombras gastadas, escribía en una silla inestable y vestía ropa vieja. Era feliz con eso. Entonces, la emperatriz Catalina la Grande le compró su biblioteca por una suma considerable y, de repente, Diderot tuvo dinero.

Lo primero que hizo fue comprarse una bata escarlata, una prenda de lujo. Cuando se la puso y se miró en el espejo, el escritorio rayado que tenía delante empezó a molestarle. Lo cambió por una mesa de caoba. La caoba hizo que la alfombra pareciera un trapo. La nueva alfombra dejó en evidencia las cortinas. Las cortinas, la silla. Meses después, Diderot volvía a estar arruinado. Y escribió un ensayo recordando su vieja bata: «Era el dueño absoluto de mi vieja bata, pero me he convertido en esclavo de la nueva».

Segués usa esta historia no como curiosidad histórica sino como manual de lo que ocurre a diario en millones de decisiones de compra. El objeto que llega nuevo actúa como ancla: establece un nuevo estándar y todo lo que queda por debajo de él genera tensión psicológica. Para aliviar esa tensión, se compra más. Lo que parecía una decisión aislada desencadena una reacción en cadena que los negocios, conscientes de ello, han aprendido a explotar con precisión. «El marketing moderno está diseñado para activar el efecto Diderot», explica Segués.

Negocios: La identidad que se compra y el coste que nadie calcula

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Fuente: agencias

El efecto tiene una dimensión que va más allá del gusto estético. Segués señala que en el fondo de cada espiral de consumo hay una necesidad de coherencia identitaria. Cuando alguien compra unas zapatillas de running de alta gama, no compra solo un calzado: adopta la identidad del corredor. Y esa identidad tiene exigencias. La camiseta técnica. Los pantalones de compresión. El reloj con GPS. «No has comprado unas zapatillas: has comprado toda una identidad«, resume el especialista.

Lo mismo ocurre cuando alguien estira el presupuesto para comprar un coche de lujo. El vehículo se convierte en el objeto ancla que redefine el nivel de referencia de toda la vida del propietario. El vestuario ya no encaja. El destino de vacaciones tampoco. Las maletas tampoco. Cada mejora genera insatisfacción con lo que había antes y que, hasta ese momento, funcionaba perfectamente. Segués advierte de algo que resulta contraintuitivo pero que los negocios entienden bien: las mejoras, en muchos casos, son empeoramientos disfrazados. Quien tiene un sofá blanco nuevo deja de vivir en su propio salón porque lo ha convertido en un objeto que proteger.

El error más común, en su opinión, es calcular el coste de las cosas de forma aislada. Nadie pregunta cuánto cuesta el sistema, solo cuánto cuesta el producto. Una reforma de cocina de diez mil euros termina en treinta y cinco cuando la nevera nueva hace que el suelo parezca viejo y el suelo nuevo hace que el salón parezca anticuado. El presupuesto inicial era razonable. El coste de la reacción en cadena no estaba en ningún papel.

Para romper ese patrón, Segués propone dos herramientas. Por un lado, está el anticipar la cadena antes de cualquier compra relevante, calcular el coste total del sistema y preguntarse si se puede asumir ese número real, no el de la etiqueta.

Además, destaca el mantener bajos los objetos ancla, los que se ven desde fuera. Conducir un coche más modesto de lo que el bolsillo permitiría. Llevar un reloj sencillo. Cuando los símbolos de estatus son discretos, nadie espera nada y la presión de mantener la coherencia desaparece. Una identidad de bajo mantenimiento, concluye Segués, es el activo más rentable que existe en las finanzas personales y, en última instancia, en cualquier estrategia de negocios sostenible a largo plazo.


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