Shotta (41), rapero: “Las drogas fueron el amor de mi vida; eso me enseñaron en terapia”

El rapero Shotta reconstruye su descenso a las adicciones, el ingreso en un centro terapéutico y la recuperación que aún sostiene día a día. A los 41 años, admite que las drogas ocuparon durante décadas el lugar emocional más importante de su vida.

Ignacio González Rodríguez, conocido en el mundo del hip-hop como Shotta, grabó uno de los discos más celebrados del rap español con apenas 16 años. Y hace casi tres décadas que ingresó en un centro de adicciones. Entre esos dos momentos hay dos décadas de consumo, una enfermedad que lo llevó al límite y una recuperación que todavía trabaja cada día.

La historia de Shotta no es la de alguien que cayó de golpe en el mundo del consumo y las drogas. Es la de alguien que fue cayendo despacio, con la sensación durante años de que todavía controlaba.

Publicidad

Cuando la droga se convierte en el único idioma

La DGT advierte de algo mas peligroso que conducir bajo los efectos del alcohol o las drogas 3 1 Merca2

Shotta, en una reciente entrevista, aseguró que «el alcohol, la cocaína, el móvil y el sexo eran siempre el mismo ritual compulsivo». No eran vicios separados sino un patrón único, una forma de funcionar que fue instalándose con los años hasta hacerse invisible. La droga primero fue compañera de los conciertos, de las noches en carretera, de la adrenalina de los primeros éxitos. Después dejó de ser compañera y pasó a ser el motor de todo.

Lo que el rapero describe coincide con lo que los especialistas en adicciones explican desde hace décadas: el cerebro aprende a necesitar la sustancia como si fuera imprescindible para sobrevivir. Cuando eso ocurre, la voluntad sola no alcanza. «La adicción no tiene nada que ver con la voluntad», repite Shotta con convicción, y lo dice desde dentro, desde quien entendió tarde que echarle cojones al asunto no era la solución.

La personalidad adictiva, explica, no empieza con la droga. Empieza antes, en la infancia, en una voz interna que no para de decirte que no eres suficiente. Shotta creció siendo el hijo del medio, entre un hermano mayor exitoso y una hermana pequeña. Encontró validación en la calle, en la música, en la pandilla. Y cuando llegó el alcohol, esa voz por fin se callaba. Eso es lo que engancha: no el placer sino el alivio.

Con los años, el consumo fue escalando. Las drogas te llevan a un umbral de placer donde todo lo demás pierde sentido, dice. Llegar a casa, limpiar, comer bien, dormir. Nada de eso compite con la dopamina que genera una línea de cocaína en un cerebro que ya la tiene catalogada como necesidad básica.

El fondo llegó un domingo por la mañana, con fotos de un coche estrellado que no recordaba haber chocado. «Conducí borracho a 200 kilómetros por hora y estrellé el coche por segunda vez», cuenta. Antes había habido un coma etílico de tres días. Después vendrían las lágrimas y la llamada a su madre.

El ingreso, el hermano y la segunda oportunidad

YouTube video

Pedir ayuda fue duro. Pedir dinero para pagarlo, más. Shotta nunca le había pedido nada a su hermano mayor, con quien había compartido escenario y carretera durante años. Para el tratamiento tuvo que hacerlo. La respuesta fue inmediata: «Tu hermano ha dicho que tú no sales del centro hasta que estés bien». Esa frase, transmitida por su madre, fue lo que le permitió entrar en el proceso sin la angustia del reloj corriendo.

El ingreso duró un año. Rutinas estrictas, terapia diaria, disciplina en cada detalle de la convivencia. Shotta lo describe como una reprogramación. Volver a hacer la cama, fregar el suelo, respetar horarios. Todo lo que la droga había borrado de su vida cotidiana. La recuperación de una adicción severa no es solo dejar de consumir; es reconstruir la forma de estar en el mundo.

Casi tres años después, Shotta sigue trabajando el proceso. Sale por las noches con su novia, va a sitios donde hay alcohol y lo gestiona. Pero no lo minimiza: cada día es una decisión, y los primeros años de sobriedad todavía son, en sus palabras, una mierda en términos de tiempo. «Llevo casi tres años sobrio y todavía siento que estoy empezando», reconoce.

Lo que sí ha cambiado de forma radical es su relación con la escritura. Cuando se mete en una canción, todo lo demás desaparece. «Cuando escribo, se para la cabeza y me olvido de todo», dice, y eso, para alguien cuya mente fue durante años una lavadora sin freno, no es un detalle menor. Es la diferencia entre encontrar algo que lo ancla al presente y buscar ese ancla en una sustancia.

Shotta prepara lo que será su último disco y sus últimos conciertos. Lo llama Atentamente porque lo entiende como una despedida. Al repasar las letras antiguas para los ensayos, encontró apología tras apología de la droga, canciones que él mismo escribió desde la luna de miel con el consumo. «Las drogas fueron el amor de mi vida», dice, y aclara que no lo dice por provocar sino porque así se lo explicaron en terapia y así lo entiende ahora.


Publicidad