Pilar Sordo (60), psicóloga: “Las redes sociales producen comparación permanente e insatisfacción con tu vida”

La psicóloga Pilar Sordo advierte que las redes sociales generan comparación constante, ansiedad e insatisfacción cotidiana. A los 60 años, sostiene que la hiperconexión anestesia emociones, debilita vínculos reales y reduce la capacidad humana para tolerar la incomodidad.

Cumplir 60 años le reveló algo que no había visto antes: el letrero de salida. «Tengo 60 y recién ahora lo veo», asegura Pilar Sordo. La psicóloga y escritora lleva décadas estudiando el comportamiento humano, y hoy señala que vivimos saturados de información, atrapados en el scroll de las redes sociales y cada vez menos capaces de tolerar la incomodidad que, paradójicamente, es la que nos hace crecer.

Su diagnóstico parte de un dato cotidiano y llega a una conclusión que muchos no quieren ver. Las redes sociales no mienten, dice, pero muestran parcialidades. Y esa vitrina permanente tiene un costo psicológico que pocas veces se nombra con honestidad.

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Redes sociales: La trampa de la comparación constante

Redes sociales: La trampa de la comparación constante
Fuente: agencias

Sordo realizó un estudio con 200 personas a quienes hizo scrolear durante apenas 15 minutos. El resultado fue contundente: todas suspiraron al menos cuatro veces, alteraron su frecuencia cardíaca y respiratoria, y más de la mitad manifestaron tensión en las manos. Solo con un cuarto de hora de exposición. El promedio de uso en América Latina, según los datos que maneja, ya supera las cuatro horas diarias.

El problema, explica, no es solo el tiempo sino lo que ese tiempo produce. «Las redes sociales generan comparación permanente e insatisfacción con tu vida», afirma. La mecánica es sencilla y devastadora: la abuela de Sordo solo podía comparar su árbol de Navidad con el de su hermana o su vecina. Hoy cualquier persona compara el suyo con el de las Kardashian y con el de todas sus compañeras de secundaria al mismo tiempo. El resultado casi inevitable es la sensación de que el propio árbol no alcanza.

Esa lógica se traslada a todo: al cuerpo, a la maternidad, a la alimentación, a los vínculos. La madre que prepara arroz con huevo ya no puede acostarse satisfecha si no replicó la receta del chef que sigue en Instagram, con la yema en su punto exacto y el tomate cherry decorando el plato. El estándar se desplazó, y las redes sociales son en buena parte responsables de ese corrimiento.

Lo que Sordo destaca como especialmente peligroso es que este mecanismo opera de forma silenciosa. Nadie decide conscientemente sentirse peor después de ver las historias de sus contactos. Simplemente ocurre, y ocurre cada vez con mayor frecuencia porque las redes sociales están diseñadas para que uno vuelva, para que el scroll no termine, para que la sensación de que hay algo más esperando nunca desaparezca del todo.

La incomodidad como camino, no como amenaza

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Frente a ese panorama, Sordo no propone desconectarse sino algo más exigente: aprender a habitar la incomodidad sin huir de ella. «Lo que se resiste, persiste», dice, y lo aplica tanto a las emociones difíciles como a las decisiones postergadas. Mientras más se pelea contra un estado incómodo, más tiempo permanece. La única salida es atravesarlo.

Eso implica, entre otras cosas, revisar la relación con el móvil no como herramienta sino como anestesia. Las redes sociales cumplen hoy la misma función que el azúcar o el alcohol cuando alguien está triste: alivian momentáneamente y dejan el problema intacto. La diferencia es que el móvil está en el bolsillo las 24 horas y genera una dopamina constante que el cerebro termina exigiendo.

La psicóloga es directa al señalar que el problema no es de información sino de ejecución. Todos saben que la melatonina necesita oscuridad para producirse, que el celular antes de dormir altera el sueño, que el azúcar inflama. Pero saber no alcanza. La gente feliz toma decisiones, varias veces al día», repite.

En ese punto, Sordo introduce una distinción que atraviesa toda su reflexión: las ganas no son condición para actuar. Las ganas no son el motor: las cosas se hacen con decisión», sostiene. La motivación llega después de la acción, no antes. Quien espera tener ganas de hacer ejercicio, de hablar con alguien, de tomar una decisión difícil, puede esperar indefinidamente.

Lo que propone, en definitiva, es recuperar la pausa. No el retiro espiritual ni la meditación de hora y media, sino el minuto en el baño, la pregunta honesta antes de abrir la heladera o el móvil, el giro hacia adentro que no requiere de nada especial. Porque las redes sociales nos acercan a quienes están lejos, concede, pero alejan a los que están cerca. Y en ese intercambio, algo esencial se pierde.


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