La economía española se asoma a una paradoja incómoda en 2026. El PIB crecerá un 2,1% este año —un ritmo sólido para la eurozona— pero la inflación podría alcanzar el 4% si el conflicto de Irán persiste más allá del verano. No lo dice un agorero de Twitter. Son las cifras del último informe de Mapfre Economics, el servicio de estudios de la aseguradora, que aterriza la tensión geopolítica en el Mediterráneo en cifras concretas y plazos medibles para los bolsillos españoles.
He cubierto proyecciones macroeconómicas durante más de una década y pocas veces encuentras un documento que plantee, con tanta claridad, la dicotomía entre un sector exterior pujante y una factura energética disparada. El turismo actúa como colchón de divisas; el Brent, como espada de Damocles. La pregunta ya no es si la inflación volverá, sino cuánto tardará en llegar si los misiles siguen cruzando el golfo Pérsico.
Las dos velocidades del PIB español
El crecimiento del 2,1% estimado por Mapfre Economics se apoya en varios motores. El principal, el turismo, que encadena otro año de récord en llegadas y gasto por visitante. Las exportaciones de servicios —ya lo vimos en 2025— compensan las importaciones energéticas al menos en los meses de temporada alta. Pero el informe también señala debilidades: la inversión empresarial sigue contenida y la productividad por hora trabajada apenas se mueve.
No es un dato nuevo. Llevamos varios ejercicios en que la economía española crece por encima de la media europea a base de sumar horas de trabajo, no de mejorar su eficiencia. Mapfre Economics lo apunta con elegancia: el empleo tira, pero la productividad total de los factores crece a un ritmo menor que en Alemania o Francia. La brecha importa más cuando el entorno se tensa.
Inflación, Irán y un verano bajo sospecha
El verdadero mensaje del informe está en la alerta de precios. Mapfre Economics maneja un escenario central de inflación en el entorno del 3%, pero incorpora un escenario adverso en el que el IPC escala al 4% si la guerra de Irán se recrudece en los meses centrales del año. La transmisión sería directa: petróleo más caro, gas natural tensionado y una factura eléctrica que recupera los sobresaltos que creíamos superados tras preparar el presupuesto.
A los analistas consultados por esta redacción les preocupa especialmente que la inflación subyacente —esa que excluye energía y alimentos frescos— se mantenga por encima del 3% en el tramo final de 2026. Eso anclaría expectativas inflacionistas más elevadas que las que maneja el BCE en Fráncfort. En ese caso, el supervisor europeo podría retrasar los recortes de tipos que ya se daban por descontados para después del verano.
La incertidumbre es genuina. El estrecho de Ormuz sigue abierto al tráfico de petroleros, pero las primas de riesgo del transporte marítimo se han disparado un 60% desde abril. La logística global no perdona los riesgos puntuales y los clientes finales acaban pagando ese diferencial en la factura de la luz o en el surtidor.
Qué significa esto para el ciudadano, el BCE y las cuentas de 2027
Conviene recordar qué pasó la última vez que la inflación española rozó estas cotas. En 2022, el IPC tocó el 10,8% en su pico veraniego, pero entonces partíamos de una distorsión pandémica y un shock energético sin precedentes desde los años setenta. Ahora la economía lleva tres años creciendo y los precios llevan meses resistiéndose a bajar del 3%. Un repunte al 4% no sería un bache aislado, sino la consolidación de una tendencia.
Desde Mapfre Economics insisten en que el escenario central —inflación controlada y crecimiento estable— sigue siendo el más probable. Pero el simple hecho de que un servicio de estudios de este calibre publique una alerta condicionada a la guerra de Irán ya es en sí mismo un mensaje. Yo lo leo como una advertencia envuelta en proyecciones estadísticas.
El turismo, efectivamente, proporciona un colchón de ingresos exteriores que pocos países europeos tienen. Pero el colchón se desgasta si los precios desbocados le comen la renta disponible a las familias que llenan hoteles y restaurantes. El círculo virtuoso puede tornarse vicioso con rapidez si el verano nos deja otra factura energética explosiva.
La previsión de crecimiento del 2,1% para 2026 es, con todo, superior a la que manejan otros institutos como el FMI o la OCDE para el conjunto de la eurozona. Pero la divergencia inflacionista con Europa —España suele registrar IPCs más altos que la media en contextos de tensión energética— podría convertir al país en una suerte de laboratorio para testar la tolerancia del BCE al sobrecalentamiento periférico.
Una clave que incorpora el informe es la fecha de caducidad de la alerta: más allá del verano. Si el conflicto con Irán se contiene o se enfría antes de otoño, el impacto inflacionista podría quedarse en un pico transitorio que no comprometa los presupuestos de 2027. Basta un dato inesperadamente alto de IPC en agosto para que los mercados de deuda reaccionen, y entonces la prima de riesgo española también se moverá.
He visto repetirse este patrón en 2008, en 2012 y en 2022. La economía española aguanta hasta que la factura exterior se dispara. La novedad ahora es que el turismo nos da más músculo frente a las importaciones de crudo, pero no un blindaje completo. El informe de Mapfre Economics lo explica con cifras; la política tendrá que leer entre líneas para ajustar las cuentas públicas del año que viene.





