Pekín ha cruzado una línea que llevaba años evitando: ordenar a sus empresas que ignoren las sanciones de Estados Unidos. La instrucción, revelada esta semana por Bloomberg, sitúa a los grandes bancos internacionales ante un dilema que muchos directores de cumplimiento creían improbable. Y deja a la banca europea con exposición asiática, incluida la española, en una posición incómoda.
El movimiento no es retórico. Según la información publicada por Bloomberg el 4 de mayo, las autoridades chinas habrían trasladado a varias compañías estatales y privadas la orden de seguir operando con contrapartes sancionadas por Washington, asumiendo que el Estado respaldará jurídicamente cualquier represalia. Es un giro respecto al patrón habitual de la última década, en el que las firmas chinas tendían a un cumplimiento silencioso pero efectivo de las listas OFAC.
China sanciona a bancos de EEUU: el choque que llevaba años incubándose
El terreno donde se libra esta batalla no es el comercial, sino el bancario. Cualquier transacción en dólares pasa, antes o después, por un corresponsal estadounidense, y ahí es donde el Tesoro tiene capacidad para imponer multas que han llegado a superar los 9.000 millones de dólares en casos como el de BNP Paribas en 2014. La amenaza secundaria —sancionar a un banco extranjero por operar con una entidad ya vetada— ha sido durante años el pilar de la arquitectura coercitiva de Washington.
Lo que cambia ahora es la presión cruzada. Si un banco europeo procesa una operación de una compañía china con un tercer país sancionado, se expone a la lista negra estadounidense. Si la rechaza, se arriesga a represalias chinas bajo la Ley Anti-Sanciones Extranjeras aprobada por Pekín, que permite confiscar activos y vetar operaciones en el mercado local. Es la trampa perfecta. Y no hay manual interno de compliance que la resuelva limpiamente.
Los bancos chinos de mayor tamaño —ICBC, Bank of China, China Construction Bank— han sido históricamente cautos. Los datos del Banco Internacional de Pagos reflejan que su exposición a contrapartes sancionadas se mantenía en niveles muy contenidos hasta 2024, precisamente para no perder acceso al sistema de pagos en dólares. La nueva directriz de Pekín tensiona ese equilibrio.
Riesgo bancario global: qué hay en juego para la banca española
La exposición directa de la banca española a contrapartes chinas es limitada en términos relativos, pero no es despreciable. Banco Santander mantiene oficinas en Shanghái y Pekín y participa en la financiación de operaciones de comercio exterior entre Europa y Asia; BBVA conserva una participación minoritaria en CITIC tras años de desinversiones progresivas. Ninguno de los dos tiene una franquicia retail relevante en China, lo que reduce el riesgo de captura de activos, pero ambos canalizan flujos comerciales que podrían quedar atrapados en un cruce de sanciones.
El problema más serio está en la financiación del comercio. España exportó a China bienes por valor cercano a los 7.400 millones de euros en 2024, según datos del portal DataComex del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, y una parte significativa de esos flujos se instrumenta a través de cartas de crédito y avales bancarios. Si la cadena de pagos se complica por sanciones cruzadas, los costes de cobertura suben y los plazos se alargan.
No es teoría. Ya ha pasado con Rusia.

Banca china EEUU: lectura de fondo y qué vigilar
Aquí toca posicionarse. Creo que el mercado está infravalorando la dimensión estructural de este movimiento. Durante años se ha asumido que China, pese a la retórica oficial, jugaba dentro del marco financiero diseñado por Washington porque el coste de salirse era demasiado alto. Esa premisa empieza a tambalearse, y no por una decisión impulsiva de Pekín, sino porque el cálculo coste-beneficio ha cambiado: el yuan digital, los acuerdos bilaterales con Arabia Saudí o Brasil para liquidar comercio fuera del dólar y el desarrollo de CIPS como alternativa a SWIFT han construido una infraestructura paralela que hace cinco años no existía.
Eso no significa que el dólar pierda su hegemonía mañana. Significa que el margen de maniobra de China para desafiar sanciones puntuales es mayor que antes, y que cada episodio de este tipo erosiona un poco más la disciplina del sistema. Para la banca, el problema es que el coste del cumplimiento sube en ambas direcciones a la vez.
Hay un precedente útil: la Ley Helms-Burton de 1996 provocó tensiones similares con la Unión Europea, que llegó a aprobar un estatuto de bloqueo. Treinta años después, ese estatuto sigue formalmente vigente y casi nunca se ha aplicado. La lección es clara: las leyes anti-sanciones funcionan más como amenaza disuasoria que como mecanismo operativo. Pekín lo sabe. Washington también.
El calendario que conviene marcar: la próxima reunión del Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal y, sobre todo, la publicación de resultados del segundo trimestre de los grandes bancos europeos a finales de julio. Ahí veremos si las provisiones por riesgo geopolítico empiezan a moverse. Si lo hacen, sabremos que esto ha dejado de ser ruido para convertirse en línea presupuestaria.




