El precio del Brent supera los 108 dólares tras el cierre del Estrecho de Ormuz, un nivel que no se veía desde 2022. La cotización del crudo de referencia europeo escaló un 2,75% en la sesión, según los datos recogidos por Bloomberg, y arrastró consigo a los futuros del West Texas y a las primas de riesgo de las economías importadoras netas. Lo que parecía una crisis diplomática contenida se ha convertido, en cuestión de horas, en un shock energético con derivadas inmediatas para España.
El detonante es doble: el bloqueo militar de Ormuz por parte de Irán y el bloqueo, esta vez político, de las negociaciones nucleares con Estados Unidos. Por ese estrecho transita aproximadamente un quinto del petróleo mundial. Cualquier interrupción, aunque sea breve, mueve los mercados.
El precio del Brent a 108 dólares y la mecánica del shock
El movimiento ha sido rápido pero no sorprendente. Los analistas llevaban semanas advirtiendo de que la prima de riesgo geopolítica estaba infravalorada en el barril, con el Brent oscilando cómodamente entre 78 y 84 dólares pese a las tensiones acumuladas en el Golfo Pérsico. Ese colchón se ha esfumado en una sesión.
De acuerdo con la información publicada por Bloomberg, los contratos de futuros del Brent para entrega en junio cerraron en 108,2 dólares por barril, lo que supone una subida acumulada del 31% desde principios de marzo. El West Texas, referencia estadounidense, escaló hasta los 104 dólares. Cabe recordar que el último episodio en el que el crudo europeo cotizó por encima de esa cota fue en el verano de 2022, en pleno desacople energético tras la invasión de Ucrania.
El cierre de Ormuz, anunciado por la Guardia Revolucionaria iraní tras el fracaso de la última ronda negociadora con Washington, afecta al tránsito de unos 20 millones de barriles diarios. No todo ese flujo se interrumpe físicamente, eso sí: parte del crudo saudí y emiratí puede redirigirse por oleoductos alternativos hacia el Mar Rojo, aunque con capacidad limitada y costes logísticos sustancialmente mayores.
Impacto en España: combustibles e inflación bajo presión
El traslado al surtidor será cuestión de días. España importa más del 70% de su petróleo, y aunque la dependencia directa del crudo iraní es marginal, el precio del Brent es la referencia que marca el coste del barril que llega a las refinerías de Cartagena, Bilbao o Huelva. Con el Brent en 108 dólares y un euro debilitándose frente al dólar, el precio medio del litro de gasolina 95 podría rebasar los 1,72 euros en las próximas dos semanas, según cálculos que circulan entre operadores del sector y que esta redacción ha podido contrastar con dos distribuidores mayoristas.
La inflación es la otra víctima inmediata. El componente energético del IPC español llevaba meses moderándose, con tasas interanuales negativas en marzo. Un Brent sostenido por encima de 100 dólares durante un trimestre añadiría, según las estimaciones del Banco de España en su último informe trimestral, entre 0,8 y 1,2 puntos a la inflación general. El BCE, que en su última reunión había abierto la puerta a otro recorte de tipos antes del verano, tendrá que reevaluar el cuadro.
¿Estamos ante una repetición del shock de 2022? No exactamente. La estructura de inventarios europeos es hoy más sólida, los almacenes estratégicos están al 89% de su capacidad —según los datos de Eurostat de finales de marzo— y la dependencia del gas ruso prácticamente ha desaparecido. Pero el petróleo sigue siendo otra historia: ahí no hay sustituto inmediato.

Una crisis que reabre el debate de fondo sobre la dependencia energética
Hay algo que me parece importante señalar tras cubrir cinco años de crisis energéticas seguidas. El patrón se repite con una regularidad incómoda: Europa diversifica proveedores tras cada shock, presume de resiliencia durante un par de años, y vuelve a quedarse expuesta cuando salta la siguiente chispa geopolítica. La transición energética avanza, sí, pero el ritmo al que se sustituyen los combustibles fósiles en el mix de transporte y industria sigue por detrás del ritmo al que se acumulan los riesgos en Oriente Medio, en el Mar Rojo o en cualquier otro nodo crítico del comercio global.
El cierre de Ormuz no es un accidente aislado. Llega después de meses de escalada en el Golfo, de incidentes en el estrecho de Bab el-Mandeb y de un deterioro continuado de la arquitectura nuclear con Irán que arranca, conviene recordarlo, en la salida unilateral de Estados Unidos del acuerdo JCPOA en 2018. Lo que vemos hoy es la factura tardía de aquella decisión, sumada a la incapacidad de Washington y Teherán para encontrar un marco mínimamente operativo en los últimos tres años.
Para España, el desafío es doble. A corto plazo, contener el impacto en hogares y sectores intensivos en combustible —transporte, pesca, agricultura— sin disparar el déficit con nuevas bonificaciones generalizadas como las de 2022, que terminaron costando más de 6.000 millones de euros y cuya eficacia distributiva fue, cuanto menos, discutida. A medio plazo, acelerar de verdad la electrificación del transporte pesado y el despliegue de renovables firmes, capítulos donde el ritmo administrativo sigue siendo el principal cuello de botella.
La próxima cita marcada en rojo es la reunión del Consejo de Ministros del 5 de mayo, donde el Gobierno previsiblemente anunciará las primeras medidas de contención. Si Ormuz sigue cerrado para entonces, el debate ya no será si actuar, sino cuánto y cómo. Y si la negociación con Irán se reactiva en cuestión de semanas, el Brent puede corregir tan rápido como ha subido. Esa es la naturaleza, frustrante, de los mercados de crudo: castigan la complacencia y premian la paciencia. Aunque rara vez al mismo tiempo.




