El juicio Musk vs Altman por el control de OpenAI arranca este martes en San Francisco con una valoración de 500.000 millones de dólares en juego. La selección del jurado ha dejado un dato incómodo para el demandante: varios candidatos fueron descartados por animadversión personal hacia Elon Musk.
Claves de la operación
- Nueve jurados sentados tras un filtrado complicado. El juez tuvo que apartar a varios candidatos que reconocieron abiertamente su rechazo personal al fundador de Tesla, según recogió Bloomberg desde la sala.
- El núcleo del litigio es la conversión a entidad con ánimo de lucro. Musk acusa a Sam Altman de haber traicionado el pacto fundacional de 2015 que constituyó OpenAI como organización sin ánimo de lucro.
- El veredicto puede congelar la mayor reestructuración corporativa del sector IA. Una sentencia desfavorable obligaría a OpenAI a renegociar acuerdos con Microsoft, SoftBank y los fondos que inyectaron capital sobre la promesa de retornos privados.
Un jurado tocado por la figura del demandante
El proceso de voir dire dejó imágenes poco habituales. Candidatos al jurado que admitieron, ante el juez, no poder ser imparciales con Elon Musk. Otros mencionaron sus posiciones políticas, sus salidas de tono en redes o su gestión al frente de Tesla y X. La defensa de Musk pidió ampliar el descarte. La acusación, lo mismo. Al final, nueve personas se sentaron en el banco del jurado tras una selección que medios financieros han calificado de tensa.
El conflicto se remonta a 2015. Musk fue cofundador y financiador inicial de OpenAI, entonces concebida como laboratorio sin ánimo de lucro para desarrollar inteligencia artificial general en beneficio de la humanidad. Salió del consejo en 2018. Y en los años siguientes vio cómo la organización pivotaba hacia una estructura híbrida que permitía captar capital privado masivo, con Microsoft como principal aliado financiero y tecnológico.
La demanda de Musk sostiene que el giro lucrativo vacía de contenido el pacto fundacional y desvía hacia accionistas privados un proyecto concebido como bien público. Altman y la cúpula de OpenAI defienden que la transición era la única vía para competir con Google, Anthropic y los laboratorios chinos en el coste de entrenar modelos cada vez más grandes.
Lo que está realmente en juego para el mercado de la IA
El veredicto importa más allá del pulso personal. OpenAI cerró en 2024 una operación que valoraba la compañía en torno a los 157.000 millones de dólares, y rondas posteriores lideradas por SoftBank elevaron la cifra hasta valoraciones que ya rozan el medio billón. Toda esa estructura financiera asume que la rama lucrativa puede operar con normalidad, distribuir retornos y, llegado el momento, salir a bolsa.
Una sentencia que respaldase la tesis de Musk no devolvería el dinero a los inversores. Pero sí podría imponer límites estructurales: techos al reparto de beneficios, obligaciones de gobernanza adicionales, incluso revisión de los acuerdos firmados con Microsoft. La capitalización implícita de OpenAI se vería tocada de inmediato.
Y ahí está el matiz.
Microsoft cotiza con una parte de su narrativa de crecimiento ligada a su alianza con OpenAI. Los analistas estiman que la integración del modelo en Azure y en la suite Copilot aporta una porción relevante del crecimiento de su división cloud. Una sentencia adversa golpearía a Redmond por carambola, sin ser parte directa del proceso.
El juicio no decidirá quién inventó la IA generativa, sino si una promesa filantrópica de 2015 puede sostenerse cuando el capital privado ya ha valorado el proyecto en medio billón.
En paralelo, el ecosistema español observa con interés. Compañías como Indra y operadores como Telefónica han firmado acuerdos para integrar modelos de OpenAI en proyectos públicos y privados. Una reestructuración forzada de la matriz californiana podría reabrir cláusulas, retrasar despliegues y reposicionar a competidores europeos como Mistral, que llevan meses vendiéndose como alternativa soberana frente al riesgo regulatorio y judicial estadounidense.
El precedente que pesa: cuando los tribunales redibujan los gigantes tecnológicos
Analizamos este proceso en clave histórica. La industria tecnológica norteamericana ha vivido tres grandes momentos en los que un tribunal alteró la trayectoria de un líder de mercado: el caso antimonopolio contra IBM en los setenta, la fragmentación ordenada (y luego revertida) de Microsoft a inicios de los 2000, y el proceso de Google por monopolio en búsqueda que se resolvió en 2024. En los tres, el sector apostó por la continuidad. En los tres, la sentencia introdujo restricciones que tardaron años en digerirse.
El caso Musk-Altman tiene una particularidad: no es una acción del regulador, es un litigio entre cofundadores. Eso lo hace menos predecible. El jurado popular californiano debe decidir sobre conceptos jurídicos complejos —incumplimiento de contrato verbal, fraude en la inducción, deberes fiduciarios— atravesados por la animadversión personal hacia uno de los protagonistas. Hemos detectado en la jurisprudencia reciente que los jurados californianos tienden a castigar a las grandes tecnológicas cuando perciben opacidad en la gobernanza. La defensa de OpenAI lo sabe.
El riesgo de cola para el sector no es solo financiero. Si el jurado valida la tesis del pacto fundacional vinculante, otras conversiones de entidades sin ánimo de lucro hacia estructuras híbridas podrían quedar bajo sospecha. El modelo Anthropic, con su public benefit corporation, pasaría a ser observado con lupa. Los fondos que han inyectado capital en estructuras similares ya están revisando cláusulas.
El calendario procesal apunta a varias semanas de testimonios, con declaraciones previstas tanto de Altman como del propio Musk. La sentencia, si no hay acuerdo extrajudicial, no llegaría antes del verano. Y conviene mirarla despacio. Porque el desenlace no solo decidirá el control de OpenAI: redefinirá las reglas con las que el capital privado puede entrar en proyectos nacidos como bien público en Silicon Valley.





