Trump mantiene el bloqueo de Ormuz y dispara la alerta alimentaria

Washington prolonga el alto el fuego con Teherán pero mantiene cerrado el paso marítimo clave. La urea escala un 35% desde marzo y la FAO pide corredores humanitarios para evitar una crisis alimentaria global.

El bloqueo del estrecho de Ormuz sigue en pie pese a la prórroga del alto el fuego entre Washington y Teherán. La decisión, confirmada esta semana por la Casa Blanca, mantiene cerrada una de las arterias logísticas más sensibles del planeta y empieza a tensionar el mercado mundial de fertilizantes. El Financial Times ha advertido de que el mundo corre a contrarreloj para evitar una crisis alimentaria de alcance global.

La paradoja es evidente. Trump vende pacificación diplomática mientras mantiene una herramienta de presión económica que podría terminar haciendo más daño a los países importadores de grano que al propio Irán.

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Ormuz cerrado: qué está en juego para los fertilizantes y el gas

Por Ormuz circula en condiciones normales cerca del 20% del petróleo mundial y una parte muy relevante del gas natural licuado que abastece a Asia. Pero el impacto que ahora preocupa en los despachos europeos no es el energético inmediato, sino el agrícola. Irán es el mayor productor mundial de urea y un proveedor crítico de amoníaco, ambos derivados del gas y esenciales para la fabricación de fertilizantes nitrogenados.

Según datos recogidos por Bloomberg, los precios de la urea en el mercado spot han escalado más de un 35% desde marzo, una de las subidas más pronunciadas desde el pico de 2022 tras la invasión rusa de Ucrania. La tonelada se mueve ya por encima de los 520 dólares en los principales hubs asiáticos. Brasil, India y parte de África subsahariana —los tres grandes compradores dependientes del comercio iraní— están recalculando sus campañas de siembra.

El Financial Times apunta que al menos ocho cargueros con fertilizantes quedaron varados en los primeros días del bloqueo. La logística se ha ido recomponiendo con rutas alternativas por el mar Rojo, pero a un coste de flete que multiplica por tres la tarifa previa.

La tregua diplomática que no desactiva el riesgo alimentario

¿Sirve de algo el alto el fuego si la presión económica sigue asfixiando el comercio? Esa es la pregunta que circula entre analistas de materias primas y que, por ahora, no tiene respuesta clara. La administración Trump defiende que el bloqueo es una medida de contención, no de castigo, y que se levantará cuando Teherán ofrezca garantías verificables sobre su programa nuclear. Irán, por su parte, ha condicionado cualquier gesto al desbloqueo previo de activos retenidos en bancos surcoreanos y europeos.

Mientras tanto, el reloj corre. La campaña de siembra en el hemisferio norte ya arrancó y los agricultores que no hayan cerrado compras de fertilizante antes de junio de 2026 se enfrentan a precios que pueden lastrar la rentabilidad de toda la cosecha. La FAO ha pedido abrir corredores humanitarios específicos para productos agrícolas, pero la propuesta no ha encontrado respaldo en Washington.

Me parece que aquí está el nudo del problema. La política exterior estadounidense ha tratado tradicionalmente los fertilizantes como mercancía secundaria frente al petróleo, y esa jerarquía empieza a quedarse corta. El grano barato de los últimos años se sostenía sobre una red de insumos que ahora se está rompiendo.

crisis alimentaria global

Un precedente incómodo: de la urea al pan

La historia reciente tiene episodios parecidos, y conviene recordarlos. En 2008, el encarecimiento de los fertilizantes precedió en apenas seis meses a las revueltas del pan en más de treinta países. En 2022, el shock ruso llevó a Sri Lanka al colapso agrícola y encendió la mecha política en varias economías emergentes. El patrón es conocido: el fertilizante sube, la siembra se reduce, la cosecha cae y los precios de los alimentos básicos estallan con un desfase de dos o tres trimestres.

Lo que diferencia el episodio actual es que se produce sobre un mercado global ya debilitado por dos años de sequías en el cono sur americano y por la reducción de exportaciones rusas y bielorrusas de potasa. Es decir, el margen de maniobra para absorber un shock adicional es mínimo. No hay colchón de inventarios comparable al de ciclos anteriores, según los balances que publica el International Fertilizer Association.

La posición razonable, en mi opinión, es que mantener el bloqueo indefinidamente es un error estratégico. No porque Irán merezca alivio, sino porque el coste colateral lo van a pagar países que no tienen nada que ver con el expediente nuclear: Nigeria, Pakistán, Egipto. Los mismos países, casualmente, que en crisis anteriores han funcionado como detonadores de inestabilidad regional. El próximo informe trimestral de la FAO, previsto para julio, dirá si el mercado ha logrado adaptarse o si el corto plazo se convierte ya en una emergencia estructural. La pregunta que nadie responde en Washington es cuánto está dispuesto a pagar el mundo por una tregua que no termina de serlo.


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