El agotamiento no siempre grita; a veces susurra hasta que ya no puedes ignorarlo. Hay un cansancio que no se quita durmiendo. No se arregla con vacaciones ni con un café doble. Es un cansancio que se mete en la cabeza, en el pecho, en la forma en que miras el día. Y a veces ni siquiera sabes explicarlo. Solo sabes que estás agotado… por dentro.

En una conversación honesta con Marco Antonio Regil, Gaby Vargas —autora de 17 libros y conferencista internacional— pone palabras a ese desgaste silencioso que muchos llaman burnout. Pero ella va más allá. No habla solo de exceso de trabajo. Habla de desconexión. De vacío. De una carrera que parece no tener meta.
Y lo dice con autoridad, pero también con vulnerabilidad. Porque no habla desde un escenario. Habla desde el hospital. Desde ese momento en que su cuerpo dijo “hasta aquí” después de años de exigencia constante. Una llamada de atención de las que no admiten excusas (aunque intentemos buscarlas).
La carrera del ego y ese vacío que no se llena

Para Gaby, el agotamiento extremo no aparece de repente. Se va gestando. Es el resultado de lo que llama la “carrera del ego”: esa necesidad constante de demostrar que valemos, que somos suficientes, que estamos a la altura.
¿Te suena esa voz interna que dice “todavía no es suficiente”?
“Ese sentir de que no eres suficiente es lo que me llevó a caer en el hospital”, confiesa. Y ahí está el núcleo del problema. No es el trabajo en sí. No es el éxito. Es esa sensación íntima de carencia, como si siempre faltara algo.
Intentamos llenar ese hueco con metas nuevas, con más logros, con cursos, viajes, reconocimientos. Yo misma he pensado alguna vez que, cuando alcanzara tal objetivo, por fin me sentiría en paz. Pero la paz no funciona así. No se consigue acumulando. Gaby lo explica con una imagen que me encanta: un “hilo dorado” que no conduce hacia afuera, sino hacia dentro.
El detalle es que mirar hacia dentro da miedo. La agenda llena nos sirve de escudo. El ruido distrae. El silencio confronta.
Tecnología, dopamina y desconexión

Aquí la conversación se vuelve incómoda. Porque todos estamos ahí. Ese gesto casi automático de deslizar el dedo por la pantalla. En el ascensor. En la mesa. En la cama. Incluso cuando alguien nos está hablando.
Gaby lo llama “dopamina barata”. Esa pequeña descarga de placer instantáneo que no requiere esfuerzo. Un premio inmediato que, paradójicamente, deja una sensación de vacío.
“Ese scrolear me está dando dopamina, pero barata”, advierte.
Y tiene razón. No es solo distracción. Es desconexión. El celular se ha convertido —dice— en el enemigo número uno de la pareja. Y no exagera. ¿Cuántas veces hemos estado físicamente presentes y emocionalmente ausentes? Yo misma he tenido que hacer el esfuerzo consciente de dejar el móvil boca abajo en la mesa. Parece un gesto pequeño. No lo es.
Además, la comparación constante en redes nos pasa factura. Siempre hay alguien que parece más feliz, más productivo, más exitoso. Y esa comparación silenciosa desgasta como una gota constante sobre la piedra.
Éxito, sacrificio y el alma que pide espacio

Cada generación arrastra su propia mochila. A algunos les enseñaron que el éxito exige sacrificio y resistencia. Aguantar era casi sinónimo de valor. Después vino la era del multitasking heroico. Y ahora vivimos bajo la presión de optimizarlo todo: el cuerpo, la mente, el tiempo.
Pero Gaby lanza una pregunta sencilla y directa: ¿tu agenda refleja realmente lo que es importante para ti?






