Hablar de powerlifting en Argentina hace treinta años era casi como hablar de un mundo secreto. Algo marginal, “under”, lejos de los focos, sin patrocinadores, sin grandes gimnasios… casi sin nada.
Y sin embargo, en ese terreno áspero, donde todo parecía cuesta arriba, empezó el camino de Ezequiel Costa. Hoy, décadas después, es uno de los entrenadores de fuerza más respetados del mundo hispano.
Pero lo curioso es que Costa no se ha convertido en referente solo por los títulos o por las medallas que han conseguido sus atletas. Su peso real está en otra cosa: en la forma en que entiende la fuerza como una filosofía de vida.
“Nadie está con vos. Sos vos y nadie más que vos… nadie te va a dar una mano para que te levantes”, dice con una crudeza que incomoda, pero también despierta.
Porque, en el fondo… ¿no hay algo de verdad en eso?
De entrenar con lo prestado a crear una referencia mundial

Ezequiel empezó en el mundo de las pesas desde el culturismo, como tantos otros. Pero en algún momento descubrió el powerlifting y encontró ahí su lugar.
Sus comienzos no tuvieron épica de película. Fueron más bien humildes. Entrenar con equipamiento prestado, improvisar, arreglárselas con lo que había.
Y esa época, aunque dura, dejó una marca.
Porque Costa aprendió pronto que la fuerza no se construye solo con hierro, sino con mentalidad. Con esa capacidad de seguir incluso cuando no hay aplausos, cuando nadie te mira, cuando estás solo con la barra y tus pensamientos (que a veces pesan más que los discos).
El Club de la Fuerza: disciplina sin excusas

Lo que hoy es un centro reconocido internacionalmente empezó en un espacio diminuto: apenas 3 por 10 metros.
Desde ahí, Costa levantó algo que va mucho más allá de un gimnasio. Construyó una comunidad. Un lugar con reglas claras, casi sagradas: puntualidad, respeto, compromiso.
Implementó un sistema de 10 normas estrictas donde la actitud no se negocia. Su formación en artes marciales y los profesores rígidos que tuvo de joven dejaron huella.
“Para mí puntual es tarde”, afirma.
Y puede sonar exagerado… pero en su mundo tiene sentido. Para Costa, la disciplina es el suelo sobre el que se pisa.
Además, rechazó nombres en inglés para su proyecto. Quería algo propio, argentino, con identidad. Un club con alma, no con marketing.
La cabeza: el músculo invisible del campeón

Si algo repite Costa es que el físico no lo es todo. Que la diferencia real está arriba.
En la mente.
Costa sostiene que para llegar a la cima hay que tener un punto de obsesión. Una terquedad casi irracional.
“Un tipo muy normal o cuerdo es muy difícil que llegue a ser campeón del mundo”, asegura.
Y suena fuerte, pero se entiende: el atleta tiene que aprender a convivir con el miedo. Con el peso enorme. Con la presión. Con la posibilidad de fallar.
Por eso es selectivo. Solo lleva a mundiales a quienes realmente tienen opciones de quedar arriba.
Para él, hay tres pilares innegociables:
disciplina con la comida
descanso absoluto
obsesión por entrenar
“Si yo puedo manejar tu cabeza y presionarte sin que tengas miedo o abandones… entonces posiblemente tengas un buen trayecto”, explica.
La fuerza como medicina para la vida

Y aquí es donde Costa se vuelve todavía más interesante. Porque su mensaje no se queda en el deporte.
Más allá de competir, defiende que el entrenamiento de fuerza es esencial para vivir mejor. Para envejecer con autonomía. Para tener salud mental. Para prevenir enfermedades.
Él cree que el músculo es una medicina silenciosa, de esas que no se venden en farmacia pero cambian vidas.






