viernes, 29 agosto 2025

Los éxitos del Rayo no apagan la alarma por los planes urbanísticos de Martín Presa

Anoche el Rayo Vallecano firmó una noche mágica en el Estadio de Vallecas al golear 4-0 al Neman Grodno bielorruso, certificando su clasificación para la fase de grupos de la Conference League. El triunfo de los de Íñigo Pérez refuerza el buen momento deportivo del equipo y que, por unas horas, encendió la euforia en un barrio acostumbrado a pelear más allá del césped.

Sin embargo, ni el resultado ni la atmósfera festiva logran disipar la creciente inquietud de la afición sobre el incierto futuro del club en su casa de siempre. El polémico presidente del club de la franja, Raúl Martín Presa, continúa sin garantizar que el equipo siga jugando en el Estadio de Vallecas en los próximos años y tampoco que el hipotético nuevo estadio se construya en el barrio.

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Su insistencia en la necesidad de construir un nuevo estadio, con el argumento de que el actual «se ha quedado pequeño», mantiene en vilo a un vecindario que identifica el club con sus raíces y que teme un proceso de expulsión encubierta disfrazado de modernización.

La frase «El Rayo se queda» ya no es solo un eslogan de protesta: es una línea de defensa frente a lo que muchos entienden como una amenaza de gentrificación y especulación.

LADRILLO Y GOLES

El debate sobre la sede del Rayo no se produce en el vacío. En el contexto actual del fútbol español, el gran negocio ya no está en los traspasos ni en los derechos de televisión: está en el ladrillo. La fiebre constructora que atraviesa a los grandes clubes del país —con proyectos urbanísticos como la escandalosa nueva Ciudad del Deporte del Atlético de Madrid, el sombrío Innovation District del Real Madrid o el polémico encargo de Joan Laporta a la constructora turca Limak para remodelar el Camp Nou— ha contagiado a todo el ecosistema del fútbol profesional.

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Estadio de Vallecas. Foto: Europa Press.

En este contexto, el propietario del estadio, la Comunidad de Madrid (principal culpable del lamentable estado del campo de fútbol) ha intentado apagar el fuego con una reforma parcial. Las obras han culminado su primera fase: renovación de cubiertas, pintura de escaleras, mejora de accesibilidad, reparación de fachadas y adecuación de los espacios para federaciones deportivas.

El compromiso oficial es claro: seguirán las reformas hasta 2027 para que el Rayo no tenga que mudarse. El consejero de Cultura, Turismo y Deporte, Mariano De Paco Serrano, ha querido enviar un mensaje tranquilizador. Pero esa última frase deja una rendija abierta. Porque mientras el PP madrileño parchea y la afición resiste, Martín Presa continúa deslizando su intención de cambiar de estadio.

NO ES UN ESTADIO CUALQUIERA

El punto de fricción es también simbólico. El Campo de Vallecas no es un estadio cualquiera. Es un lugar que respira historia, lucha obrera y resistencia barrial. Es uno de los pocos campos de Primera sin grada en uno de sus fondos, con una capacidad limitada de poco más de 15.000 espectadores. Y es también un refugio sentimental.

Además, hay propuestas alternativas que no han sido bien acogidas por la directiva. Más Madrid propuso en 2022 que el estadio pasase a titularidad municipal, como ocurre con la mayoría de campos en España. Pero el PP rechazó el envite.

Martín Presa, por su parte, ha colecciionado una larga lista de agravios al club centenario: desde el desprecio hacia las secciones inferiores y el equipo femenino hasta enfrentamientos físicos con representantes de jugadores o la polémica invitación al palco a líderes ultraderechistas como Santiago Abascal.

El presidente ha logrado algo difícil: imantar una enemistad transversal que incluye a históricos del club, jugadores, peñas y vecinos. Óscar Trejo, uno de los jugadores más queridos de la última década, renunció al brazalete de capitán por «no coincidir en la metodología ni el trato» que Martín Presa dispensa «a los trabajadores y a los aficionados».

Los éxitos del primer equipo, como la clasificación europea o la permanencia durante cinco temporadas, no alcanzan para maquillar una gestión que muchos consideran dañina para el alma del club.

Las obras del estadio, celebradas con cierto alivio por los vecinos, son vistas más como una medida de contención que como una apuesta real por quedarse en Vallecas. Mientras tanto, sobrevuela la sombra del ladrillo, como un fantasma más en la trastienda del fútbol español.

Porque en Vallecas, como en tantos otros lugares, el fútbol no es solo negocio. Es identidad, memoria y pertenencia. Aunque Martín Presa, seguramente un eficaz ‘director deportivo’ y un inadecuado presidente, todavía no lo sepa.


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